Sponsored: 64% off Code Black Drone with HD Camera

Publicado el 22 de febrero de 2017.
Our #1 Best-Selling Drone--Meet the Dark Night of the Sky!

"La Cafiero" o el dilema del poskirchnerismo

Publicado el 13 de septiembre de 2016.

Tardío homenaje le hizo un sector del PJ a Antonio Cafiero recordando su triunfo de 1987, cuando derrotó en provincia de Buenos Aires al radicalismo hegemónico posdictatorial y aseguró el éxito de la renovación peronista, jugando por afuera de un aparato partidario anquilosado. No se recordó durante la ceremonia, sin embargo, la mejor versión de Cafiero (los nombramientos de Luis Brunati, Floreal Ferrara, los Atamdos, la firme defensa de la democracia frente a la extorsión carapintada, la constitución provincial progresista), sino que sobrevoló en el NH la más edulcorada, acuerdista y bipartidaria que también habitó entre los pliegues de su pródiga figura.

La movida, en verdad, fue más un rescate a sus buenos modales que al núcleo de su legado político y, bajo una mirada más severa, reveló la pavloviana intención de un sector del peronismo por juntarse a armar una corriente que pueda surfear en la misma ola en la que hoy lo hacen el massismo y el macrismo, tras la derrota de noviembre pasado, despojándose de todo el kirchnerismo.

La figura de Cafiero, en realidad, fue una excusa para juntar lo que debería estar junto y hoy no lo está; y dejar atrás el revés electoral –con lecturas incompletas y autoindulgentes sobre sus razones- en manos de los candidatos que la encarnaron ocasionalmente, para avanzar sin lastres hacia un supuesto nuevo triunfo electoral. En el ’87 era Herminio Iglesias y su patota, que Cafiero barrió con la Renovación. En 2017, Cristina Kirchner y sus fanáticos, a quienes este armado dirigencial poskirchnerista identifica, junto a la prensa antiperonista, como mariscales de la derrota.

Algunos de los discursos, siendo un acto peronista, sorprendieron por su escasa dosis de peronismo en sangre. Los criterios de éxito y fracaso allí expuestos fueron los de una cooperativa de reparto electoral, casi calcados a los que se escucharon en las últimas convenciones radicales que dieron vía libre al acuerdo con el PRO de Mauricio Macri. Volver al gobierno, de cualquier manera, pero volver, todos juntos, cantando la marcha. Habría que refrescarles a algunos de los dirigentes que ser peronista no es ser exitoso siempre; a veces, muchas veces, al peronismo le tocó perder. Por errores propios o por éxitos ajenos, o por ambas cosas a la vez. La historia demuestra que el movimiento nacido el 17 de octubre de 1945 atravesó golpes, proscripciones, traiciones, persecuciones, encarcelamientos, asesinatos, desapariciones, humillaciones electorales, demonizaciones y difamaciones como ningún otro espacio político nacional. Ser peronista nunca fue retozar en un lecho de rosas, porque nunca lo es discutir el patrón de distribución de la economía, convertir a las mayorías en sujetos democráticos con derechos y autonomizarse de las políticas del Departamento de Estado para la región, decisiones fundantes del primer peronismo, el clásico, el de Perón y Evita. Y también el de los años del kirchnerismo.

Las lecturas almibaradas sobre el “ser peronista”, traducido como fatalidad exitosa permanente son un extravío conceptual. El creer que el peronismo es un partido de Estado y su razón de existir está exclusivamente atada a los triunfos electorales de coyuntura y los distritos que gobierne evita reconocer que el peronismo estuvo, del '55 en adelante, más tiempo en el llano que en el gobierno. Más en las casas y los sindicatos que en los despachos oficiales.

Tres en los '70, 10 en los '90 y los últimos 12 con Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner. Son 25 años de peronismo contra 33 de gobiernos radicales y dictaduras militares. Sin contar que buena parte del peronismo, sobre todo sus bases, terminaron por considerar el gobierno de Menem como un gobierno no peronista cuando comenzó a aplicar planes neoliberales alejados de las tres banderas históricas del movimiento.

Otro mito derrumbado. Ser peronista, en definitiva, no es ganar siempre, también es perder. Por lo tanto, el exitismo no es constituyente de su identidad política, ni una derrota electoral es un llamado a replanteársela en su conjunto. El peronismo exitoso de Menem fue una derrota de su doctrina esencial. Es verdad, hubo muchos cargos, ministerios, gobernaciones, presupuestos para repartir durante una década. Pero al país le fue pésimo y el peronismo neoliberal fue derrotado por la Alianza.

Hasta que llegó Néstor Kirchner, el gran renovador del peronismo del siglo XXI, y construyó las bases de un nuevo éxito, esta vez, electoral, social y doctrinario, por otra década. Muchos de los que estaban el otro día en el homenaje a Cafiero también les deben a Néstor y a Cristina Kirchner sus gobernaciones, diputaciones, intendencias, cargos y presupuestos. Desde una perspectiva moral, que hoy pretendan mostrarse lejos de esos liderazgos que le permitieron crecer hasta poder llamarse a sí mismo dirigentes, habla de cierta priorización de la deslealtad como motor de superación. Es cierto eso. Pero ver la política, exclusivamente, con anteojos de moralidad, no es aconsejable. La astucia y el oportunismo juegan también su papel, siempre.

La pregunta que deberían hacerse los participantes del encuentro es qué tan oportuno es tomar distancia de Cristina Kirchner cuando ella está siendo acosada mediática y judicialmente, sin piedad. No en términos personales, porque al fin y al cabo es natural que nadie quiera atravesar idéntico calvario. El miedo a verse envueltos en causas penales o campañas de difamación continuas es humano. La indagación, más bien, es de carácter político. El votante peronista kirchnerista y el votante kirchnerista no peronista existen, aunque los poskirchneristas, aupados por el dispositivo massista y macrista, traten de barrerlos al tacho de la historia. El nuevo diseño con el que sueñan, el de ser opositores blandos a un proyecto duro, supuestamente de época, ya lo probó Cafiero con el Alfonsín modernizador de los ’80, y la interna a la presidencia se la terminó ganando finalmente Menem, ofreciendo lo que Cafiero no tenía: distancia del último Alfonsín que, agobiado por los grupos de poder y el FMI cedió hasta enfrentarse con la CGT por sus planes de ajuste y olvidándose de las premisas progresistas esbozadas en el Consejo para la Consolidación de la Democracia.

Cafiero era, para el votante peronista, demasiado parecido a Alfonsín, cuando Alfonsín ya no era el mismo que había ganado en el ’83. No encarnaba una esperanza, sino un presente de carencias.

La caracterización que el peronismo poskirchnerista hace de Macri, de su modelo económico y de su alineamiento internacional es débil, insuficiente para explicar por qué están entregados a alejarse de un votante al que van a tener que convocar, aún por cuestiones de pragmatismo, para las elecciones que vienen. Porque el resto de los votantes ya tienen a quién elegir: Massa o Macri. La representación ausente, la que el peronismo debería encabezar por historia y doctrina, es toda aquella que reúne a los que no van a votar a los candidatos del ajuste porque el ajuste les va a resultar insoportable.

Una parte grande de esos votantes tiene un liderazgo. El de Cristina Kirchner. Lo menos parecido a Macri y a Massa. El poskirchnerismo que ahora quiere lanzar “La Cafiero” corre un riesgo enorme, inaceptable en dirigentes que se dedican a la política full time: parecerse demasiado a lo que la gente tarde o temprano va a terminar rechazando. Le pasó a Cafiero con Alfonsín. Le va a pasar al poskircherismo del NH Hotel con Macri y con Massa.

Decir, como acusan, que Cristina es maltratadora y sectaria probablemente los ayude a amontonarse, pero revela un profunda desconexión e incomprensión de lo que pasa en el mundo y en la región con los liderazgos populares y su construcción. Son críticas de cabotaje, rezongos infantiles. Como cuando hablan de “la unidad” en abstracto. Si el peronismo hubiera ido unido en 2003, Menem hubiera vuelto a ser presidente; y si no era Menem, podría haber sido López Murphy. Cualquiera de las dos variantes era neoliberal.

Si quieren volver a ganar, de verdad, van a tener que reivindicar al kirchnerismo y su modelo -del que fueron parte-, y a sus votantes, porque es lo contrario de lo que se viene haciendo ahora, es la memoria reciente de que se puede vivir distinto. Salvo que por toda misión en la vida quieran pararse al costado de la historia, saldar cuentas con su antigua jefa viendo cómo la despedazan en Comodoro Py y Clarín, ignorando que esa situación es apenas un anticipo de lo que también les espera, si el proyecto de Massa y Macri prospera y se consolida en el tiempo sin oposición peronista real.

Eso que la gente no vio en Cafiero, allá por los ’80, y eligió castigar con Menem. «

El éxito no es constituyente de la identidad del PJ, ni una derrota electoral, un llamado a replanteársela en su conjunto.

Andrés Rivera, del obrero al prócer

Publicado el 8 de septiembre de 2016.

Con más de 30 libros publicados, Andrés Rivera hizo hablar, como nadie lo había hecho antes, a los trabajadores del conurbano, a los despojados de todo. Su obra atraviesa su propia biografía de obrero, sindicalista y militante del Partido Comunista. También es el escritor que dotó de una voz inigualable a Rosas, Castelli y el “Manco” Paz. El género nouvelle lo convirtió en un especialista de la condensación, la síntesis, el hueso de cada historia. El autor de “La revolución es un sueño eterno” publicó su último libro en 2011 y dijo: “Mucha producción, mucha, ya está bien”.

Fotos: Archivo familia Rivera / Documental “El escritor y su sueño eterno”.

El hombre, sentado frente a la ventana de la cocina de su casa en el barrio cordobés de Bella Vista, mira el limonero que se mueve al compás del viento. Ya no escribe, dice: “Yo escribí, hace casi treinta años, una pregunta. Y esa pregunta sigue sin respuesta”. Repite, el hombre sentado frente a la ventana, aquello que escribió, hace ya casi treinta años, a mano, letra apretada en tinta negra, en uno de sus tantos cuadernos de escritura. Repite la pregunta que escribió y la afirmación temeraria que la precedía: “Entre tantas preguntas sin responder, una será respondida: ¿qué revolución compensará las penas de los hombres”.

Mirando por la ventana al limonero, hoy, casi treinta años después, sabe que no, que la pregunta todavía no será respondida.

El hombre se llama Andrés Rivera, “el Andrés”, como le dicen en el barrio cordobés de Bella Vista donde se vino hace ya mucho. Su “exilio interior”. Pero no se llama Andrés Rivera. Se llama Marcos Ribak, nacido a las once de la mañana del 12 de diciembre de 1928 en el Hospital Durán del barrio porteño de Caballito. Marcos Ribak, así dice su documento de identidad y esos papeles que varias veces mienten. Es Andrés Rivera. El escritor imprescindible de la larga historia de la literatura argentina. El escritor que hizo hablar, como nadie lo había hecho antes, a los obreros textiles del conurbano bonaerense, a los despojados de todo con sus propias palabras y de sus propias experiencias. El narrador que hizo hablar a Juan José Castelli, a Juan Manuel de Rosas, al Manco Paz y a algunos de los hacendados burgueses del siglo XIX. Andrés Rivera, el hombre que, ahora, se levanta, camina pausado hasta su pieza, hasta sus libros, hasta sus fotos, y sabe que, aún a poco de cumplir los 88 años, la pregunta que escribió en 1987 para finalizar su libro La revolución es un sueño eterno, sigue sin respuesta.

andres_rivera_der_2

Dos acontecimientos marcan a fuego la posibilidad de la vida de Andrés Rivera. Uno, la decisión de su padre –“Moisés o Mauricio Ribak, según uso y costumbre, el hijo tardío de un varón santo, un rabino”, como el mismo Rivera lo recuerda– de abandonar el pueblito polaco de Lomza, a 15 kilómetros de Varsovia. Cuenta Rivera: “Mi padre era un chico que recitaba la Toráh de memoria. Su padre estaba muy orgulloso y soñaba con que Moisés lo perpetuara en el rabinato. Cuando murió su padre, rompió con la religión judía comiendo carne de cerdo en las gradas de la sinagoga de su ciudad natal, una herejía, y se contactó con los grupos social-demócratas abrazando el ideario de Rosa Luxemburgo, otra enorme herejía”. Cuando el régimen de coroneles y aristócratas polacos acentuó la represión contra las organizaciones de izquierda, Moisés Ribak comprendió que su país, Polonia, ya no tenía sentido. “Como muchos otros judíos obreros de izquierda, él tomó el camino del exilio –cuenta Rivera– y embarcó en el puerto francés de Cherburgo con destino a Buenos Aires. Lo primero que hizo al llegar fue buscar el Sindicato de los Obreros del Vestido”.

El otro acontecimiento: la decisión de su madre, Zulema Schatz. “Mi madre nació en Proskurov, una pequeña ciudad hoy llamada Jmelnitsky, un centro ferroviario muy importante de Ucrania. La ciudad fue escenario del antecesor más directo de Hitler: Simón Petliura, de oficio contador, convertido en atamán de cosacos. Sus tropas degollaron a seis mil judíos en una sola noche de terror en Proskurov. La familia de mi madre se salvó porque mi abuela hizo que sus hijos más chicos hicieran caca en la almohada. Cuando los cosacos petliuristas entraron a la casa, sable en mano, mi abuela gritó una sola palabra en ruso: ‘tifus’. No había salvación para el tifus en plena guerra civil, y los cosacos, brutos y todo, lo sabían y salieron rápido de la casa”. Pero los Schatz sabían que ya nada había que esperar de Ucrania. Emigraron primero a Polonia. Allí, unos parientes les hicieron llegar desde los Estados Unidos 200 dólares para que viajaran, pero al abuelo Schatz no lo aceptaron en la aduana norteamericana porque tenía los cristales de los anteojos demasiados gruesos. Y siguieron viaje a Buenos Aires.

andres_rivera_izq_3

Moisés, operario calificado del vestido, y Zulema, obrera en una fábrica de caramelos, se conocieron a principios de 1927 en un hospital donde él llegó para una consulta y ella desempeñaba tareas solidarias. Al poco tiempo se fueron a vivir juntos. Rivera lo escribiría años más tarde, en 1994, en la novela El verdugo en el umbral. Y más tarde, en 2006, también, en la novela Punto final.

Andrés Rivera, parado frente a su escritorio, repasa con las manos los cuadernos, los papeles. Recuerda, cuenta: “Mi primer recuerdo es de los 3 o 4 años. Épocas de clandestinidad, gobierno de Agustín P. Justo. Mi padre trabajaba en casa, en una de esas viejas casas chorizo de techo alto. Nosotros alquilábamos una pieza y compartíamos con otras familias la cocina y el baño. Vengo corriendo, sin calzoncillos, por la calle Paranaíbo y entro a mi casa. Detrás de mí, corría un schoije: quería bautizarme, cortarme la piel del pito. Mi padre casi se lo come crudo. El eterno combate de los judíos laicos, militantes sindicales y obreros que traían en sus espaldas la herencia de la social democracia europea, y esos bastiones de la religión judaica que no podían ver a un chico de ascendencia judía sin el bautizo real”.

A los seis, el pequeño Marcos era un pibe enfermizo. Comía poco, pero no por falta de alimentos, sino porque la sopa lo tenía harto. Su madre, preocupada, averiguó que en Necochea, el doctor Alejandro Raimondi había montado una colonia de vacaciones para chicos débiles. Y allá lo mando Zulema, a la primera visión del mar. Y otras no tan agradables: “Pasé 20 días allá y cuando volví mi mamá no me reconocía: había aumentado seis o siete kilos. Los dos primeros años de colonia fueron bien. Al tercer verano, aparecieron las monjas. Las celadoras eran mujeres rudas, podían pegar soberanos cachetazos disciplinarios, pero sabían manejarse con los chicos. Con las monjas fue otra cosa. Cada noche, hacían rezar el Padrenuestro. Ahí lo aprendí, y a pesar de que hoy lo recuerdo de memoria, por entonces no podía repetirlo. Una de las monjas, que lo notó, me preguntó el motivo. Mentí al principio, pero después dije la verdad: ‘Soy hijo de judíos’. La convivencia se dificultó. Los otros chicos eran huérfanos o hijos de policías muertos en tiroteos: muy sensibles a la prédica católica. Yo era el asesino de Cristo. De modo que dejé de ir. Eso me puso en alerta: me dio el primer dato sobre lo que quiere decir el antisemitismo”. Rivera lo escribiría años más tarde, en 1998, en el cuento “Un asesino de Cristo”, de La lenta velocidad del coraje.

andres_rivera_caja_4

Con poco menos de trece años, tuvo su primer abordaje a la literatura. Sus dos tíos maternos eran lectores y cinéfilos empedernidos. “Uno de ellos, Meier, murió borracho; el otro, Felipe, murió trotskista”, dice Rivera. Justamente Felipe, de vasta cultura política y literaria, le dio, una tarde, como al descuido, Los siete locos, de Roberto Arlt. El joven Marcos quedó fascinado. Después le siguieron Los miserables, de Víctor Hugo, y más Arlt: Los lanzallamas, El amor brujo. “Del resto me encargué yo –dice Rivera–, de un modo muy arbitrario, la única manera en que uno debe leer y elegir. Podía vivir lo que leía. Felipe me llevaba hasta un café de Villa Crespo, La Pura, donde siempre había un grupo de judíos jugando al ajedrez o a los naipes. Luego al cine, después a cenar y de allí a casa, un pequeño departamento de la calle Andrés Lamas donde vivíamos todos juntos y donde, por las noches, llegaban los compañeros de mi padre, delegado sindical del gremio del vestido, para las reuniones políticas del Partido Comunista”.

Luego de una escuela primaria sin dificultades, llegó el turno de la secundaria en el industrial Ingeniero Luis Huergo. Pero a la hora de elegir entre las tres especializaciones, la pifió: “Tenía que optar entre ser técnico mecánico, maestro mayor de obras o químico industrial. Y opté por químico industrial por esa cosa de los misterios que suponía guardaba la química. Lo único que pude aprender es la fórmula del ácido sulfúrico. Ya en el primer bimestre tenía como 3 o 4 aplazos”. Los misterios andaban por otro lado. Y Marcos Ribak se rateaba al colegio para encontrarlos en las librerías de viejo de la calle Corrientes. Había conseguido un boletín donde se ponía las mejores notas, pero el engaño duró poco. Cuando le contó la verdad a su padre, no hubo ningún reproche, sólo el consabido “si no estudiás, deberás ir a trabajar”. La decisión ya estaba tomada de antemano.

andres_rivera_izq_5

“Mi papá intentó enseñarme el oficio del vestido –cuenta Rivera–. Él era un obrero calificado, y yo con eso no la iba. Pero tenía que trabajar, aportar plata a la casa. Ya había llegado Perón, cambiaban las direcciones de los sindicatos, se creaba una burocracia sindical, pero por medio de sus antiguos conocidos en el sindicato, entré en una textil de Villa Lynch a aprender el oficio de tejedor con uno que alquilaba las máquinas, un façonnier. Era muy raro que un façonnier no fuera un hijo de puta. Y encontró en mí carne tierna: alguien que no sabía nada, cómo se paraba un telar, cómo se cargaba una lanzadera, qué era un rollo de hilo, qué era el satén”.

El muchacho Marcos Ribak aprendió rápido el oficio. Tanto, que cuando llegaron unas máquinas nuevas que hacían los dibujos solas, él se dedicaba a enhebrarlas rápido para después a leer. Y leía todo lo que caía en sus manos. Literatura, claro, y política. Lectura y militancia. “Dejé de ser carne tierna para pasar a ser el secretario de la comisión interna en una fábrica grande –cuenta Rivera–. Me afilié a la Juventud Comunista en septiembre de 1945. Escuché el 17 de octubre de 1945 por la radio como algo muy ajeno”.

Militaba en el local de La Paternal y escribía en el periódico de la Federación Juvenil Comunista, donde fue varias veces reprendido por hacer chistes verdes. Sin embargo, a los pocos años, sin que le dieran ninguna explicación, pasó a ser redactor de la página gremial del órgano clandestino del Partido Comunista, Nuestra palabra. Cuenta Rivera: “Por aquel tiempo andaba leyendo una novela naturalista del escritor colombiano José Eustasio Rivera. Me entusiasmaba mucho. Cuando me dijeron que debía firmar en Nuestra palabra, y yo entendí que con seudónimo, los artículos que escribía, uní el nombre de la calle donde vivía, Andrés Lamas, con el apellido del escritor que estaba leyendo y quedó Andrés Rivera. Fui cargando con ese nombre en el bolsillo hasta que lo adopté. Desde entonces soy Andrés Rivera”.

andres_rivera_caja_6

Andrés Rivera tenía 26 años en 1955 cuando ocurrió el bombardeo a la Plaza de Mayo. “Unos días antes, el intento de golpe se olía en el aire. El secretario de la asociación obrera textil de San Martín llegó a la fábrica y nos comunicó que en el sindicato había armas para defender al General. Yo paré la fábrica y dije que el que quisiera acompañarme que me acompañara. Íbamos al sindicato a buscar las armas que nos habían prometido para defender a un gobierno constitucional. Salimos, a la cabeza de un grupo de trabajadores, yo y un excelente tejedor al que le decíamos el Petiso. Caminando, ya que no había colectivos. Y en cada esquina, cuando el Petiso y yo mirábamos para atrás, íbamos viendo que el grupo se reducía. Cuando llegamos al sindicato, las puertas estaban cerradas, y éramos sólo el Petiso y yo. ‘¿Y si nos vamos a tomar una ginebra?’, me dijo el Petiso. Cruzamos la General Paz, agarramos por Avenida San Martín y encontramos un bar que estaba abierto y desierto. Y pedimos las ginebras”.

En ese mismo año 1955, mientras escribía la que sería su primera novela, El precio, Andrés Rivera conoció a Renée Dana. “Ella había sido nombrada heroína de la Federación Juvenil Comunista en un picnic organizado por el PC. Al mediodía, empezaron a estallar balazos por todos lados y vi pasar corriendo delante mío a esa muchachita heroína a quien le sangraba el brazo derecho. De pronto no la vi más. Vi policías. Fuimos a parar, detenidos, a una comisaría, donde nos tuvieron un día y nos soltaron. Al poco tiempo, en otro de los habituales festivales comunistas, la encontré de nuevo. Y nos pusimos de novios”.

De familia árabe sefardí, con una madre nacida en El Cairo, Renée acostumbró a Andrés a las comidas de carne cruda que le traían hasta la cama donde le decían que se acostara a descansar. “Sin la madre y sin la hija, claro –cuenta Rivera–. Las costumbres de la juventud comunista de entonces eran tan tremendas como hipócritas: se suponía que los jóvenes no debíamos tener relaciones sexuales. Un día de semana salimos a dar una vuelta juntos: mis hormonas estaban en todo su esplendor. Y a eso de las 4 de la mañana, como dicen los muchachos, me fui en seco. Falté al trabajo, volví hasta su casa y le pedí casamiento”.  

andres_rivera_der_7

“Yo estoy convencido de que ningún libro, por bueno que sea, puede cambiar el mundo. Pero tengo que escribir”, dice Rivera. Lo dijo mucho tiempo después, pero la afirmación estaba dentro suyo cuando comenzó a escribir El precio, su primera novela. Editada en 1957, El precio le da voz a los obreros textiles que Andrés conocía, al obrero textil que era él mismo. No la voz del amo, sino la propia experiencia de clase dicha con sus propias palabras. Palabras que había que domar, que recomponer. Palabras de las que había que adueñarse. Y de eso sabía Andrés Rivera. “Se advierte que El precio puede ser muy discutido, pero merece serlo”, dijo Bernardo Verbitsky. “Determinados demonios lo exasperan: el del equívoco, el de la injusticia, el de la miseria, el de la soledad, el de la indiferencia. Y trata de conjurarlos. Celebramos el nacimiento de una rara actitud en el Río de la Plata, región tan propensa al diletantismo literario”, dijo Jorge Onetti. Pero también hubo lo que Rivera señala como “un pequeño escándalo originado por algunas personas que se autotitulaban, con exceso de énfasis, burgueses progresistas, y sostenían que la novela los agraviaba”. Rivera se refiere a la crítica de la revista nacionalista y cristiana Mayoría, que cerraba la nota sobre su novela con un “en el libro se siente el aliento demoníaco de una ideología poseída por el odio y amasada en el rencor”. Rivera, al repasar la nota, sonríe: “Marxismo. Ni odio ni rencor. Marxismo. Ni siquiera pudieron decirlo”.

Cuando Arturo Frondizi asume la presidencia en 1958, con el apoyo explícito del comunismo, el PC saca un matutino, La Hora. El periodismo, por entonces, aún el partidario, permitía ciertas maravillas. Por ejemplo, que la redacción de La Hora tuviera como responsable a Ernesto Giúdice, y como editores de las distintas secciones a Juan Gelman y Osvaldo Dragún (Internacionales), José Luis Mangieri (Cultura), Juan Carlos Portantiero y Roberto Tito Cossa (Nacionales) y Andrés Rivera (Gremiales). Pero la rápida entrega por parte de Frondizi de las banderas con las que había logrado la presidencia incluyó el cierre por decreto del periódico. Toda su redacción paso entonces a trabajar en un nuevo formato, también del PC, pero no oficial, el semanario El Popular.

andres_rivera_izq_8

Rivera, ya casado con Renée, y con un primer hijo, Carlos (nacido en 1957), sigue escribiendo: publica en 1959 Los que no mueren, y comienza a borronear cuentos, cada vez más con lo que sería su marca incontrastable: la condensación, la síntesis, el hueso de cada historia.

“Mi primer matrimonio fue violento –cuenta Rivera, yendo también en el diálogo al hueso– con algunos momentos de oasis. Apareció el primer hijo, Carlos, y el segundo, Jorge, en 1961. Renée se apartó de la militancia y se dedicó a cuidar a los chicos. Teníamos una relación estrecha con Juan Gelman. Charlar con él era como ponerse en contacto con la poesía. Era un excepcional poeta y un hombre demasiado sensible al alcohol. No se emborrachaba, pero descargaba sus secretas penas pegándole un puñetazo al vidrio de la puerta de la cocina de mi casa, destrozándolo. Yo, que había leído a Arlt y manejaba ciertas ironías, le preguntaba tranquilo si se había cortado. Hasta que una tarde me fui de casa y lo dejé allí a Gelman. Los ‘60 fueron años difíciles, muy difíciles. Y nosotros los hacíamos más difíciles”.

Tiempos difíciles. Gelman, Mangieri y Portantiero habían abrazado la causa maoísta en clara diferencia con la línea de coexistencia pacífica con el capitalismo que impulsaba el PC de Nikita Kruschev. Y habían sido sancionados duramente. Rivera, en su cuento “Cita”, estampa una rotunda dedicatoria: “A Juan Gelman y Juan Carlos Portantiero, mis amigos, que no se entregarán jamás”. En 1964, cuando se publica el libro en la editorial de otro expulsado, José Luis Mangieri, la repite. “La dirección del Partido me llamó a rendir cuentas de esa afrenta. Y pasamos de una dedicatoria en el campo de la literatura a la discusión política. Me cayeron todos los calificativos que el PC usaba para ese momento: nacionalista burgués, enemigo de la clase obrera, populista. Y pasé a militar en la larga lista de los expulsados. Yo era un hombre joven y molesto. Y eso no lo podían perdonar”, cuenta Rivera. 

andres_rivera_der_9

En 1968, Rivera se fue a vivir con Susana Fiorito. De su mano, comenzó a leer distinto. “Durante mis años de PC –cuenta Rivera–, había ciertas prohibiciones: Faulkner, por ejemplo. Faulkner era un campesino conservador dispuesto a tomar el fusil en la defensa del Sur. Pero ese hombre escribió El sonido y la furia. Una nada sutil comprobación de lo que escribieron Marx y Engels sobre Balzac: que era un hombre monárquico, pero que sus héroes eran republicanos. Con Susana leí a Borges, un escritor al que hay que volver para aprender a escribir”.

Leer y escribir, leer y escribir. Rivera abandona las filas del realismo socialista y se mete de lleno en una literatura que no olvida ni por un segundo la política. Ni el pensamiento político, ni los recuerdos políticos: el Cordobazo, las luchas de Sitrac-Sitram. “Viví en Córdoba de 1970 a 1974: fui un testigo privilegiado de las luchas obreras y de la represión descargada contra ellas. Conocí a muchos dirigentes de Sitrac y salvamos varias veces nuestras vidas por azar. De haber seguido en Córdoba, ninguno de nosotros estaría vivo. Nuestro teléfono estaba en las agendas de todos. Susana viajaba una vez por mes de Buenos Aires a Córdoba a llevar dinero para las mujeres de los dirigentes del Sitrac que estaban presos. Esos hombres, ahora, hoy, son hombres olvidados, viejos, cansados”, dice Rivera.

En 1972, publica los cuentos policiales de Ajuste de cuentas. Y después, el silencio: “Después de Ajuste de cuentas, vino la dictadura, y yo no quería publicar por dos razones. Primero: ningún editor habría querido hacerlo. Segundo: si publicaba, iba a dar lugar a equívocos peligrosos. Pero escribí: Nada que perder y Una lectura de la historia. Los dos libros que se publicarían más tarde. Allí estaba el trabajo de diez años de silencio forzado. El mismo silencio que le ocurrió a muchos”.

andres_rivera_caja_10

El silencio editorial de diez años de Andrés Rivera, entre 1972 y 1982, fue el silencio de un país, el silencio de las clases desposeídas. Rivera tomó nota de ese silencio: lo vivió, lo sufrió. Y leyó. Leyó, por ejemplo, en 1980, recién salido, Respiración artificial, de Ricardo Piglia, un amigo de los que le gustan a Rivera: pensador, de los que no hablan por hablar. Allí sabe que su obra va a empezar a dialogar con otros textos. Leyó, en aquel Respiración artificial, la frase inicial “¿Hay una historia? Si hay una historia empieza hace tres años”. Rivera lee esa pregunta, y responde yendo más hacia atrás. Así, cuando en 1982 aparecieron Nada que perder y Una lectura de la historia, el silencio estaba resuelto. Entonces Rivera retomó la palabra y comenzó a rehacer su historia y la Historia. En 1984 publicó En esta dulce tierra, notable contrapartida de la Amalia, de José Mármol, con la que ganaría el Segundo Premio Municipal de Novela. Allí, Cufré, el personaje central, mantiene un diálogo con un viejo profesor. Diálogo que retumba, para siempre, en toda la obra de Rivera y en el oído de todo el país:

–¿A qué se refiere usted, amigo mío, cuando dice “soy argentino”? ¿A una particular categoría de suicidas?

–¿Peleó contra toda esperanza, señor? Eso es, hoy, ser argentino.

En 1986 fue el turno de Apuestas. Un año antes, Rivera había comenzado a escribir La revolución es un sueño eterno. “Leí, en el invierno de 1985, que Juan José Castelli, que fue llamado ‘el orador de la revolución’, tenía y murió de un cáncer en la lengua. ¿Parece que el doctor Sigmund Freud estaba por ahí, verdad? Bueno, ese dato mínimo disparó la novela. Juan José Castelli, el orador de la revolución, tiene necesidad de decirlo todo. Y llena dos cuadernos con su caligrafía, antes y después de que le cortaran la lengua”.

andres_rivera_caja_11

Rivera, a mano, con apretada letra en tinta negra, escribe y escribe en sus cuadernos la voz de Castelli, los sueños truncados, las persecuciones, la sinrazón de la derrota, el corte a sangre y fuego del fin de una revolución. “Con esa novela –cuenta– tenía dos opciones. O quedarme sólo con el dato disparador, que consistía en el cáncer en la lengua, o buscar información en los libros de Historia. Revisé veintidós libros y leí los segmentos que me hablaban de Castelli. No me aportaron nada. De modo que quedaron borrados y me metí a convertir a Castelli en nuestro contemporáneo”.

Ese “nuestro contemporáneo” pone en entredicho la frase “la única verdad es la realidad”. Rivera lo intuye, lo presiente, lo sabe. “Quien lo dijo, mentía. Si la realidad es esto que estamos viendo, eso no es la verdad. Ahora, ¿cuál es la realidad? ¿La que dicen los partes oficiales, el optimismo del Poder Ejecutivo, la desesperanza que recorre a la mayoría de la sociedad argentina? La verdad puede ser otra. ¿Estamos tan seguros de que la sociedad argentina bajó los brazos? ¿Estamos tan seguros de que no tiene reservas para, en algún momento, manifestarse y no aceptar este mundo que le imponen?”.

Después de La revolución…, Rivera escribe y publica Los vencedores no dudan, en 1989, y El amigo de Baudelaire, en 1991. Esta nouvelle (ese género que tomó otra dimensión en la literatura luego de Rivera) arranca con una afirmación temeraria: “Un hombre, cuando escribe para que lo lean otros hombres, miente”. ¿Fatalidad? Nada de eso. “Yo no me quiero escudar en el personaje –dice Rivera–, pero quien dice eso es un gran burgués. Y él es el que supone, con algún acierto para el momento en que lo dice, que aquellos que tienen capacidad para escribir y trascender mienten. Y esa trascendencia proviene de un origen de clase”. Clases que Andrés Rivera conoce bien. Muy bien. “Saúl Bedoya, el personaje de El amigo de Baudelaire, es un digno representante de la burguesía argentina. Él es como los otros burgueses que constituyeron este país como nación: en general, hombres cultos. Los burgueses que hoy conocemos, los que aparecen en las revistas, son personas groseras e incultas. No se salva nadie. Ahí hay una diferencia”. Al año siguiente, edita la versión femenina de El amigo…, La sierva, con Lucrecia como personaje central que cuenta la misma historia. Y recibe el Premio Nacional de Literatura por La revolución es un sueño eterno. Le siguen los cuentos de Mitteleuropa, en 1993, y la novela El verdugo en el umbral, en 1994.

andres_rivera_izq_12

Allí, comienzan a tomar forma los dos rumbos literarios de Rivera: las construcciones con los personajes de la Historia, y la búsqueda de sus propios recuerdos de la mano de un alter ego notable: Arturo Reedson.

La Historia lo llevará a Juan Manuel de Rosas y al general Juan José Paz, el Manco, pasando siempre por la voz de un Sarmiento que parece dictar lo que Rivera escribe pero a quien Rivera jamás se le animará. Un Sarmiento que habla por la voz de Rosas, por la voz de Paz, por la voz de Rivera: “Sarmiento es un personaje imposible para la literatura, o al menos para mí”, dirá una y mil veces mirando a una lejanía que nunca se acerca. Su historia lo llevará del lumpenaje del barrio Bella Vista en la Córdoba del siglo XXI a la aldea de Proskurov devastada por Petliura a inicios del siglo XX, pasando por los telares y las luchas obreras del San Martín industrializado, la plaza de Polonia donde su padre come cerdo y rompe con el linaje y la religión, Perón y el golpe brutal contra Perón. Del pueblo al pueblo, siempre.

“Rosas dijo –dice Rivera– que quien gobierne este país podrá contar siempre con la cobardía de los argentinos. Y otra cosa: que en la Confederación Argentina la revolución es imposible porque no saben hacer otra cosa que andar a caballo. Esas afirmaciones, que están en El farmer, pertenecen al brigadier general don Juan Manuel de Rosas, y no a mí. Claro que indican algo así como que no hay nada que hacer con este país. A veces, el señor Rosas podía decir algunas verdades. Me resultan atractivas esas palabras de Rosas”.

andres_rivera_der_13

El inicio de Ese manco Paz es tan furioso como el de cada libro de Rivera: “Sé que anoté, como un maníaco, como si grabara en piedra y en hierro las últimas letras de mi testamento, a lo largo de mis nueve años de cárcel: En los pueblos es ya como extranjera la causa de la Patria”.

Arturo Reedson, en esa “saga familiar”, como la define Rivera, dirá una y otra vez, “ahora es mi turno”. Una manera de decir, como dice Rivera, que “uno sabe cuál es el principio y el final de una historia, pero el resto no lo sabe. El resto pertenece al campo de la escritura, que modifica muchas primeras intenciones, muchas reflexiones, buena parte de su imaginación”. Siempre sabiendo que “no hay lector que le dicte a un narrador honesto lo que debe escribir. Hay, sí, un lector que está allí enfrente del escritorio y que es más inteligente que yo y puede juzgar. Es un lector ideal, claro. Con él me mido. Pero, de alguna manera, está hecho a mi semejanza”.

Por eso, cada mañana, durante años y años, narrador honesto, Andrés Rivera se levantó temprano, y se puso a escribir a mano, en cuadernos, con lapicera fuente: “Nunca fui como Marcel Proust, que necesitaba paredes almohadilladas. Ninguno de los escritores argentinos trabaja en condiciones tan especiales. Solo la mañana, ese momento en que puedo concentrarme, y la necesidad de tener la lapicera de tinta cargada y dos o tres más a mano, de esas cuyo trazo de pluma me gusta, una manía. Después, siempre corregí lo escrito a mano y tipié dos o tres borradores a máquina. Primero, porque nadie podría entender las correcciones. Segundo, porque de paso vuelvo a corregir”.

De esas mañanas de tinta negra y cuadernos nacieron los cuentos de Cría de asesinos, Por la espalda y Estaqueados, y las novelas Esto por ahora, Punto final, Traslasierra, Guardia blanca y Kadish. Hasta 2011, momento en que mirando por la ventana de su casa del barrio cordobés de Bella Vista, mirando su propia vida, dijo, se dijo, “mucha producción; mucha; ya está bien”.

andres_rivera_caja_14

Hasta hace un par de años, Rivera caminaba la avenida Corrientes. Una Corrientes muy distinta a la de sus recorridas cuando se rateaba al colegio y husmeaba en las librerías de viejo. Así y todo, Rivera se sentía renovadamente porteño cuando, como siempre dice, “bajo del lumpenaje de Bella Vista al lumpenaje de Baires”. Hasta hace un par de años, Rivera caminaba esa avenida Corrientes mirándolo todo, con esa forma de mirar leyendo que siempre tuvo: las caras jóvenes y viejas, los carteles de películas que ya no le interesan, los autos acelerando para ganarle al semáforo, las vidrieras de las librerías repetidas hasta el hartazgo, los quioscos donde compraba sus infaltables Pall Mall light que le fueron ganando a los Particulares de casi toda su vida. Y caminaba para llegar al Pippo de Montevideo al 300, cada jueves, cada quince días, infaltable, siempre con algún amigo: Ricardo Piglia, Alberto Díaz, José Luis Mangieri, Alberto Catena. Amigos. Y bife de chorizo cortado mariposa con ensalada de radicheta y cebolla. López tinto (“un vino del que no se esperan sorpresas, pero tampoco las da”, repetía). Hielo. Y largas charlas sobre el país y la literatura que se escribe en este país. “Hay algo más similar al desarrollo de este país que la literatura de este país”, preguntaba, para saber, para seguir. “Ahí está Walsh”, decía. Y hacía silencio.

Ahora, en las mañanas frías, Andrés Rivera ya no escribe. Mira, por la ventana de la cocina de su casa, al limonero que se mueve al compás del viento helado y repite que, hace casi treinta años, escribió una pregunta sobre la revolución y las penas de los hombres, una pregunta que todavía sigue sin respuesta. Quizás por eso, o, mejor, sólo quizás por eso, repite, la voz ronca como siempre, precisa como siempre: “Nací en un hogar obrero. Mi padre, que era dirigente sindical, necesitaba leer, necesitaba saber. Por esa época se reunían en mi casa otros hombres como mi padre. Bajaban de los andamios, salían de los talleres metalúrgicos, emergían de los talleres de sastres, y allí estaban. Tenían pocos escritores para citar, pero los citaban; necesitaban ese mundo abstracto de la letra para afirmarse. No hubo alternativa para mí. En un momento abrí un cuaderno y empecé a escribir”.

40 días de extinción a fuego lento

Publicado el 5 de septiembre de 2016.

Las reglas: no hablar con nadie, permanecer en un lugar sin ventanas, recitar el Corán, dormir seis horas y comer lentejas. “Al menos una vez en la vida, el discípulo debe hacer el retiro de 40 días”, dicen los sabios en el sufismo. En la Argentina, entre los cientos de sufís, sólo tres lo hicieron. Cicco es uno de ellos: se encerró en su mezquita bonaerense dispuesto a olvidarse de su ego y cortar todo lazo con la vida material. Crónica de una experiencia espiritual y sensorial extrema.

“Aquel que pasa 40 días retirado del mundo comiendo semillas y sin hablar con nadie. A ese hombre se le presenta Dios”.

 

Un monje habla en una sala ante unas 50 personas entre las cuales está, en primera fila, Graciela Alfano. Y en la última, yo. Es 1989 o tal vez 1990. Tengo 16: aún no me fui a Bariloche. Aún no me emborraché. Aún no debuté. Soy más granos que cara. Para entonces, no voy a engañarte, lo que busco es un poder que me permita conquistar chicas. Estoy interesado, no sé por qué, en levitar. Mi hermano mayor hace pesas en casa y, con ese método, las chicas le llueven. Pero yo no quiero ser tan obvio.

“Durante el retiro, una vez que Dios llega, quedan dos opciones: o el hombre se ilumina. O el hombre se vuelve loco”.

 

Acá todo el mundo jura que el monje conoce el secreto de los alquimistas de transformar minerales en oro, y le dejan estampitas, fotos y rosarios para que, luego del taller, los bendiga. 

“Al hombre que se retira, Dios se le hará presente. Pero antes de Dios, primero, vendrá a visitarlo el Diablo”.

 

La charla del monje es parte de un taller de alquimia de tres niveles del cual yo hago uno –imagino que Graciela, más aplicada, hará los tres-. Antes de llegar aquí, completé un curso de control mental en un centro sobre Avenida Córdoba, donde aprendí a usar el péndulo, a despertar sin reloj, y a reprogramar la realidad desde un laboratorio imaginario –el mío lo levanto en la playa, con vista al mar, aprovechando lo barato que sale el metro cuadrado en el mundo imaginario-.

Es la primera vez que escucho hablar de seclusión –y este es el dato importante en esta historia-, aunque ese nombre lo conoceré después. Seclusión: retiro de 40 días donde uno se desprende de todo y se limita a esperar a Dios. 

***

 “Practica la seclusión”, escribe el maestro Abdul Khaliq Al Ghujdawani en una carta a su hijo. “Y huye de la gente como si huyeras de leones”. 

***

Al final del taller de alquimia, el monje nos da un nombre secreto. Para cada estudiante es diferente y cada uno tiene una singularidad. Una vibración divina. Cuando llega mi turno, hace silencio solemne: “Este nombre si lo repetís mil veces durante 40 días, te va a otorgar el poder de los místicos. Es un nombre especial”. No sé a qué poderes se refiere. Y en verdad no sé qué significa ser místico. De vuelta en casa repito, no muy convencido, aquel nombre, pero como nada sucede, a la semana abandono.

seclusion_1

Durante diez años, olvido la alquimia, olvido mi casa imaginaria en la playa y la seclusión –pero no a Graciela-. En medio de eso, trabajo como periodista en un reconocido semanario. Un día, una adolescente, en un supuesto rito de purificación en Villa Urquiza, asesina a su padre a puñaladas y por poco a su hermana.  La chica asiste al mismo centro de aquel monje alquimista. Como no se sabe si actúa sola o entre ambas matan al papá, los medios bautizan el caso: “las hermanas satánicas”.

Así que diez años más tarde, vuelvo al centro del monje, un lugar ahora vacío y sin la Alfano. Antes buscaba levitar. Ahora vengo a preguntar por un crimen.

Me siento justiciero de los medios y mi carrera, por entonces, es la contracara del alquimista: si veo oro, lo hago escombro. Si veo alguien levitar, lo bajo. Diez años atrás, el monje me parecía envuelto en magia y misterio. Ahora, me parece farsa y cartón pintado. En la nota, le tiro con gomera y lo bajo de un hondazo. Espero, irónico, que transforme toda esa bosta en un metal que cotice en bolsa.   

Aquí la historia da un nuevo salto. Pasan otros diez años, y mis amigos Juan, Andrés, la Negra, Negra querida, mueren. Mi hermano deja las pesas y echa panza, pero sigue conquistando chicas. El periodismo se enfría y la mística vuelve.

Hago iniciaciones espiritistas. De hongos. De salvia divinorum. De diksha givers. De sun gazers. Sigo a un gurú empapado de India hasta que se va a vivir a España. Me ordeno bodhisatva zen –primer paso antes de monje-, hasta que descubro que el maestro practica la mística como un método para conseguir chicas –otro más-. Duro tres años.

Me retiro a un pueblo de Buenos Aires y tomo baiat –iniciación- como sufí, el ala mística, volada y amorosa del islam. No tengo más granos. Ahora tengo barba. Mi vida familiar es un bolonqui: padre de tres hijos de tres mujeres diferentes. Hasta que un día, en un libro sobre la vida de los maestros, vuelvo a encontrar señales sobre la seclusión. Es un llamado. 

***

El imam Qastallani detalla los beneficios del retiro: “Pone el corazón en paz. Desconecta de la vida material y permite así recordar a Dios. Pero en el retiro, para ver a Dios, el discípulo debe aislarse también de sí mismo. Llegado ese momento, recibirá el conocimiento de lo desconocido”. 

***

ENTIÉRRATE, ENTIÉRRATE QUE ALGO QUEDARÁ

Antes de convertirse en planta, la semilla, hundida en tierra, practica la seclusión. El huevo, encerrado en cáscara, practica la seclusión debajo de su madre. Y el esperma, antes de convertirse en persona, atraviesa una seclusión semejante dentro del óvulo.

El hombre, también, es semilla. Y para saber de qué está hecho, primero debe enterrarse.

El esquema es siempre el mismo: la luz emerge de la sombra. La realidad, de la soledad. Y, lo más importante, si pudiéramos conocer qué siente la semilla, el huevo o el embrión, descubriríamos una misma cosa: todos tienen un miedo bárbaro de salir.

“Al menos una vez en la vida”, dicen los sabios en el sufismo, “el discípulo debe hacer el retiro de 40 días”. La seclusión de la tumba que nos llegará a todos, advierten, es 70.000 veces más brava. Mejor adelantar materias.

seclusion_2

Durante el retiro, Cicco y su mujer se comunicaban con mensajes escritos en papeles.

 

 

En nuestra tradición, el retiro es base de la meditación, y se lo debemos al Profeta Muhammad, paz y bendiciones, quien en el siglo VII, en las afueras de Meca, se retira a una cueva sobre la montaña desde donde puede ver todo el pueblo y todo el cielo: la cueva de Hira. Primero, tiene sueños lúcidos. Luego, recibe la visita del ángel Gabriel, y durante los siguientes 23 años, le es revelado el Corán, el libro que lo contiene todo: presente, pasado y futuro de la humanidad y de cada uno que lo lee. 600.000 letras divinas. Según los entendidos, cada letra posee 12.000 significados encriptados. Es decir, en sus 114 capítulos, el Corán esconde 72 millones de conocimientos.

Hasta el final de su vida, el Profeta alienta a sus compañeros a que hagan la seclusión y cada año, los últimos diez días del mes bendito de Ramadán, se retira a la mezquita sin hablar con nadie.

Desde entonces, los maestros practican y ordenan el retiro a sus seguidores: ingresan allí como hombres, y salen 40 días más tarde, convertidos en santos. 

***

Al sheikh Abu Ahmad Sughuri le gusta tanto la seclusión que pasa la mayor parte de su vida en retiro y cuando el ejército ruso lo lleva a prisión –y esto le sucede varias veces a lo largo de su vida-, no para de sonreír. 

***

“Si no experimentas el retiro, si no te olvidas de tu ego y cortas con la vida material, nunca vas a encontrar tu identidad verdadera”, explica el Sheikh Abdullah Faiz Daghestani.

El sheikh Abdullah tiene largo currículum de seclusiones. En su primer retiro permanece cinco años en la cueva de una montaña -40 días es la medida mínima-. Tiene 15 y acaba de casarse. Su madre y su esposa piden al maestro clemencia. Pero el maestro no da el brazo a torcer.

Por orden suya, se baña seis veces al día con agua helada. Su dieta: dos pedazos de pan y siete aceitunas. Abdullah sobrevive a serpientes y tormentas de nieve que, por poco, bloquean la cueva. Cuando entra a la seclusión, le advierte a su ego: “No trates de engañarme. Aún si muero, no voy a dejar esta cueva”.

Dos años atrás, visito esa misma cueva en Gunekoy, Turquía, guiado por un pastor. Si bien es de día, es tan profunda que el sol no llega hasta acá abajo. Alguien puso una extensa escalera para descender. El interior, mete miedo. Hay murciélagos y charcos. Alguna gente arroja monedas de tan bendito el lugar. ¿Cómo puede el sheikh Abdullah sobrevivir tanto tiempo en un lugar tan áspero? Cualquiera, en pocos días, estaría frito. Excepto, claro, con la mano de Dios. “En la seclusión no sólo se escucha, también se siente”, dice Abdullah. “No sólo se siente, hasta se huele”.

En el sufismo, para hacer el retiro se necesita permiso del maestro. El maestro lo abre cuando el discípulo está preparado para soportarlo. En la Argentina, entre los cientos de sufís, sólo tres hicieron el retiro. En un encuentro, interrogo a uno de ellos pero me elude: “Allah sabe lo que hice ahí dentro”. Y sigue camino. A otro, a poco de salir del retiro, le pregunto qué aprendió. “Aprendí”, dice, “a agachar la cabeza”. Y no dice más nada.

seclusion_3

En el 2013, anuncio a mi familia que quiero pedir permiso para la seclusión. Y por poco, me linchan. Espero tres años sin tocar el tema. En ese período, peregrino dos veces a Meca –uno de los cinco pilares del islam-, visito cuatro veces a mi maestro en Estambul. Me divorcio, me caso, y a los dos meses, noticia inesperada: el maestro hará la seclusión y anuncia que, por primera vez, cualquiera puede hacerla. El mundo sufí, revolucionado. Los medios, ni enterados.

Es mi oportunidad. 

***

“La seclusión es declarar la guerra contra los cuatro enemigos: el demonio, el ego, los deseos y este mundo. Debes permanecer despierto todo lo que puedas y estar presente con tu Señor, con tu Profeta y con los santos. Mantén los ojos cerrados todo lo que seas capaz. Hablar con alguien está prohibido. Si necesitas algo, puedes escribirlo en un papel y dárselo a una persona. Soporta las adversidades. Cuando empiezas la seclusión, el demonio y su ejército estarán de pie armados contra ti. Eres como una hoja muerta que no se queja ni aunque sea quemada. Eres basura en el mar esperando que Dios te saque de allí”. (Manual de instrucciones para el retiro, Grupo Sufi de Orgiva, España) 

***

La seclusión, como es costumbre, se fija en Rajab, uno de los tres meses sagrados del calendario islámico. Las reglas: no hablar. Guardarse en un lugar sin ventanas. Recitar mínimo una 30° ava parte del Corán. Un capítulo de alabanzas. Miles y miles de repeticiones. Como todo musulmán, cinco oraciones diarias completas. Y dormir máximo seis horas y una hora extra de siesta. Dieta: lentejas y dos rodajas de pan. “Las lentejas”, dicen los sabios, “abren el corazón”. Cada diez días, se puede acompañarlas de carne y dulce.

Aviso en mis trabajos que en 40 días no cuenten conmigo. Les digo que me voy de viaje y es bastante cierto. La seclusión es un viaje quieto. Adelanto trabajo. Compro láminas de papel madera para cubrir las ventanas –hay que evitar todo contacto visual- y me aprovisiono en un mayorista con cinco kilos de lentejas –no van a alcanzar-. Mi mujer, una divina, trae cajas y más cajas de sahumerios.

Le cuento a mi hija del retiro y se encierra en la habitación. Le cuento a mi editora del retiro y me dice que me van a canonizar. Le cuento a mamá: “Andá a cagar”, dice mamá. “Andá a cagar y sentate arriba”.

La gente se ofende y es lógico. Uno no se toma 40 días por nada. Ni siquiera por unas vacaciones. Tomarse 40 días para no ver a nadie, es un insulto. Los 40, sin embargo, son número divino. O como dicen los maestros, número perfecto. Cuarenta días estuvo Jesús en el desierto hasta que encontró a Dios. Cuarenta Moisés en la montaña. Toda cosa que uno emprenda por 40 días, advierten los sheikhs, queda para siempre.

Me despido de todos, y me encierro en la mezquita que construimos en el jardín de casa. Es jueves por la noche del 7 de abril del 2016. Tengo colchón, bolsa de dormir y estante con 50 libros. No sé qué busco. No sé qué quiero lograr. Sólo sé que, si no lo hago, me muero. Y si lo hago, lo más probable, es que muera también. 

***

En pleno invierno, en Rusia, el sheikh Sharafuddin sale del retiro a diario a tomar un baño en el río helado. Cada vez que se sumerge, se oye un chisporroteo y se elevan nubes de vapor. Los testigos dicen que es como una cacerola hirviendo sobre agua fría. 

***

MÍSTICO, SOLITARIO Y FINAL

Los primeros siete días del retiro, pasan sin dificultades. Me propongo alcanzar el décimo día para recibir mi primera ración de carne y alcanzar un número redondo. “Si paso el día 10”, me digo, “es que voy en serio”.

seclusion_4

Cada día busco aumentar las prácticas: el sheikh Abdullah recita a diario medio Corán, 24 mil alabanzas al Profeta y 148 mil veces Allah. En un retiro en Bagdad, Mawlana Sheikh Nazim lee en nueve horas el Corán completo, da 124 mil alabanzas al Profeta, y repite Allah 313 mil veces. Son titanes. Y sus números, inalcanzables. Pero encuentro en un libro las prácticas de un antiguo discípulo de Mawlana –le ordenan 24 mil alabanzas, un tercio del Corán y 48 mil Allah- y decido igualarlo hasta dónde pueda.

Durante 40 días no entra al cuerpo más que agua, mate, té y lentejas, así que estar en seclusión es, para empezar, estar limpio. Tus sentidos se vuelven porosos: podés captar el perfume que se pone la vecina del otro lado de la calle –no es muy rico- y el detergente con el que limpia –no está tan mal-. Sos una esponja: captás la diferencia del toque de sirenas entre un maquinista y otro cuando, antes del amanecer, el tren entra al pueblo, y escuchás el diálogo de los gallos del barrio, unos afinados, otros no tanto.

La seclusión primero limpia y luego, como segundo paso, te hace ver. Esta vida es teatro y todos nosotros permanecemos sentados en butacas preferenciales convencidos de que somos el actor principal. En el retiro, Dios muestra su detrás de escena: el camarín, el vestuario, el guión, el maquillaje, las cuerdas. A lo largo de 40 días, te invita a que observes cómo despliega Su obra y descubras cómo cada cosa lleva impresa Su firma. El protagonista y los espectadores, sin embargo, atribuyen dolores y gracias, a otros personajes que llegan a escena. Nadie advierte que, todo eso, es mérito del libretista.

EL MUERTO QUE HABLA

En un retiro todo es rutina. Hasta las cagadas son rutinarias: regulares, finas, color arena, color lenteja.

Durante una semana, revisito mi vida. No recuerdo, regreso. No es que haga un esfuerzo, cierro los ojos y estoy en el piso sexto de Arzobispo Espinosa en Barracas donde vivo mi infancia.  Vuelvo a la escuela, ese infierno doble turno. Vuelvo a mi trabajo en Revista Noticias y recorro el pasillo de la redacción. Me reencuentro con colegas que escriben en computadoras que no existen más. Vuelvo a mis novias, a mis amigos. Charlo con todos ellos. Y voy contando quién es cada uno a alguien a mi lado, que no sé quién es, pero escucha, se interesa por mí y me sigue mientras narro mi vida de punta a punta.

Tengo tiempo para pasearme por cada lugar. Vuelvo a Punta Mogotes. Vuelvo a la casa de mi abuela. Abro cajones. Y charlo con gente muerta. Veo a un niño solo y triste, jugando con Playmovils en un sexto piso de Arzobispo Espinosa. Lo abrazo y lloro. Él también llora. Soy yo lamentándome en dos extremos de mi vida.

seclusion_5

Llegado el séptimo día, los recuerdos se agotan, y siento que, en verdad, me estoy despidiendo de todos ellos. En el retiro, primero uno se limpia. Luego, ve. Y al final, se desprende.

Las expresiones de los sufís son poco marketineras. En este camino, los maestros alientan a que uno muera antes de su muerte física. En esta tradición, uno de los grandes logros es el faná. Y faná significa extinción.

El retiro es extinción a fuego lento.  

***

Durante su seclusión, la esposa de un futuro sheikh de Daghestán cada día le sirve la comida hasta que lo encuentra en el piso inmóvil. Y se mantiene así durante días. La esposa piensa que está muerto. Le cuenta a su maestro y él le dice que el alma del sheikh está viajando por el tiempo y el espacio. “No hay de qué preocuparse”, explica. A los tres días, el sheikh vuelve a moverse. Ha vuelto de viaje. 

***

Con mi mujer, intercambiamos mensajes en papelitos. Allí le pido renovar los sahumerios. O ella me dice que deja toallas limpias. A veces, me explayo un poco más y le digo que todo va bien –le miento-.

Cuando no está en casa para mi comida, cruzo desde la mezquita y me caliento las lentejas en el microondas de la cocina. Veo la casa, mi casa, como un fantasma.

Morir no es dejar de existir. Morir es dejar de intervenir.    

Una noche, durante la primera semana, entiendo por qué las lentejas abren el pecho, pues eso es literalmente lo que se siente: como si, recostado, manos invisibles te sometieran a operaciones que uno no comprende. Meten. O sacan. O meten y sacan cosas a la vez. Pero algo pasa.

Celebro el día 10 con lentejas, carne y torta de frutas. Un lujo. Pasa el 11, el 12. Y al llegar al día 13, algo empieza a ir mal. Malísimamente mal. Mientras hago una sesión de estiramiento para no agarrotar los músculos, siento que alguien corta internamente –y no se me ocurre mejor forma de explicarlo- un cordón. “Uy me muero”, me digo. De ahora en más, estoy dividido: una parte mía pequeña y superficial permanece conmigo. La otra, mi corazón, mi alma o como gustes en llamarlo, se la han llevado. Funciona como el vudú: alguien allá, en otra dimensión, atraviesa mi corazón con alfileres. Y mi cuerpo, acá, pega un salto. Una tarde, una sombra viene: este es, sin dudas, el momento más tremendo de mi vida. “Me muero”, pienso. “Me muero y voy al infierno”. La sombra me conoce muy bien. Me conoce mejor que nadie. Me abre y se cuela por dentro como si corriera una frazada. Tengo tanto miedo que ni gritar puedo. Si alguien me apuntara con un arma, me haría un gran favor. El corazón yace en un lugar oscurísimo, oprimido por quién sabe qué. 

Ahora me doy cuenta porqué inventaron términos superadores del miedo. Tu cuerpo sentirá miedo. Pero tu alma lo que siente es pavor.

Estoy preparado para luchar contra el ego, pero no estoy preparado, nadie lo está, para luchar contra el demonio. Es el rey de los miedos. Escucho luego relatos de sufís que, cuando la sombra les llega, se ponen a gritar. Otro cuenta que las paredes temblaron, el ventilador se encendió y escuchó su voz. A Dios gracias, yo no escucho nada. 

Recito el Corán durante dos horas tan fuerte como un pájaro que va a ser comido por un león. Hago las prácticas del día sin salir de mi alfombra y sin quitar la vista de allí. Si miro a los costados, es el fin. Al atardecer, la sombra afloja y se retira. Quedo con tanto miedo que duermo varias noches con el Corán en el pecho.  

***

Una vez terminada su seclusión de un año en Medina, Mawlana Sheikh Nazim escucha un lamento en la calle, del otro lado del muro. No sabe de quién se trata. Su maestro lo saca de la duda. “Es el demonio”, le dice. ”Escapaste para siempre a su control. Por eso llora”. 

***

Con el tiempo, el miedo llega en oleadas pero la sombra no vuelve. La opresión se reduce siempre desde la oración del mediodía hasta la oración de la tarde. Me parece cómico que los demonios trabajen a horario. Pero qué te puedo decir: así son las cosas.

La seclusión es el equivalente a vivir 40 días en una habitación a oscuras. De tanto palpar las cosas, uno puede describir ciertos rasgos en aquello que uno enfrenta o, como mínimo, convivir con ellas. Yo acepto convivir tres horas diarias con el terror.  

Eso sin contar la tortura diaria del ego, que lleva la cuenta regresiva de los días por salir. Para él, siempre falta muchísimo. Y la verdad, tiene razón. Falta muchísimo.

YO, MI PEOR ENEMIGO

En el retiro, entiendo por qué todo camino espiritual se propone que luches contra el ego, esa cáscara de personalidad que tarde o temprano tendrás que batir a duelo. Tal vez el ego te parezca copado: te hace sentir especial. A la moda. Te dice: No hay nadie como vos. Pero cuando mueras a este mundo y sólo quede tu alma –perdón si me pongo metafísico–, el ego, en lugar de ser copado, se vuelve tu enemigo. Cuanto más lo hayas dejado crecer, más te torturará. Cuanto más lo hayas debilitado, más fácil será dominarlo.  

Para que el ego no me vuelva loco, le tiendo trampas. Lo llamo pensamientos bloqueadores. Lo hago pensar apellidos de ex compañeros de escuela, amigos de la infancia que no recuerdo ni loco. “¿Carolina cuánto se llamaba la morocha esa de segundo grado? ¿No te acordás, eh? Pensá, dale. Tenés toooodo el tiempo del mundo”.

seclusion_6

Y el ego se queda ahí, en el aire, buscando encajar apellidos y por un tiempo no jode. El truco dura poco: al cabo de unos días, el ego recuerda todo, se me acaban los nombres, y vuelve al ataque. Entonces tomo una medida radical: cada vez que el ego toca el tema de los días que me falta en salir –y creeme: es tortura china-, le doy una bofetada. Los primeros días, me doy un promedio de 15 cachetazos diarios. La mejilla se pone rosada. El problema con cachetear al ego es que, también, cobro yo. A veces, estoy en la ducha –el momento que más disfruto del día, a pesar de que el baño no está terminado, y entra viento y lluvia por las paredes bajas-, o estoy a punto de dormirme y el ego viene con su almanaque de días tachados cual preso. Entonces le digo: “¿Justo ahora que estoy por dormirme querés que te pegue?” El método, llegado el día 20, no sirve más. Estoy en las últimas: “¿Ya pasamos 20 días y no vas a reconocer el esfuerzo que hicimos?” Nah. No reconoce nada.

Cada día, el ego cambia. A veces, se siente maestro y da discursos espirituales. A veces, me dice que todo es responsabilidad mía. Lo hice todo mal. Me tortura con imágenes de mis hijos preguntando tristes por mí. A veces, y esta es su cara favorita, me da de probar sus miedos: miedo a morir, miedo a que mueran mis hijos, mi mujer, mis padres, mi familia. Miedo a volverme loco: y ese es un miedo que dura.

La cordura, como todo el mundo cree, no es árbol de raíces profundas. Es más bien papelito al viento. Basta con acercarle un fósforo o unas tijeras, para que todo eso que uno siente como su identidad, todo ese sostén agarrado con alambres que nos hace ciudadanos responsables, padres de familia ejemplares, que respeta los derechos y deberes de la honorable Constitución, se rasgue y te chifles para siempre.

Para no enloquecer, un día me descubro hablándome a mí mismo. Me digo: “Tranquilo. Sólo tenés que quedarte acá dentro unas semanitas más y seguir las prácticas. Tranqui. No es difícil”. Y no me creo nada.

LA NOCHE DEL DESPEGUE

El día 27 es la noche de la ascensión, uno de los momentos más poderosos del año islámico, que recuerda cuando el Profeta Muhammad –paz y bendiciones para él- escala a los cielos y está más cerca que nadie de Dios. Esa noche se recomienda vigilia y al día siguiente se ayuna. El retiro es una larga preparación para esta noche. La tradición indica que todos tenemos la oportunidad de ascender, como él, al cielo.

En lo personal lo último que me queda de estable en este retiro, es mi sueño. Y eso, en esta noche también tengo que entregarlo. Siento como si Dios fuera alguien que te asalta en la calle. Primero dice que va a llevarse el celular. Luego se queda con tu billetera. Te pide los zapatos. La camisa, el pantalón. Y al final, se lleva hasta tu ropa interior. 

***

 “Ascendí en muchas ocasiones. Alcancé todas las estaciones del buscador y alcancé el final de ellas. Una vez me elevé más allá del Trono de Dios. Y ví desde allá, las estaciones de los profetas. Y ví, rodeándolos a todos ellos, a los ángeles”. (Sheikh Ahmad Al Farui Sirhindi) 

***

Ceno temprano y me convenzo: “Voy a hacer lo que pueda”. Es decir, si me duermo, me duermo. Por las dudas, me permito ducharme las veces que sean necesarias. Después, me siento frente a la quibla –la dirección a Meca en la cual rezamos-, y sucede el misterio: me quedo cinco horas repitiendo el nombre de Allah magnetizado. Siento –si querés, no me creas- miles de personas en todo el mundo sentadas esperando su turno para ascender. En la noche de la ascensión se respira, por así decirlo, otra cercanía con Dios. Una conexión inesperada, íntima. Pasa la medianoche y por primera vez en mi vida, digo Allah y del otro lado de la puerta, el Dueño se acerca. El lugar se llena de energía como si alguien hubiera subido el volumen. Está sucediendo. Todo el mundo está preparado para pedirle a Dios lo que sea. Pero ninguno está preparado para que Dios venga a abrirnos. Lo sabemos bien: si Dios abre esa puerta, nuestro mundo colapsa. Una vez que conocemos al autor, no podremos volver a la butaca y seguir como espectadores. La obra, con el creador en escena, vuela por el aire. Los actores huyen. El telón, la escenografía, los camarines todo arde. Lo único que queda por hacer, es abandonar la sala y salir allá afuera a vivir la vida. La verdadera. Sea lo que sea.

seclusion_7

Lo que sucede esa noche, excepto que pertenezcas al círculo de sufís, no puedo contártelo. Sólo te digo que, al amanecer, saco literalmente chispas. Pienso: “Podría ir a correr tres vueltas al parque como si nada”.

Todo el retiro vale por esa sola noche. Paso los siguientes días, tomando apuntes y saboreando esa subida, aunque el ego me tortura hasta el final. Aún falta una sorpresa. El 34, mientras repito el nombre de Allah con los ojos cerrados, alguien pone la mano en mi hombro y me hace una entrega. “La seclusión”, me dice, “se terminó”. No hay emoción. Ni abrazo. Ni qué bien. Nada. Así como llega, se va.

Dentro de la entrega, palpitante y pequeño, brilla un corazón de niño. Al momento siguiente, ese corazón puro, inocente, está conmigo. Después de todo este tiempo, vuelvo a sentirme completo. Le digo a mi nuevo corazón: “No tengas miedo. Yo te voy a cuidar”.

Al atardecer del día 40, salgo. Imaginé días y días cómo sería salir. A veces, en la escena, mis padres y mis hermanos vienen de Buenos Aires a recibirme. A veces, imagino que toda la gente que conocí en esta vida –los pibes del Cisneros, mis amigos de la playa, primos que nunca veo, los fantasmas-, vienen a saludarme. Pero nadie viene. Pongo un pie en casa y pienso que sigo en el retiro, soñando que estoy fuera. O que la sombra va a volver por mí.

Abrazo a mi mujer, que cada día se ocupó de llevarme un plato de lentejas, como a un muerto que le llevan flores. Abrazo a mi hija. Lloro mucho. La experiencia más intensa de mi vida acaba de terminar. “¿Qué es lo que más quisieras hacer ahora?”, me pregunta mi señora. Todos lloramos. “Después de tanto tiempo de estar encerrado y sin hablar, ¿qué es lo que más te gustaría hacer?” “Sí, papá”, dice mi hija. “Lo que quieras, ¿qué sería?” En 40 días, me sepultaron. Atravesé el fuego. Luché contra demonios. Y me quitaron, limpiaron y devolvieron el corazón. En 40 días, repasé y me despedí de mi vida. Tuve un encuentro con Dios. Y otro con el diablo. Subí, bajé. Y, lo principal, sobreviví. “Hay algo que quiero hacer”, digo, convencido. Es la primera conversación que tengo en 40 días. “Quiero ver Tinelli”.

Economía :: Industricidio

Publicado el 4 de septiembre de 2016.
Página/12

Error 404
Documento no encontrado

El documento requerido no existe o no se encuentra disponible para la versión móvil.

Puede intentar en la versión clásica o ir a la edición móvil del día de hoy.

Volver

Cruda autobiografía de un ex niño prodigio

Publicado el 4 de septiembre de 2016.

En la recepción de Clarín, un lugar frío, metálico, impersonal como un aeropuerto, Claudio María Domínguez ensancha su sonrisa, abraza al periodista, al que acaba de conocer, le pega palmaditas en el pecho a lo Griguol, le dice Miguelito, genio, genio y frases torrenciales, récord mundial en diminutivos. Tiene 56 años, cero canas, anillos en seis dedos: desde baratijas hasta alianzas de oro. Su costumbre de apretar los párpados y hacer gestos beatíficos le da un aire de ciego bondadoso. Su ropa no destaca ni combina, pero trae dos perchas con un par de sacos elegantes: canje con una marca que él creyó de whisky porque su nombre incluía la palabra etiqueta. “No, hermanito, soy vegetariano, no tomo, les dije, hasta que me explicaron que nada que ver con el alcohol, que era la marca de Nadal y Tinelli”.

CMD habla con el tono que usamos con los chicos y los enfermos. En su discurso de predicador espiritual intercala comentarios eruditos. Como todo tipo inteligente, sabe tomarse en broma. Toca, seguido, a su interlocutor: un problema para el periodista, neurótico obsesivo, adicto al alcohol en gel. Estamos frente a un hombre que nunca se emborrachó, nunca se drogó, nunca fumó. Que a los 9 años era el superpibe, el niño prodigio, el hijo que toda madre quería tener: precoz objeto de admiración y odios. Ganó un millón de pesos contestando sobre mitología griega en Odol pregunta. “Nunca fui feliz siendo intelectualmente muy rápido, sentía que todo el mundo era lento”, dice. No podía caminar en paz por la calle: lo seguían multitudes, le tocaban bocina; era tapa de revistas, invitado de Mirtha Legrand, orgullo nacional.

“Desde los 9 hasta los 15 viví una etapa bella pero opresiva. La masividad no era lo más agradable para mí, aunque nadie fue agresivo, como iban a serlo después ante mis posturas espirituales. Nunca volví a tener una vida pública normal”. Pero la presión había empezado antes, puertas adentro de su casa. “A los tres años ya empezaron a darme una formación para la cultura. Había una especie de desesperación, de pensar: si este pibe descuella en el plano cultural puede modificar el destino trunqueli de la familia, que era económicamente pobretona. Mi viejo conocía a Alejandro Romay y buscaba contactos, mi vieja me llevaba a castings en televisión. Odol fue el salto cuántico”. CMD soñaba con ganar el millón para pagar deudas de su padre.

"Lo único que recuerdo de la relación de mis padres era deterioro, nada parecido a la ternura", recuerda hoy Claudio María Domínguez. Su padre murió cuando él tenía 11 años. Su madre vive: tiene 91.

Por estos días, Planeta está lanzando Por qué cambié mi vida, autobiografía de CMD. Impacta la dureza con la que se refiere a su padres: un bohemio que se ausentaba y una mujer que le exigía de más al hijo. Algunos ejemplos: “Lo único que recuerdo entre ellos era deterioro, nada parecido a la ternura ni la empatía”. O: “Nunca sabíamos dónde estaba papá, ni él se preocupaba por hacérnoslo saber. Mamá lo buscaba durante muchas madrugadas en los cafés de Av. de Mayo, perdido entre los poemas y el ajedrez. Un día papá se cansó y fue apareciendo cada vez menos en nuestras vidas”.

Cuando tenía 11 años, en medio de una prueba de matemáticas, le avisaron que su padre, al que adoraba pese a todo, había muerto. “Vivió poco y esa sería mi gran recriminación. En aquel tiempo lo vi muy pocas veces: nunca convivía con nosotros por la obvia incapacidad de relacionarse con mi mamá. Ningún ser humano con un atisbo de normalidad hubiera podido vivir con ella”, escribe CMD en el libro. Durante el velorio, vio que un líquido se escapaba de entre los labios del cadáver. Pensó que su padre estaba vivo. Le devolvieron gestos de compasión. Antes de que cerraran el cajón, metió una nota: Volvé pronto”.

No era su primer shock tanático. Cuatro años antes, uno de sus amigos de la escuela había muerto en un accidente. Al notar la furia de su nieto, la abuela materna de CMD le habló de la reencarnación, idea que lo alivió y no dejó de acompañarlo. “Mis abuelos eran más inteligentes, más humanos; ellos veían en mí algo más que un producto, vieron que en los tiempos de Odol podía haber riesgo/benficio. Son los seres que más he amado físicamente”. La madre de CMD todavía vive: tiene 91 años. “Si lee el libro desencarna rápido. ¿No lo habré escrito para eso? –bromea, ¿bromea? él–. La verdad es que preferí la ausencia de mi padre a la presencia de mi madre. Ninguno era el malo; eran dos personas unidas en su ignorancia ”.

Claudio María Domínguez con el legendario Cacho Fontana en Odol Pregunta.

Cacho Fontana y Alejandro Romay, admite CMD, ocuparon el rol paterno en los comienzos de su carrera. De niño prodigio pasó a joven brillante. Trabajó en distintos ciclos de televisión. Viajó por el mundo, hizo entrevistas y conoció a figuras del espectáculo, las artes, la ciencia, la religión: desde Gabriel García Márquez hasta Juan Pablo II; desde René Favaloro hasta Paul McCartney; Robert De Niro, Frank Sinatra, Barbra Streisand. A Favaloro lo acompañó a un congreso de cirugía cardíaca y vascular que presidió en Boston. CMD aprovechó para comprar VHS porno y traerlos escondidos en la valija. Gastó las cintas de Garganta profunda y El diablo y Miss Jones. A las hormonas juveniles debemos sumarle una pasión que lo llevó a ser un gran distribuidor cinematográfico, exquisito, con especial astucia para titular películas. Uno de sus hallazgos, no el único, fue haber bautizado Déjala morir adentro a un filme modesto que se llamaba Querida Julia. Déjala...: un éxito de recaudación.

“Con eso me compré la casa de Necochea. Miraba de todo. En Puerto Rico vi Calígula con mi vieja. No sabía que era tan fuerte. Cuando apareció la primera pistolita mi mamá me miró y le dije que tenía que ser una prótesis. Pero después hubo lechita y ya no pude mantener la teoría”. Hablando de pistolitas. Antes de entrevistar a Juan Pablo II, muy joven, sintió ganas de orinar. Estaba en la Basílica de San Pedro: buscó un baño, no lo encontró y decidió a aliviarse detrás de una cortina roja pesada. Cuando le avisaron que el Papa se acercaba, ya había desenfundado. Dio marcha atrás y habló con el Santo Padre. “Fue mágico. Era muy difícil llegar al Juan Pablo II. Ahora, al Papa hasta se le enoja Macri”.

“Tengo ataques de ira dos o tres veces por día. Me duran tres minutos. Antes eran tres meses de rencor y años de resentimiento. Soy un ex iracundo.

A los 30, con una vida envidiable, sintió angustia existencial. “Me había aburrido de conseguir todo lo que el mundo me pedía que tuviera. Había conocido las mieles dudosas del éxito exterior. ¿Qué iba a buscar? ¿Más medallas de oro, más guitita, más viajes? Empecé a sentir una desesperada carencia emocional. Cuando estaba solo, gritaba y lloraba arrodillado. Ya no quería nada de afuera. Había llegado a lo que en la India llaman la noche oscura del alma”.

La Madre Teresa, el Dalai Lama, Sai Baba, sobre todo: ésos fueron los personajes que más le interesaron en los años siguientes. Con buenas y malas épocas, la difusión de sus creencias espirituales (que no son el motivo de esta nota) se transformaron en el centro de su vida. Vida que, según él, hoy es nómade y minimalista, “entre el Uritorco, Capilla del Monte, las sierras de Córdoba, Uruguay y mi casa de Garín, casi sin objetos”. Nunca se casó, aunque dos grandes amores lo marcaron. Marisa, con la que tuvo dos hijos (ahora médicos) y que se fue a vivir con la comunidad del Maestro Amor; y Eliana, 15 años menor que él, con la que tiene dos nenas chicas, Amma y Devi. “Nunca volqué sobre mis hijos las exigencias que yo había tenido”.

Cuando se le pregunta por el dinero, contesta: “Se puede ser espiritual y tener abundancia. Ser espiritual no significa correr en bolas por el campo”. Cuando se le pregunta por su mayor debilidad, no duda: la ira. “Tengo ataques dos o tres veces por día. Me duran tres minutos. Antes eran tres meses de rencor y años de resentimiento. Soy un ex iracundo”. Nunca fue a un psicólogo. Dice que podría haber sido “un gran psicótico, un gran drogadicto, un político maquiavélico o un empresario exitosísimo de entretenimientos”. Es, asegura, “alguien que habla para cambiar sufrimientos por algo parecido a la dicha”.

En los últimos años, sus mentores fueron Daniel Hadad y Beto Casella. El 1° de octubre, tras un arreglo con la productora Supernova, relanzará su prédica, que ahora hace por internet y la radio, en grandes teatros. Empezará por el Opera. Su idea es retirarse a los 60. “No me veo más tiempo intentando convencer a la gente para que sea feliz. El cuerpo manifiesta cierto cansancio. Me pide calor, aguas calientes, frutas tropicales. Me iré a una isla y desde ahí haré difusión gracias a la tecnología. Vivo en interacción pública desde los 9. Si a los 61 me ves hablando en un estadio, por favor puteame”.

Everything Is Broken

Publicado el 26 de agosto de 2016.

Once upon a time, a friend of mine accidentally took over thousands of computers. He had found a vulnerability in a piece of software and started playing with it. In the process, he figured out how to get total administration access over a network. He put it in a script, and ran it to see what would happen, then went to bed for about four hours. Next morning on the way to work he checked on it, and discovered he was now lord and master of about 50,000 computers. After nearly vomiting in fear he killed the whole thing and deleted all the files associated with it. In the end he said he threw the hard drive into a bonfire. I can’t tell you who he is because he doesn’t want to go to Federal prison, which is what could have happened if he’d told anyone that could do anything about the bug he’d found. Did that bug get fixed? Probably eventually, but not by my friend. This story isn’t extraordinary at all. Spend much time in the hacker and security scene, you’ll hear stories like this and worse.

It’s hard to explain to regular people how much technology barely works, how much the infrastructure of our lives is held together by the IT equivalent of baling wire.

Computers, and computing, are broken.

Build it badly, and they will come.

For a bunch of us, especially those who had followed security and the warrantless wiretapping cases, the revelations weren’t big surprises. We didn’t know the specifics, but people who keep an eye on software knew computer technology was sick and broken. We’ve known for years that those who want to take advantage of that fact tend to circle like buzzards. The NSA wasn’t, and isn’t, the great predator of the internet, it’s just the biggest scavenger around. It isn’t doing so well because they are all powerful math wizards of doom.

The NSA is doing so well because software is bullshit.

Eight months before Snowden’s first revelation I tweeted this:

It was my exasperated acknowledgement that looking for good software to count on has been a losing battle. Written by people with either no time or no money, most software gets shipped the moment it works well enough to let someone go home and see their family. What we get is mostly terrible.

Software is so bad because it’s so complex, and because it’s trying to talk to other programs on the same computer, or over connections to other computers. Even your computer is kind of more than one computer, boxes within boxes, and each one of those computers is full of little programs trying to coordinate their actions and talk to each other. Computers have gotten incredibly complex, while people have remained the same gray mud with pretensions of godhood.

Your average piece-of-shit Windows desktop is so complex that no one person on Earth really knows what all of it is doing, or how.

Now imagine billions of little unknowable boxes within boxes constantly trying to talk and coordinate tasks at around the same time, sharing bits of data and passing commands around from the smallest little program to something huge, like a browser — that’s the internet. All of that has to happen nearly simultaneously and smoothly, or you throw a hissy fit because the shopping cart forgot about your movie tickets.

We often point out that the phone you mostly play casual games on and keep dropping in the toilet at bars is more powerful than all the computing we used to go to space for decades.

NASA had a huge staff of geniuses to understand and care for their software. Your phone has you.

Plus a system of automatic updates you keep putting off because you’re in the middle of Candy Crush Saga every time it asks.

Because of all this, security is terrible. Besides being riddled with annoying bugs and impossible dialogs, programs often have a special kind of hackable flaw called 0days by the security scene. No one can protect themselves from 0days. It’s their defining feature — 0 is the number of days you’ve had to deal with this form of attack. There are meh, not-so-terrible 0days, there are very bad 0days, and there are catastrophic 0days that hand the keys to the house to whomever strolls by. I promise that right now you are reading this on a device with all three types of 0days. “But, Quinn,” I can hear you say, “If no one knows about them how do you know I have them?” Because even okay software has to work with terrible software. The number of people whose job it is to make software secure can practically fit in a large bar, and I’ve watched them drink. It’s not comforting. It isn’t a matter of if you get owned, only a matter of when.

This is a thing that actually happened several years ago. To get rid of a complaining message from another piece of software, a Debian developer just commented out a line of code without realizing that it left their encryption open to easy attack (https://www.xkcd.com/424/)

Look at it this way — every time you get a security update (seems almost daily on my Linux box), whatever is getting updated has been broken, lying there vulnerable, for who-knows-how-long. Sometimes days, sometimes years. Nobody really advertises that part of updates. People say “You should apply this, it’s a critical patch!” and leave off the “…because the developers fucked up so badly your children’s identities are probably being sold to the Estonian Mafia by smack addicted script kiddies right now.”

The really bad bugs (and who knows which ones those are when they click the “Restart Later” button?) can get swept up by hackers, governments, and other horrors of the net that are scanning for versions of software they know they can exploit. Any computer that shows up in a scan saying “Hey! Me! I’m vulnerable!” can become part of a botnet, along with thousands, or hundreds of thousands of other computers. Often zombied computers get owned again and become part of yet another botnet. Some botnets patch computers to throw out the other botnets so they don’t have to share you with other hackers. How can you tell if this is happening? You can’t! Have fun wondering if you’re getting your online life rented out by the hour!

Next time you think your grandma is uncool, give her credit for her time helping dangerous Russian criminals extort money from offshore casinos with DDoS attacks.

A map of things which were hacked for the Internet Census.

Recently an anonymous hacker wrote a script that took over embedded Linux devices. These owned computers scanned the whole rest of the internet and created a survey that told us more than we’d ever known about the shape of the internet. The little hacked boxes reported their data back (a full 10 TBs) and quietly deactivated the hack. It was a sweet and useful example of someone who hacked the planet to shit. If that malware had actually been malicious, we would have been so fucked.

This is because all computers are reliably this bad: the ones in
hospitals and governments and banks, the ones in your phone, the ones that control light switches and smart meters and air traffic control systems. Industrial computers that maintain infrastructure and manufacturing are even worse. I don’t know all the details, but those who do are the most alcoholic and nihilistic people in computer security. Another friend of mine accidentally shut down a factory with a malformed ping at the beginning of a pen test. For those of you who don’t know, a ping is just about the smallest request you can send to another computer on the network. It took them a day to turn everything back on.

Computer experts like to pretend they use a whole different, more awesome class of software that they understand, that is made of shiny mathematical perfection and whose interfaces happen to have been shat out of the business end of a choleric donkey. This is a lie. The main form of security this offers is through obscurity — so few people can use this software that there’s no point in building tools to attack it. Unless, like the NSA, you want to take over sysadmins.

A well written encrypted chat, what could go wrong?

Let’s take an example computer experts like to stare down their noses at normal people for not using: OTR. OTR, or Off The Record messaging, sneaks a layer of encryption inside normal plain text instant messaging. It’s like you got on AIM or Jabber or whatever and talked in code, except the computer is making the code for you. OTR is clever and solid, it’s been examined carefully, and we’re fairly sure it hasn’t got any of those nasty 0days.

Except, OTR isn’t a program you use, as such.

There is a standard for OTR software, and a library, but it doesn’t do anything on its own. It gets implemented in software for normal human shlubs to use by other normal human shlubs. By now, you know this ends in tears.

The main thing that uses OTR is another piece of software that uses a library called libpurple. If you want to see infosec snobs look as distressed as the donkeys that shit out their interfaces, bring up libpurple. Libpurple was written in a programming language called C.

C is good for two things: being beautiful and creating catastrophic 0days in memory management.

http://xkcd.com/1354/

Heartbleed, the bug that affected the world over, leaking password and encryption keys and who knows what? Classic gorgeous C.

Libpurple was written by people who wanted their open source chat client to talk to every kind of instant messaging system in the world, and didn’t give a shit about security or encryption. Security people who have examined the code have said there are so many possible ways to exploit libpurple there is probably no point in patching it. It needs to be thrown out and rewritten from scratch. These aren’t bugs that let someone read your encrypted messages, they are bugs that let someone take over your whole computer, see everything you type or read and probably watch you pick your nose on your webcam.

This lovely tool, OTR, sits on top of libpurple on most systems that use it. Let me make something clear, because even some geeks don’t get this: it doesn’t matter how good your encryption is if your attacker can just read your data off the screen with you, and I promise they can. They may or may not know how to yet, but they can. There are a hundred libpurples on your computer: little pieces of software written on a budget with unrealistic deadlines by people who didn’t know or didn’t care about keeping the rest of your system secure.

Any one of these little bugs will do when it comes to taking over everything else on your computer. So we update and update, and maybe that throws any intruders out, and maybe it doesn’t. No one knows!

When we tell you to apply updates we are not telling you to mend your ship. We are telling you to keep bailing before the water gets to your neck.

To step back a bit from this scene of horror and mayhem, let me say that things are better than they used to be. We have tools that we didn’t in the 1990s, like sandboxing, that keep the idiotically written programs where they can’t do as much harm. (Sandboxing keeps a program in an artificially small part of the computer, cutting it off from all the other little programs, or cleaning up anything it tries to do before anything else sees it.)

Certain whole classes of terrible bugs have been sent the way of smallpox. Security is taken more seriously than ever before, and there’s a network of people responding to malware around the clock. But they can’t really keep up. The ecosystem of these problems is so much bigger than it was even ten years ago that it’s hard to feel like we’re making progress.

People, as well, are broken.

“I trust you…” was my least favorite thing to hear from my sources in Anonymous. Inevitably it was followed by some piece of information they shouldn’t have been telling me. It is the most natural and human thing to share something personal with someone you are learning to trust. But in exasperation I kept trying to remind Anons they were connecting to a computer, relaying though countless servers, switches, routers, cables, wireless links, and finally to my highly targeted computer, before they were connecting to another human being. All of this was happening in the time it takes one person to draw in a deep, committal breath. It’s obvious to say, but bears repeating: humans were not built to think this way.

Everyone fails to use software correctly. Absolutely everyone fucks up. OTR doesn’t encrypt until after the first message, a fact that leading security professionals and hackers subject to 20-country manhunts consistently forget. Managing all the encryption and decryption keys you need to keep your data safe across multiple devices, sites, and accounts is theoretically possible, in the same way performing an appendectomy on yourself is theoretically possible. This one guy did it once in Antarctica, why can’t you?

Every malware expert I know has lost track of what some file is, clicked on it to see, and then realized they’d executed some malware they were supposed to be examining. I know this because I did it once with a PDF I knew had something bad in it. My friends laughed at me, then all quietly confessed they’d done the same thing. If some of the best malware reversers around can’t keep track of their malicious files, what hope do your parents have against that e-card that is allegedly from you?

Executable mail attachments (which includes things like Word, Excel, and PDFs) you get just about everyday could be from anyone — people can write anything they want in that From: field of emails, and any of those attachments could take over your computer as handily as an 0day. This is probably how your grandmother ended up working for Russian criminals, and why your competitors anticipate all your product plans. But if you refuse to open attachments you aren’t going to be able to keep an office job in the modern world. There’s your choice: constantly risk clicking on dangerous malware, or live under an overpass, leaving notes on the lawn of your former house telling your children you love them and miss them.

Security and privacy experts harangue the public about metadata and networked sharing, but keeping track of these things is about as natural as doing blood panels on yourself every morning, and about as easy. The risks on a societal level from giving up our privacy are terrible. Yet the consequences of not doing so on an individual basis are immediately crippling. The whole thing is a shitty battle of attrition between what we all want for ourselves and our families and the ways we need community to survive as humans — a Mexican stand off monetized by corporations and monitored by governments.

I live in this stuff, and I’m no better. Once I had to step through a process to verify myself to a secretive source. I had to take a series of pictures showing my location and the date. I uploaded them, and was allowed to proceed with my interview. It turns out none of my verification had come through, because I’d failed to let the upload complete before nervously shutting down my computer. “Why did you let me through?” I asked the source. “Because only you would have been that stupid,” my source told me.

Touché.

But if I can’t do this, as a relatively well trained adult who pays attention to these issues all the damn time, what chance do people with real jobs and real lives have?

In the end, it’s culture that’s broken.

A few years ago, I went to several well respected people who work in privacy and security software and asked them a question.

First, I had to explain something:

“Most of the world does not have install privileges on the computer they are using.”

That is, most people using a computer in the world don’t own the computer they are using. Whether it’s in a cafe, or school, or work, for a huge portion of the world, installing a desktop application isn’t a straightforward option. Every week or two, I was being contacted by people desperate for better security and privacy options, and I would try to help them. I’d start, “Download th…” and then we’d stop. The next thing people would tell me was that they couldn’t install software on their computers. Usually this was because an IT department somewhere was limiting their rights as a part of managing a network. These people needed tools that worked with what they had access to, mostly a browser.

So the question I put to hackers, cryptographers, security experts, programmers, and so on was this: What’s the best option for people who can’t download new software to their machines? The answer was unanimous: nothing. They have no options. They are better off talking in plaintext I was told, “so they don’t have a false sense of security.” Since they don’t have access to better software, I was told, they shouldn’t do anything that might upset the people watching them. But, I explained, these are the activists, organizers, and journalists around the world dealing with governments and corporations and criminals that do real harm, the people in real danger. Then they should buy themselves computers, I was told.

That was it, that was the answer: be rich enough to buy your own computer, or literally drop dead. I told people that wasn’t good enough, got vilified in a few inconsequential Twitter fights, and moved on.

Not long after, I realized where the disconnect was. I went back to the same experts and explained: in the wild, in really dangerous situations — even when people are being hunted by men with guns — when encryption and security fails, no one stops talking. They just hope they don’t get caught.

The same human impulse that has kept lotteries alive for thousands of years keeps people fighting the man against the long odds. “Maybe I’ll get away with it, might as well try!”

As for self-censoring their conversations in the face of hostile infrastructure, non-technical activists are just as good at it as Anons are, or people told to worry about metadata, or social media sharing, or that first message before OTR encryption kicks in. They blow.

This conversation was a wake-up call for some security people who hadn’t realized that people who become activists and journalists routinely do risky things. Some of them joined my side of the time-wasting inconsequential Twitter fights, realizing that something, even something imperfect, might be better than nothing. But many in the security scene are still waiting for a perfect world into which to deploy their perfect code.

Then there’s the Intelligence Community, who call themselves the IC. We might like it if they stopped spying on everyone all the time, while they would like us to stop whining about it.

After spending some time with them, I am pretty sure I understand why they don’t care about the complaining. The IC are some of the most surveilled humans in history. They know everything they do is gone over with a fine-toothed comb — by their peers, their bosses, their lawyers, other agencies, the president, and sometimes Congress. They live watched, and they don’t complain about it.

In all the calls for increased oversight, the basics of human nature gets neglected. You’re not going to teach the spooks this is wrong by doing it to them more.

There will always be loopholes and as long as loopholes exist or can be constructed or construed, surveillance will be as prevalent as it possibly can be. Humans are mostly egocentric creatures. Spooks, being humans, are never going to know why living without privacy is bad as long as they are doing it.

Yet that’s the lesser problem. The cultural catastrophe is what they’re doing to make their job of spying on everyone easier. The most disturbing parts of the revelations are the 0day market, exploit hoarding, and weakening of standards. The question is who gets to be part of the “we” that are being kept allegedly safe by all this exploiting and listening and decrypting and profiling. When they attacked Natanz with Stuxnet and left all the other nuclear facilities vulnerable, we were quietly put on notice that the “we” in question began and ended with the IC itself. That’s the greatest danger.

When the IC or the DOD or the Executive branch are the only true Americans, and the rest of us are subordinate Americans, or worse the non-people that aren’t associated with America, then we can only become lesser people as time goes on.

As our desires conflict with the IC, we become less and less worthy of rights and considerations in the eyes of the IC. When the NSA hoards exploits and interferes with cryptographic protection for our infrastructure, it means using exploits against people who aren’t part of the NSA just doesn’t count as much. Securing us comes after securing themselves.

In theory, the reason we’re so nice to soldiers, that we have customs around honoring and thanking them, is that they’re supposed to be sacrificing themselves for the good of the people. In the case of the NSA, this has been reversed. Our wellbeing is sacrificed to make their job of monitoring the world easier. When this is part of the culture of power, it is well on its way to being capable of any abuse.

But the biggest of all the cultural problems still lies with the one group I haven’t taken to task yet — the normal people living their lives under all this insanity.

The problem with the normals and tech is the same as the problem with the normals and politics, or society in general. People believe they are powerless and alone, but the only thing that keeps people powerless and alone is that same belief. People, working together, are immensely and terrifyingly powerful.

There is certainly a limit to what an organized movement of people who share a mutual dream can do, but we haven’t found it yet.

Facebook and Google seem very powerful, but they live about a week from total ruin all the time. They know the cost of leaving social networks individually is high, but en masse, becomes next to nothing. Windows could be replaced with something better written. The US government would fall to a general revolt in a matter of days. It wouldn’t take a total defection or a general revolt to change everything, because corporations and governments would rather bend to demands than die. These entities do everything they can get away with — but we’ve forgotten that we’re the ones that are letting them get away with things.

Computers don’t serve the needs of both privacy and coordination not because it’s somehow mathematically impossible. There are plenty of schemes that could federate or safely encrypt our data, plenty of ways we could regain privacy and make our computers work better by default. It isn’t happening now because we haven’t demanded that it should, not because no one is clever enough to make that happen.

So yes, the geeks and the executives and the agents and the military have fucked the world. But in the end, it’s the job of the people, working together, to unfuck it.

Don’t miss Quinn Norton’s next story

Quinn NortonQuinn Norton

El gobierno de Mauricio Macri: entre lo nuevo y lo viejo

Publicado el 2 de agosto de 2016.

Mauricio Macri asumió la presidencia en un contexto de sentimientos encontrados. La expectativa que generaba en algunos era simétrica al desencanto que vivían otros. Sin embargo, algo tenían en común todos los electores: sentían que Macri era todavía una incógnita. Tanto sus votantes como sus adversarios no podían sentir sino intriga sobre el futuro desempeño gubernamental del primer presidente democráticamente electo que, desde 1916, no reconocía filiación ni en el peronismo ni en el radicalismo. La novedad de la victoria de Cambiemos, una alianza entre el PRO y su socio menor, la Unión Cívica Radical, que se construyó desde el primer momento como una fuerza surgida del riñón de la élite económica argentina, hacía difícil pronosticar cómo sería el menú de políticas públicas del nuevo gobierno. La Argentina que había sido gobernada con éxito variable por fuerzas multiclasistas y liderazgos surgidos de las clases medias (Cristina Fernández, hija de un chofer de colectivo, Carlos Menem, hijo de un inmigrante sirio, o Raúl Alfonsín, hijo de un almacenero asturiano) tiene ahora como presidente al heredero de uno de los principales grupos económicos del país.

Tres factores impedían afirmar de manera categórica cuáles serían los planes y las acciones de Macri en el ejecutivo, previamente a hacerse cargo de él. Primero, la campaña presidencial del macrismo había sido tremendamente eficiente en difuminar o borrar cualquier tipo de definición taxativa sobre el posible rumbo de su gestión gubernamental. Nada, de hecho, ilustra mejor aquella decisión de campaña que un video en el cual el economista y hoy presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, explicaba en un foro internacional que el principal asesor de campaña de Macri les había ordenado no hablar de lo que harían en el gobierno, sino de sus hijos o contar anécdotas. En segundo lugar, Mauricio Macri llegó al poder tras gobernar durante ocho años el distrito más rico del país, una ciudad-provincia-distrito federal cuyas características especiales permiten a sus jefes de gobierno gobernar con relativa tranquilidad. Por último, nunca en más de un siglo había llegado al poder en Argentina una coalición política con liderazgo netamente de élite y base de apoyo electoral en la zona agrícola-ganadera del centro el país, y en las clases altas y medias urbanas.

El macrismo había realizado tan solo tres promesas concretas: reducir la inflación, lograr una mayor liberalización de algunas relaciones económicas (sobre todo la posibilidad de comprar dólares y de acceder a bienes de consumo restringidos por el estatismo kirchnerista) y garantizar la derrota política del kirchnerismo. El discurso era de optimismo: se ofreció «la revolución de la alegría» y se prometió que «no perderías nada de lo que ya conseguiste». Aunque consiguió una victoria muy nítida (conquistando los gobiernos de la Ciudad de Buenos Aires y la Provincia de Buenos Aires) parecía que, al mismo tiempo, no sería capaz de acumular un poder hegemónico: su ventaja fue real pero no escandalosa (dos puntos de ventaja en el balotaje) y no consiguió mayoría propia en el Congreso.

El macrismo en el poder

Los analistas coincidían en algo evidente: no sería éste un gobierno distributivo o preocupado por reducir la desigualdad. Cambiemos, evidentemente, no lo había prometido. Su estandarte de campaña había sido, de hecho, uno muy diferente: la «lucha contra el populismo» que expresaba el gobierno nacional-popular que lo precedió. Sin embargo, había expectativas de que Cambiemos inaugurara algo nunca visto en Argentina. El de una derecha moderna y democrática. Así lo prometió Mauricio Macri en su discurso de toma de mando, donde manifestó su compromiso de alcanzar la «pobreza cero» y avanzar en medidas tendientes a garantizar la transparencia institucional.

La constitución de una derecha moderna requiere, de manera evidente, el cumplimiento de dos condiciones que, en la historia argentina, solo se produjeron de manera esporádica.

Primero, que revista un carácter fuertemente democrático, es decir, que respete los derechos laborales y sindicales, que no reprima la protesta social, que acepte la pluralidad política del país y que aumente la calidad institucional. Éstas pueden parecer condiciones mínimas, pero es preciso resaltar que los gobiernos apoyados por la élite económica argentina desde 1930 hasta 1983 accedieron al poder por medio de golpes de estado o en elecciones en donde el principal partido político, el peronismo, estaba proscripto. Todos los gobiernos de la derecha utilizaron para sostener su gobernabilidad dosis crecientes de represión. Desde 1983 hasta la fecha, el caso más exitoso de un gobierno de derecha fue el menemista. Pero aquella experiencia no se caracterizó por sostener o mejorar las formas republicanas. Intentando diferenciarse de aquel proceso, el macrismo prometió compatibilizar el estado de derecho, los derechos humanos y la competencia democrática con la implementación de políticas económicas desarrollistas.

La segunda promesa de esta «derecha moderna» era el desarrollo de una administración «pro-mercado» y no «pro-empresa», en términos de James Bowen. En América Latina es usual que los partidos de derecha asuman con promesas de crear un «capitalismo serio» (desregular, promover la competencia y la innovación, desterrar prebendas) para luego transformarse en garante de las ganancias de las grandes empresas, aunque esto signifique en los hechos mantener o crear monopolios, desproteger a los consumidores y aumentar la desigualdad. Cambiemos prometió hacer lo primero y no lo segundo.

Balance

En el apartado de «derecha democrática», Cambiemos tiene crédito. El Congreso y los partidos funcionan normalmente y se cumplen tanto el derecho a la libre expresión como el respeto por las minorías. Sin embargo, hay algunos datos de alerta. El discurso de Cambiemos sobre el kirchnerismo, al que ha considerado como una patología política inaceptable que debe dejar de existir para siempre, podría revestir una lógica preocupación. Si bien hasta ahora este discurso no implica una política totalizante, existen iniciativas que obligan a un seguimiento más cercano. Para comenzar, el nuevo gobierno despidió a cientos de empleados públicos sin otra explicación que su (supuesto) carácter de militantes kirchneristas, y sostuvo públicamente que resultaba necesario, «eliminar la grasa militante» del Estado. El encarcelamiento de la dirigente opositora jujeña Milagro Sala y de su esposo, los cuchillazos contra un grupo de militantes kirchneristas por parte de una patota con lazos con el PRO, el ataque con aparente connivencia policial contra un diario autogestionado opositor, la represión policial de trabajadores en el Ingenio Ledesma, en Jujuy, y en dos fábricas recuperadas parecen augurar dosis mayores de represión, sobre todo si aumenta el conflicto social por la situación económica.

En cuanto a la performance económica, la visión es más clara. Hasta ahora el gobierno se muestra como más pro-empresa que pro-mercado. El presidente decidió una especie de lottizzazione del gabinete, sólo que en lugar de repartir los cargos entre diferentes partidos lo hizo con los sectores económicos del caso: el ministro de Energía es el ex-CEO nacional y accionista de Shell, el de Agricultura es uno de los principales productores y dirigentes sojeros del país, el ministro de Industria hizo gran parte de su carrera en el HSBC y el ministro de Finanzas era un alto ejecutivo de la banca internacional JP Morgan. La primera medida económica del nuevo gobierno fue la eliminación o baja de los impuestos a las exportaciones agrícolas –una medida largamente reclamada por las entidades agrarias. Inmediatamente devaluó el peso, liberalizó la compra y venta de dólares y subió fuertemente las tarifas de los servicios públicos que eran subsidiados por el gobierno anterior.

En estos siete meses puede vislumbrarse un nuevo rol del gobierno que se ve a sí mismo como generador y facilitador de negocios para las grandes empresas en el país. En esta nueva matriz, las políticas para cada sector parecen ser diseñadas casi llave en mano por referentes sectoriales. Funcionarios de primera línea expresan el proyecto de que la recomposición de la tasa de ganancia empresaria se traducirá rápidamente en una «lluvia de inversiones» que se comenzará a sentir a fin de 2016 o inicios de 2017. Puede que esto suceda. Sin embargo, hasta ahora la mayoría de la población ha visto los costos de las medidas de liberalización económica (más inflación, aumento fuerte del precio de los alimentos, escalada de los costos del transporte, electricidad, gas, teléfono, comisiones bancarias) y no sus beneficios. Este proceso se expresó claramente en las protestas del 14 de julio contra el «tarifazo», tan solo siete meses luego de asumido el nuevo gobierno.

Síntesis

Aunque sigue siendo prematuro pretender realizar un juicio categórico sobre el gobierno de Mauricio Macri, ya existen síntomas claros que permiten comenzar a pensar su desarrollo. Hoy, el gobierno tiene más interlocución con las empresas concentradas que con la sociedad civil, y su agenda de ampliación de derechos es aún desconocida. Su principal fortaleza hasta el momento reside en la catarata de acusaciones de corrupción contra la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, los miembros de su familia y su entorno. En lo sectorial y lo social (y no en la acción del peronismo, aún sumido en el desconcierto) aparecen las amenazas: no es fácil gobernar la sociedad argentina que tiene siempre la cacerola a mano, y tampoco es fácil contentar a todos los sectores empresarios simultáneamente.

Entrevista a Ernesto Calvo | El Loro Politico

Publicado el 2 de agosto de 2016.

Ernesto Calvo por Ernesto Calvo. “Vengo de la izquierda. Mi familia se fue al exilio por el lado de la militancia en el área de Salud (familia "bolche"). Es decir, no del lado peronista. En México había dos casas: una peronista, la otra el resto del exilio. Así que desde muy temprano entré en la Ciencia Política por el lado de la política. Volví a los 15 años a la Argentina, con la democracia, tres meses después de que asumiera Alfonsín. Y a los dos años estaba en la UBA, Ciencia Política (segunda camada), y me fui a hacer política en la línea muy cuantitativa a Estados Unidos, inspirado muy fuertemente en aquél momento por el marxismo analítico. Así que yo llego al lado oscuro de la Política, que es la cuantitativa, desde la izquierda, y no desde la matemática o de la derecha como es habitual. Ahora ya la Ciencia Política se ha vuelto muy cuantitativa en general, sea de derecha, centro o de izquierda”.

 

 

¿Cuál es el saldo de las elecciones de 2015? ¿Qué nos dejó?

Para empezar, 22 semanas de elecciones dejó un público muy informado. Los datos después de la elección muestran que los niveles de identificación partidaria son altísimos, equivalentes posiblemente a la identificación partidaria de los tempranos '80, aún cuando hay un nuevo partido (el PRO). Tenemos entonces un votante argentino estimulado, activo, energizado, y con altos niveles de identificación partidaria, lo cual es muy interesante. La elección fue una sorpresa, no tanto el ballotage, ahí ya estaba todo cantado. Pero sí fue una sorpresa la primera vuelta, y en particular, yo creo que uno de los grandes hitos que cambia el mapa político del país, es la Provincia de Buenos Aires. A mi juicio, la derrota del peronismo en la provincia fue tan importante como la derrota a nivel nacional, porque esa derrota da línea de largada al realineamiento dentro del peronismo y le da además una oportunidad de gobernabilidad al macrismo que yo creo que no hubiese tenido de otro modo.

Al ganar la provincia de Buenos Aires, el macrismo gobierna sobre un 70% de la población, aún cuando lo haga sobre una fracción de las provincias. Eso tiene que ver con que el macrismo (y Cambiemos, porque es una coalición) ha ganado y gobierna en Capital Federal, provincia de Buenos Aires, Mendoza, y además tiene dos provincias "aliadas" (una con el socialismo en Santa Fe y otra con el peronismo en Córdoba, ninguna de las dos son netamente opositoras). En resumen, el 70% de la población está desalineada de lo que era el FPV y el peronismo. Hay una masa poblacional en este momento que está gobernada por provincias que son muy afines a este gobierno.

La pérdida de la provincia de Buenos Aires no solo resultó en más del 40% de la población cambiando el liderazgo político, sino que la PBA era también la incubadora de la juventud política del FPV. Al perderse la Nación y la provincia, las camadas del FPV que venían en ascenso quedan fuera de la incubadora y al quedar fuera de la incubadora, el FPV queda resentido en su capacidad de maniobra para sostenerse en el mediano plazo, y así se inicia la transición dentro del partido, que es lo que uno está viendo ahora.

¿Adherís a la hipótesis según la cual el kirchnerismo más "duro" tuvo una estrategia deliberada de "buscar refugio" en la provincia de Buenos Aires, desentendiéndose de la elección nacional?

Hubo una parte de eso. Hay que acordarse de que el día en que el FPV gana la primera vuelta por un pequeño margen gran parte de la juventud del FPV va a la provincia de Buenos Aires a lamentar la pérdida con Aníbal Fernández, en lugar de ir al comité de campaña del sciolismo a festejar su victoria. Entonces, esa imagen te muestra el contraste de un partido que todavía está en carrera para la presidencia, que tiene una ventaja y que tiene que empujar para la segunda vuelta, y que en realidad está haciendo el duelo interno porque se da cuenta que ha perdido el espacio político que consideraba propio. No importa si era una estrategia por parte del partido. Era una percepción dentro de la militancia, y en el momento en que se cae la provincia de Buenos Aires, esa militancia queda a la intemperie.

Al hacerlo, le abre el juego de naipes al gobierno actual para negociar con el peronismo desde una posición muy distinta. El Congreso siempre fue muy manejable, no en el mal sentido, sino en el mejor sentido posible. Cuando está en minoría un gobierno, el Congreso no es recalcitrante sino muy productivo. Se enfoca mucho en políticas locales, políticas provinciales, y produce mucha legislación. De hecho, hay más legislación en general que los Diputados sancionan en períodos de minoría que de mayoría. Porque, lógicamente, en mayoría se enfocan mucho en las necesidades de gobierno y las de minoría, mucho afán por vivir y dejar vivir. Y pasa lo que está pasando ahora, donde la productividad del Congreso es muy alta. Entonces, la transición abre el juego para que el nuevo gobierno empiece a operar con un peronismo que tiene un FPV institucional muy debilitado y donde el núcleo duro del peronismo queda ubicado en las provincias más chicas. Queda en gobiernos de provincias chicas, todas con un capital político distinto al que tenía el FPV, que estaba en la Capital y en la provincia de Buenos Aires. Entonces, toda la política del FPV que era Metropolitana queda bajo gobiernos que no son del peronismo, y todo el capital institucional del peronismo vuelve al peronismo en su ala menos FPV. Entonces, la transición en la cual llegamos abre el juego para que el peronismo esté fracturado en tres, muy diluido, y sin necesidad de cerrar esa fluidez y de cerrar filas hasta que se cierre la campaña presidencial con vistas al 2019, porque la elección del 17 no hay casi nada importante en juego. Quizás sea importante la de Senadores en la provincia de Buenos Aires.

A priori, muchos especulaban que el macrismo podía llegar a tener problemas de gobernabilidad, por ser un gobierno no peronista, sin mayorías legislativas. ¿Cómo ves la estrategia política del gobierno en sus primeros siete meses?

En primer lugar, todo gobierno que no fue peronista, en sus primeros dos años, tuvo un peronismo que trabajó con el gobierno. El sindicalismo no fue recalcitrante con Alfonsín durante los primeros dos años, realmente se complica la situación cuando trata de hacer la reforma laboral. La Alianza tuvo un sindicalismo que no fue agresivo ni combativo hasta que se empieza a desencajar todo en el año 2001. Yo supongo que las peleas más furiosas con el sindicalismo, y también con los gobernadores, o la oposición más fuerte por parte del Congreso, van a venir conforme los recursos escaseen y nos acerquemos a las elecciones. Eso es lo que ha pasado antes.

Por lo tanto, la estrategia del gobierno, desde el punto de vista institucional, se resuelve fácil porque las presiones aún no llegaron. Van a darse dentro de un año y medio. El gobierno tiene muy poco capital institucional, no simplemente porque tiene poco Congreso, tiene poco Senado, Diputados, gobernaciones, etc, que van a costar más adelante, sino también porque no tiene un cuerpo burocrático formado para funciones de gobierno. En todos los planos intermedios vemos que están todos peleandola (algunos con malas intenciones y otros con buenas) y viendo dónde apoyar los pies. Porque en verdad el gobierno se les vino en banda en pocos meses, no era algo que esperaban. Puede ser que algunos de ellos tenían la esperanza de que en un ballotage pudiera ganar Macri. Pero no creo que haya un solo escenario, ni el más optimista, en que los miembros del PRO hayan imaginado ganar la Ciudad de Buenos Aires, la provincia de Buenos Aires, y Nación. Por eso, se vaciaron las ONG y las Universidades, necesitando mucha gente (alguna inteligente, otra seguramente no). Pero lo cierto es que pocos dentro del nuevo gobierno tienen “calle” burocrática o administrativa.

Incluso tuvieron que recurrir, en líneas medias, a funcionarios del gobierno anterior o cuadros políticos del Frente Renovador

 Sí. Es que el kirchnerismo tenía mucho cuadro técnico. Y el gobierno actual pudo integrar a muchos de esos cuadros sin ningún tipo de problema, lo cual está bien, porque da cierta continuidad. Pero también da cuenta de que el gobierno no había planeado, y difícilmente pudiera haber planeado ocupar tantos espacios, enfrentar tantos frentes y tantas direcciones en tan poco tiempo. Entonces, uno ve a nivel presidencial, Jefatura de Gabinete, los Ministerios, que están navegando—y eso es una ventaja porque tienen cierto tiempo para poner horas de vuelo en el gobierno, que no las tenían—pero también que hay mucho tanteo, mucha incertidumbre. Falta todavía algún tiempo para que uno pueda decir que está claro adónde va la política de gobierno. Un ejemplo muy claro es la inflación. Este es un gobierno que asumió sin tener un plan anti-inflacionario. Y creo que es un gobierno que aún hoy se sorprende que el tema de la inflación sea tan intratable, más difícil que lo que ellos habían anticipado. Y creo que eso es también porque la gran mayoría de su gente, pensando estos problemas, estaba fuera de la administración pública. Entonces, no importa cuán buen economista seas, ser un economista de gobierno es otra cosa. Es cierto que el Banco Central, por ejemplo, tiene gente que ya venía trabajando en la Ciudad, con trayectoria. Pero la gran mayoría de sus incorporaciones no habían tenido experiencia en lidiar con estos problemas desde el gobierno. Y muchos de estos problemas son mucho más intratables que lo que ellos creían. Entonces, recién ahora están comenzando a darse cuenta que a los planes originales uno tiene que adaptarlos, con que el capital inversor no llega con la velocidad que suponían, que hacer la unificación cambiaria no produjo el nivel de confianza requerido para que las inversiones lleguen rápidamente. En la medida en que no aumentes la cantidad de recursos disponibles, aun pagando a los Buitres, falta capacidad para inyectar recursos económicos para que no haya una recesión. Entonces, para tratar de lidiar cos estas cosas han tenido muy poco tiempo, poco tiempo para pensarlas. Obviamente, eso genera costos políticos.

O sea, los problemas obedecerían más bien a una cuestión técnica. Porque uno podría pensar también que con el tema de la inflación, por ejemplo, las limitaciones son más ideológicas que técnicas.  

Sí, pero no diría técnico. Lo que les faltaba era calle burocrática, calle en la política, va más allá de la formación técnica. Lo que no tenían era estar sentado en las oficinas y negociar con los actores políticos, conocer los recursos disponibles, tener trayectoria para dialogar con las provincias. Al margen de la cuestión de la formación de recursos humanos, no conocen a los actores provinciales, no habían negociado con los sindicatos, no tenían lazos estrechos con actores sociales a nivel nacional. Todo esto es lo que se denomina el costo de gobernar. No cuán buenas son las ideas con que entrás al gobierno. Bueno, yo vengo con estas ideas, ¿cómo las pongo en práctica?

A nivel ideológico esto es interesante. Yo traje un par de veces a grupos de estudiantes de Estados Unidos a la Argentina. Nos reunimos con el FPV, con el peronismo, con el radicalismo, y una de las últimas, acá en Capital, fue con el PRO, en la Fundación Pensar. Cuando estábamos en el medio de la reunión, un chico se acerca y me dice: pensé que este era el partido de derecha. ¿Por qué? Porque el PRO estaba hablando del trabajo en las villas, de su política social. Aún si uno pensara que esas cosas eran por campaña, que no eran honestas, lo cierto es que el PRO no estaba tratando de vender el discurso de derecha, neoliberal, sino un discurso de un profundo pragmatismo económico. Cuando este gobierno asumió yo no creo que tuviera intención de hacer un ajuste sino de una fuga hacia adelante, un shock de crecimiento, porque pensaban que iban a venir muchos capitales. En el momento en que eso fracasa, empiezan a introducir los elementos más neoliberales. Pero en realidad, no creo esta sea la agenda ideológica de movida, porque la intención es ganar elecciones. Entonces, creo que este era un partido mucho más parecido a los demócratas de Estados Unidos que a los republicanos. A nivel internacional, son una centro-derecha bastante moderada, claro que Estados Unidos ya de por sí está muy a la derecha.

Mi impresión es que algunas cosas, como por ejemplo, el ajuste, parte es el sinceramiento de precios de acuerdo con su ideología, pero parte también creo que hay un costo que están pagando por haber confiado en que la situación macro-económica iba a cambiar por el sólo hecho de enviar señales al mercado de que un partido de centro-derecha estaba asumiendo el gobierno, cuando en realidad la economía no funciona así. Yo escuché al alfonsinismo decir que a partir de la confianza que había con la llegada de la democracia iba a venir el capital. Escuché a Menen decir que con la política de privatizaciones iban a llegar capitales. Yo escuché a De la Rúa decir que con el blindaje y el sinceramiento iban a venir capitales. Y lo cierto es que, si no hay un mercado de capitales grande, si las tasas de inflación son altas, si la inestabilidad es alta, la economía tartamudea y el capital no viene. La pregunta que uno tiene que responder para saber si el capital va a venir es la siguiente: “Si yo tuviera un millón de dólares, ¿en que invertiría para que el capital esté seguro y me de tasas de rentabilidad comparables a las internacionales?”  

Eso a pesar de que en el exterior, los inversores le suelen reconocer al gobierno actual que va por el camino indicado.

Claro, pero la pregunta es otra. La pregunta es entre aplaudir las medidas, etc., y otra es sacar la plata del bolsillo y que me de ganancias. Y si bien hay muchos sectores económicos, acá y afuera, que pueden tener afinidad con muchas de las políticas económicas, es distinto pensar que porque hay afinidad desde el punto de vista ideológico, hay retornos en dinero. Entonces, hasta que la economía no muestre que puede dar tasas de retorno atractivas no van a venir grandes cantidades de capital. ¿Es posible hacerlo simplemente por afinidad de reformas sin que la economía esté despegando? Yo no lo creo.

¿Creés que el inversor está esperando los resultados legislativos del año que viene? Es decir, saber cuán viable es el proyecto político del macrismo.

No creo. Acá tenemos un año y medio en el cual van a llegar bien a la elección intermedia si la inflación baja cerca del 10, que es un poco irrealista. En el gobierno piensan que la inflación núcleo está bien, y que una vez que termina este ciclo de aumentos tarifarios, la inflación va a ceder. Pero la inflación núcleo que están midiendo no puede ser muy distinta a lo que se llama la “media móvil” o de la inflación truncada, que es básicamente el promedio ponderado de los últimos meses, la primera, y la inflación sin valores extremos, la segunda. No hace falta que tengas acceso a una canasta amplia de bienes para saber que la media móvil está muy por encima de las expectativas del gobierno, muy superior de la observada durante el final del gobierno del FPV. Entonces, es irreal que en el corto plazo la inflación va a estar en niveles que son aceptables para los votantes. Y sin baja inflación los capitales no van a venir. En la medida que hay atraso en capacidad instalada, en salarios, etc., va a haber una cierta reactivación. Tal vez con eso la campaña del año que viene no va a ser tan complicada. Pero una cosa es que la campaña del año que viene no sea mala porque inyecten recursos, porque se estabiliza un poco la inflación, y otra cosa es que la situación económica de señales de tal modo que los inversores internacionales vean al mercado como viable. Para que los capitales importantes lleguen, uno necesita calificaciones que le permitan a los fondos de inversión importantes (como los fondos de jubilados de EEUU o Europa) invertir en la Argentina. Los fondos de inversión importante están regulados de modo tal que se necesitan calificaciones de tipo AA-, AAB+, muy por encima de las calificaciones que tenemos ahora. Argentina no va a cambiar su calificación como para que los Fondos de Inversión puedan invertir acá. Legalmente, ni siquiera están posibilitados de hacerlos. Con lo cual, el capital que llegue con una inflación arriba del 20 va a ser especulativo, por lo menos en el sentido de que va a requerir tasas de ganancia que no permiten un crédito saludable. Entonces, van a ser años complicados los que vienen. No son años de crisis como el 99, no hay una recesión como la que le tocó a la Alianza, las cuentas fiscales están mejor que en esa época, hay mucho margen para endeudarse e inyectar recursos en la campaña. O sea, la política y la económica pueden navegar. Pero estamos lejos de esa situación en la cual la inflación núcleo va a bajar, la economía va a reponerse rápidamente, y en un año o dos estamos con tasas de crecimiento que permitan consolidar este proyecto.

¿Qué evaluación haces de la “Coalición” Cambiemos, especialmente el lugar que tiene el radicalismo? ¿Coincidís con quienes afirman que puede desaparecer, al ser absorbido por el macrismo?

Sí. Mucho depende de lo que ocurra con la economía. Pero hay que distinguir dos cosas. El radicalismo sigue siendo, institucionalmente, el segundo partido desde lo territorial, detrás del peronismo. El PRO está todavía lejos de eso. Sin embargo, cuando uno mide con encuestas la afinidad del votante radical con Cambiemos y en particular con el PRO, lo que ve es que hay una voluntad de migración del votante radical hacia el PRO enorme. Entonces, es cierto que la dirigencia del radicalismo no quiere ceder sus espacios, y no quiere que el partido termine disolviéndose en el PRO. Pero si uno ve solo los votantes en estos momentos, el voto del PRO es muy alto, el voto del radicalismo es muy bajo, y el nivel de identificación con el partido es más alta con el PRO que con el radicalismo. O sea que yo en estos momentos, si tengo que ver la identificación partidaria, veo a un peronismo con buena identificación partidaria, veo al PRO con buena identificación partidaria, y un radicalismo que está en la lona. Con lo cual, si el PRO logra navegar la economía e inyectar recursos en el 17 para llegar bien a la elección intermedia, el radicalismo no va a poder negociar dentro de Cambiemos buenas posiciones. Y si el radicalismo va por fuera de Cambiemos, el costo puede ser enorme. Por eso, está entre la espada y la pared.

Por eso muchos colegas, como Andrés Malamud y también en mi caso, vemos que el radicalismo, aun cuando quiera levantar las banderas y plantarse para verse como un socio que puede capitalizar la alianza con el PRO y no ser un mero apéndice, en realidad uno ve que el votante está listo para cambiar. Y salvo que haya una crisis económica o que haya una situación política que debilite notablemente al PRO y le permita al radicalismo mantener ciertos cargos políticos, yo espero que llegado el 17, si hay competencia interna, el PRO la gane cómodamente. Y, si hay negociación interna, el radicalismo va a tener que ceder los cargos masivamente al PRO. O, en una tercera variante, dar fe de transición al PRO, con ciertos miembros que son del radicalismo que digan: yo soy radical, pero en estos momentos creo que el partido en el con el que hay que alinearse es el PRO. Lo que están mostrando los datos es que el radicalismo tiene muy poco espacio para sobrevivir electoralmente en el 17 y en el 19.

En la vereda de enfrente, ¿Cómo ves al peronismo? Vos hablabas de tres sectores, en el que incluías a Massa seguramente, quien da gestos hacia dentro del peronismo, pero también hacia afuera, con Stolbizer por ejemplo. 

A ver, yo creo que va a haber muchas alianzas de acá al año que viene, muy fluidas, con idas y vueltas. Cuando uno ve el voto peronista, hay tres pedazos. Uno es el voto Scioli, dividido en dos. Una parte es FPV, núcleo duro, votante peronista que le da muy malas marcas al gobierno actual, que tiene muy poca expectativa con que la economía mejore, que está muy alineado con los principios políticos del FPV. Ve también un votante de Scioli que se parece más al votante de Massa de lo que uno pensaría. Acá entonces el que votó a Scioli no es FPV, no ve con malos ojos al macrismo, no ve tan negativo el futuro económico del país. Y ese votante, peronista, no FPV, en este momento está a la búsqueda de una elite política que lo represente. Y le va a ser muy difícil al FPV, ahora que no está en el Ejecutivo, sostener ese voto y mantenerlo. Entonces, el voto duro, núcleo, del FPV, en ese grupo representa un 13, 14% del electorado, que es un poco lo que uno veía en elecciones como la de Cabandié digamos, elecciones que representaban a la centro-izquierda del peronismo. Pero bueno, ese sector que votó a Scioli, pero es peronista tradicional, está ubicado en estos momentos para crecer mucho más. Lo puede llevar Scioli, pero también Randazzo, gente que tiene sangre azul peronista, y que no está a la derecha del peronismo. Es gente que ocupa el lugar de centro político, peronista más tradicional, y que se llevó un buen pedazo de lo que era el voto Scioli. Y después hay un peronismo de derecha, que está más cercano al macrismo, hay un votante más parecido a Massa, a De la Sota, a Urtubey, que es un votante que tiene mejores expectativas de cómo le va a ir al gobierno, una opinión positiva de Macri bastante alta, es un sector peronista pero muy anti K, y que puede negociar cómodamente con el peronismo tradicional, de centro, pero no se lleva bien en ningún sentido con el kirchnerismo.

Estos tres pedazos no tienen tanto que ver con los tres pedazos que uno veía en la elección de 2015.  Tiene que ver más con tres votantes muy estables, que tienen cerca de un 1/3 cada uno, muy nivelados. El FPV es solo uno de esos tres. En la interna del partido, representa casi la mitad porque Massa está por afuera, por ahora. Pero eventualmente, hacia el 2019, una parte de eso va a volver, y el FPV queda en un 35% del partido. Entonces, en estos momentos el FPV no está bien posicionado para la interna del ‘19. Y eso es lo que produce esta presión hacia afuera, por parte de sectores en Diputados, sumado a las presiones de los gobernadores, que en la medida que necesitan negociar con el gobierno nacional requieren un Senado más amigable, menos agresivo, lo cual también produce una fuerza centrífuga, y aleja a muchos sectores del FPV. Entonces, uno ve, conforme vayamos avanzando hacia el ‘17, un radicalismo más débil, un PRO más consolidado pero a la vez muy dependiente de cómo le vaya en la economía, y un peronismo que no tiene por qué cerrar filas, no tiene por qué cerrar sus luchas, ni siquiera pelear una interna en el ‘17, lo único que tiene que hacer en el ‘17 es pelear en el 17 para establecer posiciones, para la pelea en serio que es la del ‘19. Hasta el ‘19 no tienen mucho por hacer. Es mucho más importante, para el peronismo, de acá al ‘19, que los gobernadores se mantengan fuertes, logren obtener recursos, y que el voto peronista esté ubicado para definir la interna en el ‘19, que cerrar algo en el ‘17.

Además, en la elección del ‘17 vos tenes la opción de jugar por adentro o por afuera sin pagar costos políticos. Eso pasa con Massa por ejemplo. Pero hay varios otros grupos en la misma situación. Así como Massa está hablando con Stolbizer, a medida que nos acerquemos al ‘17, la discusión de si competir dentro de una primaria abierta, o dentro de un lugar con el FPV, o si va a haber dos peronismos, todo va a estar abierto. Si vos vas a perder la interna con el FPV, ¿por qué vas a jugar adentro? Y si vas a ganarla, ¿por qué el FPV iría? Las fuerzas centrífugas en el ‘17 van a ser enormes. Si vos anticipás que vas por adentro, no va a ir nadie, entonces no te llevas a nadie para el ‘19. Es muy difícil que las filas que se cierren en el ‘17 sirvan para el ‘19.

¿Puede ser que la elección de 2017 sea mucho más importante para el gobierno que para la oposición?

Para el macrismo es más importante, porque ellos están naciendo como partido, entonces en ese momento una sequía te mata. Una mala elección en el ‘17 complica la viabilidad del partido para 2019. Pero en todos los países del mundo, las elecciones intermedias producen resultados que son menos beneficiosos para oficialismo que la elección general que le sigue. Entonces, si bien obviamente quieren mantener la señal de que se mantienen fuertes y crecen, es de esperar que en verdad queden en el 30% si les va muy bien, porque, esto hay que decirlo, una elección muy buena para el PRO se va a ver como una elección un poco patética, porque va a haber mucha fragmentación, muchas fuerzas, va a ser una elección muy quebrada por el lado del peronismo, y salvo que la economía esté creciendo de modo que no anticipamos ahora, sería muy difícil que el PRO pueda crecer mucho, es más probable que pierda un poco. Entonces, sí, puede ser que la vean como una elección clave, y que se den energía con eso, que se estimulen para hacer una buena elección. Pero incluso si la elección del ‘17 es mediocre, si el partido logra llegar en buen estado al ‘17 y crece un poco en las Cámaras que no es muy difícil, no va a estar en mala situación para el ‘19. Y en ese punto, va a estar Cambiemos de un lado y el peronismo del otro. Sería muy raro que cuando lleguemos a la elección de 2019 todavía tengamos al peronismo massista y al peronismo no massista (FPV y peronismo más tradicional) en pedazos. Yo creo que ahí se va a producir la reunificación. No creo que si le va mal en el ’17 sea un certificado de defunción, aunque obviamente la señal que va a dar una derrota así va a ser muy mala. Un año después, sin embargo, esa señal puede ser olvidada por el votante, para la elección del ‘19. No hay que olvidarse que al FPV le pasó eso: tuvo malas elecciones en 2009 y se recuperó, y en 2013 pasó algo similar, porque si bien no ganó, en 2015 estuvo muy cerca de hacerlo. En definitiva, las elecciones intermedias son siempre distintas.

La corrupción está otra vez en boga. ¿Qué opinión te merece? ¿Por qué está tan presente? ¿En otros países tiene la misma centralidad?

La corrupción siempre es un problema. En Brasil no solamente es un problema importante, sino que está generando niveles de destrucción de la clase política (y no sólo económica) que no habíamos visto ni siquiera con Collor de Mello. Es discutible que sea la corrupción solamente y no la corrupción sumada a la polarización política. Pero no hay duda que la corrupción se ha transformado en un problema que afecta la supervivencia de la clase política en su conjunto. En México la corrupción ha sido históricamente muy alta, desde los buques fantasmas de Lopez Portillo en los ‘70s hasta las documentada “Casa Blanca” de Peña Nieto y de los ex-jefes de policía. Es decir, en América Latina, la corrupción es alta y lo ha sido por mucho tiempo, en gran medida concentrada en los actores políticos y económicos más importante.

En la Argentina también es alta, pero a mi juicio, es una corrupción más plebeya, que está más diseminada. No por eso es más fácil lidiar con ella que en Brasil o en México, pero como es más plebeya, creo que es también de menores montos que en esos países. Puede ser un prejuicio que surge de haber vivido en Mexico muchos años y mi tiempo en Brasil. Pero lo cierto es que gran parte de la discusión sobre los niveles de corrupción producida desde la academia y los organismos internacionales está basada en percepciones de corrupción antes que en datos duros.

Más allá de la cuestión de cual es el nivel real de corrupción en los distintos países, existe también la cuestión de porque distintos actores sociales y políticos perciben distintos niveles de corrupción., ¿por qué la sociedad percibe a la corrupción como problema? Esto es una cuestión ya distinta a por qué hay corrupción o cuáles son los niveles de corrupción. Por ejemplo, la corrupción es siempre percibida como mayor entre los votantes que pierden elecciones. El FPV posiblemente va a percibir en algún momento que la corrupción es insoportable, y eso va a ser en parte porque hay corrupción, pero también porque están en la oposición. El macrismo consideraba que la corrupción era la peor del mundo, en parte porque había “López”, y en parte porque era oposición. Algo similar pasa con los sistemas electorales: el que pierde, se queja de las reglas y percibe que hubo fraude. Lo mismo con el crimen. Los que pierden la elección piensan que el crimen es muy alto y los que ganan no. Esto en gran parte se debe a que la sensación térmica de la corrupción, el fraude, el crimen y los demás problemas de los votantes son percibidos a través de lentes que distorsionan, ligados a sus propias identificaciones partidarias.

¿Por qué el gobierno actual hace foco en la corrupción como medio de difusión y de identidad política? Porque es un tema en el cual sus votantes están muy sensibilizados, el macrismo piensa que tiene una ventaja electoral y que este es un tema que electoralmente les pertenece. Cada vez que hablan de corrupción su percepción es que ganan puntos y el peronismo los pierde. Entonces, instalan el tema también para ganar una batalla mediática. Pero seguramente, en dos o tres años el que va a estar hablando todo el tiempo de corrupción va a ser el peronismo. Porque, estar en la oposición te hace mucho más sensible a la corrupción, al crimen, a la inflación, y a todo lo que sea problemático e igualmente intratable para el oficialismo. La corrupción es un problema intratable en la Argentina, pero parte de las percepciones tienen que ver con la identificación política de los votantes y con la polarización política. Es decir, quienes son los ganadores y perdedores de la política.

 

Why A Faithful Mint User & Budgeting Pro Switched to YNAB

Publicado el 26 de mayo de 2016.

Awareness, awareness, awareness,...

Lindsey Stringer and her husband are no strangers to budgeting. They paid off their mortgage in 19 months, and four years later bought a rental property with cash. They recently switched from Mint to YNAB and can't help but wonder how much further along they would be financially if they had only found YNAB sooner. Here's Lindsey's story in her own words:

It’s no secret to my financial coaching clients and blog readers that I am a long-time Mint enthusiast. Mint saved me from the budgeting woes of Quicken almost a decade ago. It was my trusty friend as my husband and I paid off our mortgage in less than 2 years. It helped me adjust quickly to the financial realities of moving to a very expensive city.

I always gave every dollar a job in Mint (YNAB's Rule One—before I even knew YNAB's Four Rules existed!), but something happened along the way from paying off our mortgage to today. Mint allowed me to check out a little bit. It would only require a few expense re-categorizations here and there. It was taking over all of the budgeting work for me so that I wouldn’t have to. Amazing right? Maybe not.

These days, we have much bigger, more long-term goals, like early financial independence, and as a result, we’ve become a little more lax in keeping a strict budget. It’s become very easy to let the money we’d normally set aside for the long-term get eaten up, literally, in restaurants. We weren't making progress as fast as I’d like.

Three months ago, several different friends asked my opinion of YNAB (You Need a Budget) within the span of a week and I realized I didn’t have one. A little bit of research revealed there is a highly devoted and growing following so I decided to give it a try. The first month, I tried out the app on my own while keeping up with the Mint account that my husband also accesses. After just one month, I could see how much more aware I was of my spending with YNAB than I had been with Mint and I pitched the idea of making a switch to my husband.

It’s been three months total now, and we both love YNAB! Here’s what the switch made us realize about the importance of awareness:

Being Hands-On Changes the Game

For us, Mint was financial AI gone overboard. It was taking the financial pain out of our transactions, especially since we are mostly cashless. All of the automated processes were making us LESS aware of our budget, even though I was looking at it at least a couple of times a week. I can only imagine how this affects people who look at Mint once a week or once a month.

With YNAB, manually assigning our expenses to our budget means we see the impact of our spending in near real time. That has been huge for us and we have kept our spending to within our budgeted amount every month.  I had also forgotten how nice it is to categorize our income each month!

Savings Goals Mean Savings Progress

We also weren’t being diligent about our savings goals. Mint has a savings goals feature that I’ve used successfully in the past, but it doesn’t force you to actually move money each month. Right now, my savings goals are tied to investment accounts. So while we technically could have been meeting our savings goals because our investments were performing well, that doesn’t mean we were diligent about putting all of our own money in each month and Mint didn’t keep track of whether we were moving money into our investment accounts.

Problem solved with YNAB.  All of our income and expenses pass through a single checking account which means that any money we save needs to come out of that account. With the savings goals I’ve set up in our budget, I have to move money out each month in order to keep those balances at zero. The design of YNAB reminds me to do that, and I’m very happy when I make those transactions.

Partners Who Budget Together, Save More—Together

Maintaining the budget was too easy to make my responsibility and my husband wasn't aware enough. I’m the financial nerd in my marriage. I like budgeting and was happy to be the one to keep up with Mint.

However, my husband didn’t really need to check out our budget until the end of the month when we had our budget meeting or when he wanted to spend out of his “fun money” category. Now he is much more in tune with our budget as he records any transactions he makes. I don’t have to be the one to always say “it’s not in the budget” because he is more aware of our spending now. YNAB improves marriages! Who else can say that about their budgeting app?

Awareness is Everything

YNAB showed us how important awareness still is for our budget, even though we are well beyond paycheck-to-paycheck living. It was humbling to know we’ve kind of been doing it wrong for the last few years, or that we could at least have been doing it better. I'm looking forward to making more progress this year and getting much closer to our dream of financial independence.

***

Lindsey Stringer is a millennial on the path to early financial independence. She and her husband paid off their mortgage in just 19 months which forever altered the trajectory of their financial lives. She provides financial coaching and free resources at Change the Race.

You might also like:


El antimacrismo

Publicado el 8 de mayo de 2016.

Algo cambió. No sólo el gobierno nacional, cuyos inquilinos se agrupan bajo ese rótulo.

Argentina, a decir verdad, está girando desde antes incluso de la consagración de Mauricio Macri como presidente. Esos desplazamientos determinaron la salida del kirchnerismo de Casa Rosada, y condicionan la dinámica actual, pintada de color amarillo. Pero, a su vez, las jugadas que se disparan desde las renovadas posiciones de poder impactan sobre estas transformaciones, conmoviéndolas. Dicho sencillo: hay un barajar y dar de nuevo, pero con viejos conocidos, que hacen suponer que se replicarán escenas de otros tiempos. Pero, se sabe, la venda nunca vuelve al mismo lugar.

Tiene razón Martín Rodríguez: las convocatorias del 24 de marzo, en recordación del último golpe de Estado; y del 13 de abril, de apoyo a la presidenta CFK en Comodoro Py frente a la persecución judicial de Claudio Bonadio, fueron distintas a la movilización sindical del #29A. Fundamentalmente, en términos cualitativos, el debate por las cantidades que congregaron unas y otra aporta menos. Las dos primeras son puras, y siempre lo han sido: jamás Macri fue bien visto allí. Entre la asistencia a la última, en cambio, seguramente se podría haber encontrado parte del 51%.

Pero, cuidado: tampoco alcanzaría, para frenar la regresión puesta en marcha el 10 de diciembre de 2015, con el movimiento obrero organizado. A nadie se le escapa que hace rato la formalidad laboral es apenas un bello recuerdo de las épocas doradas del peronismo. El kirchnerismo duró porque supo representar a los desclasados, sumándolos al universo gremial que ya no alcanza para ganar elecciones –y sin el cual tampoco–; y empezó su camino de egreso, en buena medida, cuando perdió el favor de gran parte de quienes colmaron las inmediaciones del Monumento al Trabajo.

No hay mucho misterio, entonces: la ruta del retorno impone la reconstrucción de una costura que duró doce años. Y esto, independientemente de que Cristina Fernández pueda conducir o capitalizar el hipotético éxito de tal empresa. Se perdió frente a una alianza que se construyó con escombros del derrumbe de la propia. Se trata de construir otra, porque lo del gremialismo fue una denuncia por incumplimiento contra el pacto que llevó a Cambiemos al triunfo en 2015. Pasó que el menú de la gobernanza PRO cree que podrá funcionar despreciando a, por lo menos, los 17 puntos que se le sumaron entre la primera vuelta y el balotaje. Olvidando, encima, que enfrente tiene adversarios que, con todos sus defectos a cuestas, no le temen a la calle, con laque el oficialismo no cuenta.

Aquello que Federico Sturzenegger reveló risueñamente sintiéndose en confianza –que Jaime Durán Barba le aconsejó esconder, durante la fase electoral, lo que intentaría a la hora de gestionar, que total no habría problema con ello–, estaría teniendo serios problemas con la realidad.

Tiene razón Martín Rodríguez: las convocatorias del 24 de marzo y del 13 de abril fueron distintas a la movilización sindical del #29A. Las dos primeras son puras, y siempre lo han sido: jamás Macri fue bien visto allí. Entre la asistencia a la última, en cambio, seguramente se podría haber encontrado parte del 51%

El vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, escribió un documento de reflexión sobre el reciente traspié de Evo Morales en las urnas, cuya lectura remite directamente al proceso que aquí desembocó en Macri. El autor señala que, llegados al bienestar, los beneficiados por el gobierno del MAS reactualizaron sus demandas, que por ende se volvieron más complejas. Y reconoce que, frente a ello, la respuesta que dio su espacio fue deficiente, lo que permitió la cooptación de porciones de lo que otrora fue su electorado por adversarios que cosecharon sobre ese descontento, capturándolos para una propuesta antitética para con sus intereses. Más que al ardid conservador, conviene prestar atención a los dramas que el posneoliberalismo atraviesa para reinventarse.

El sindicalismo sabe de levantar la voz. Emigraron del kirchnerismo para ir a por más, y resulta que hoy se encuentran teniendo que frenar a la Argentina pre 2003, que se abre paso a golpes de shock y Mani Pulite. Éste no era el trato, gritan. El quiebre que respondió a la incapacidad/imposibilidad de Sintonía Fina puede sanarse ahora porque, de repente, la agenda ha pasado a ser otra: la inestabilidad laboralatenta contra sus bases de sustentación, la afiliación.

Bien podría atribuirse a CFK el mérito del puntapié inicial en cuanto al señalamiento del ex alcalde porteño como nuevo eje de acumulación política, a partir de la comparación con lo que ella dejó hace apenas cinco meses. Entre eso y el estallido del Panamá Papers que pone en crisis la cruzada moral, el peronismo no-FpV, que por temor a acusaciones de golpismo parecía dispuesto a convalidarle a Macri más de lo que éste puede razonablemente negociar y/o exigir, parece ir perdiéndole el temor a una oposición mucho más dura y frontal. La desorientación del jefe del Estado es tal que, no registrando estas novedades, y que ahora él es el actor protagónico, interpeló a Sergio Massa y a los disidentes del justicialismo, a propósito del proyecto de ley antidespidos votado por dos tercios del Senado, como si siguiéramos en 2015, cuando se construía a partir del antikirchnerismo.

Ese manotazo de voluntarismo olvida, por un lado, que la autoría de ese texto corresponde al senado nacional pampeano Daniel Lovera, alfil legislativo de Carlos Verna, quien se lleva a las patadas con Cristina Fernández desde que compartían recinto; que su aprobación fue transversal partidariamente y, lo más importante, que eso es la traducción de un malestar social profundo.

Jorge Asís escribió que, por carecer de agenda para los trabajadores, muchos de los cuales –vale la insistencia– lo votaron, Macri perderá vete o promulgue la iniciativa que protege el empleo (con esto último colisionaría con sus pilares del establishment empresarial). Ese laberinto se expresó en la única respuesta que logró dar al trámite parlamentario que lo acosa: ordenar a la titular del Senado, Gabriela Michetti, demorar la remisión a Diputados de la media sanción. No tiene remate.

Tal vez haya razones más estructurales para el mal momento que una comunicación deficiente.

* * *

Fre.Ci.Li.Na., Frente Cívico de Liberación Nacional. ¿Empalma esto con los planes de la presidenta CFK? Y en tal caso, ¿cómo? Ella se referencia, cuando habla de Frente Ciudadano, en el FreCiLiNa, Frente Cívico de Liberación Nacional, primera arquitectura que montó el general Juan Domingo Perón a su retorno al país en el año 1972. Sucesora de La Hora de Los Pueblos, que se formó todavía durante su exilio, se trataba en ambos casos de emprendimientos multipartidarios con los que la política buscó sumar fuerzas para condicionar a los gobiernos de facto de la Revolución Argentina, y presionar desde eso hacia una salida electoral. Aquella coyuntura demandaba matizar las fronteras que dibujaban entonces las divisiones representativas de la época.

Hay que salvar las distancias entre una dictadura y el gobierno democrático y constitucional de Macri. Pero la pugna social de entonces era idéntica a la actual: compatibilizar la edificación de un modelo excluyente, de minorías; con la democracia

Obviamente, hay que salvar las distancias entre una dictadura y el gobierno democrático y constitucional de Macri. Pero la pugna social de entonces era idéntica a la actual: compatibilizar la edificación de un modelo excluyente, de minorías; con la democracia. La incapacidad histórica de los sectores dominantes del país de plantear sus intereses por medios democráticos era la sabia de todo golpe de Estado. Han solucionado eso pero no la grieta que generan sus programas.

Conviene prestar atención al marco en que se discute el proyecto de ley antidespidos: el diario La Nación público el pasado 26 de abril un editorial sin firma en que reclama flexibilizar la legislación laboral –receta pretextada siempre en su presunta capacidad de crear empleo–, del que se hizo eco nada menos que el jefe de Gabinete amarillo, Marcos Peña, un par de horas después del acto de la CGT y la CTA, en notable ostentación de dotes de sentido de oportunidad.

La desregulación nunca sirvió para solucionar la desocupación; por el contrario, en general, ha coincidido con etapas recesivas, exclusiva causa de la destrucción de fuentes de trabajo.

Las coordenadas sociales están bosquejando lo que la política deberá encargarse de colorear.

The following two tabs change content below.

Abogado (UBA) // Twitter: @pabloDpapini

. Bookmark the

.

Búmeran — -Ex Post-

Publicado el 13 de abril de 2016.

Búmeran

Las sociedades offshore presidenciales, sorpresa inesperada para el accionar del aparato judicial-mediático paraoficialista.

2016 - 04 - 10

Por Claudio Scaletta

La situación económica se agrava cotidianamente sin que se vea la luz al final del túnel. La estanflación es un hecho. Los datos de la recaudación tributaria son una muestra potente de la caída de la actividad. La inflación está desatada y solamente se frenará en el mediano plazo vía su “estabilizador automático”: la profundización de la recesión. Ninguna de las promesas del equipo económico fue alcanzada. No entran capitales, no se consigue crédito externo más barato y no se recupera ninguno de los componentes de la demanda agregada, ni siquiera las exportaciones; afectadas duramente por su verdadero determinante: la demanda externa. O sea, ni los costos internos, ni el tipo de cambio competitivo, ni ninguna de esas creaciones imaginarias destinadas a transferir recursos sociales a los exportadores. Para peor, frente al déficit contable creado como consecuencia de la eliminación de ingresos y la caída del PIB, la administración macrista optó por reducir el gasto afectando especialmente a los sectores que destinan la mayor parte de sus ingresos al consumo, como por ejemplo los jubilados, a quienes se les recortó cobertura. Cuesta entender que tienen en la cabeza los hacedores de política PRO más allá de su impericia técnica, descoordinación e ideologismo desenfrenado.

Como todo sale mal, pero la cobertura mediática no presenta fisuras — la derogación por decreto de la ley de medios fue convalidada por un Congreso oficialista — se desató un festival informativo sobre presuntos casos de corrupción del gobierno anterior con especial énfasis en el lavado de activos. Pero ocurrió con tanta mala suerte, que justo se yuxtapuso al escándalo mundial por la filtración masiva de documentos sobre la creación de empresas offshore, firmas principalmente utilizadas para eludir al fisco y lavar activos; uno de los orígenes de las ingentes masas de dinero negro que cotidianamente alimentan las finanzas globales. Grande debe haber sido la zozobra del “periodismo de investigación”, abocado durante años a la búsqueda de la imaginaria “ruta del dinero K”, al encontrar allí nada menos que a Mauricio Macri y, en cambio, ningún apellido Kirchner. Cualquiera que conozca la trayectoria del ingeniero no debería sorprenderse. No es la primera vez que se lo involucra con firmas offshore. Ya había sucedido en el proceso por contrabando que involucró a la ex automotriz Sevel. La trama de negocios y secuaces nace en el grupo SOCMA (Sociedades Macri) y se prolonga a Boca Juniors, el Ejecutivo porteño y ahora el nacional. Los nombres locales de los Panamá Papers no podrían ser más explícitos.

Ampliando el panorama, y para no cargar las tintas en el oficialismo, para la idiosincrasia del gran empresario, argentino y del mundo, este modus operandi es un clásico que no amerita desprestigio entre pares, sino virtud. Si hasta la firma insignia de la industria local, la multinacional italiana Techint, es controlada sin provocar escándalo por matrices en la guarida fiscal de Luxemburgo. Cualquiera sea el resultado final de los sucesos desatados esta semana, que ya cuentan al hijo de Franco como imputado, todo indica que el macrismo y sus gendarmes periodísticos fueron por lana y, azares del azar, salieron trasquilados. Al nuevo bloque hegemónico no parece quedarle más alternativa que continuar subiendo la apuesta. La pelea está apenas en sus primeros rounds y Argentina no es Islandia.

Pero si bien el superajuste recesivo que intenta ser tapado por la parafernalia mediática, con derrape venido de afuera incluido, es una secuencia evidente, centrar el debate político en las tramas de corrupción personal es, ayer y hoy, la mejor manera de no hablar de política. No significa que la corrupción de los funcionarios públicos deba ignorarse, mucho menos si llega a la cúspide del Poder Ejecutivo, sino de advertir que el énfasis en lo personal tapa una corrupción mucho más grave macroeconómicamente, esa que puede denominarse estructural y que resulta inherente a las decisiones políticas de los poderes del Estado, como puede ser el endeudar por generaciones o legislar contra las mayorías.

Los funcionarios venales, el piove, governo ladro, existen desde el principio de la historia. Para no recaer en el honestismo desde la vereda de enfrente, o en el doble estándar, resulta útil repasar el surgimiento de la corrupción como eje del discurso político, lo que supone comenzar mucho más acá en el tiempo. El discurso anticorrupción creció luego del fracaso de las políticas neoliberales reseñadas por el Consenso de Washington, primero, y para atacar a gobiernos populares, después. En el primer caso fue explicativo, en el segundo una estrategia de lucha política.

Con el paso de los años las políticas neoliberales aplicadas en América Latina en los ’90, y sintetizadas por la tríada apertura, desregulación y privatizaciones, no cumplieron sus promesas. Tras el período inicial de enriquecimiento capitalista el excedente generado no derramó a los trabajadores vía aumento del empleo y los salarios. Por el contrario, se generó recesión y desempleo. El discurso dominante, entonces, comenzó a decir que el problema no residía en la naturaleza de las políticas, sino en que se habían aplicado mal. Las críticas eran dos. O no se había ido lo suficientemente a fondo, siempre es posible sacrificarse un poco más, o los funcionarios que las condujeron habían sido venales. En el caso local el ejemplo triste fue el honestismo mediático que arreció sobre el final del menemismo y condujo al gobierno de la Alianza. No se discutió política. No se criticó al menemismo por la corrupción estructural de sus políticas de mega endeudamiento y enajenación del patrimonio público, sino por la corrupción de algunos de sus funcionarios, lo que desembocó en un nuevo gobierno neoliberal que presuntamente sería honesto.

Luego de sus sonados fracasos, los regímenes neoliberales latinoamericanos fueron reemplazados en las principales economías por gobiernos populares. El discurso anticorrupción volvió a actuar de la misma manera, pero en sentido contrario. Las políticas redistributivas en favor de los trabajadores que caracterizan la década “populista” de 2000 fueron atacadas no en sus propios términos, sino por la presunta corrupción en su aplicación. El proceso fue exitoso y la prédica constante de los medios hegemónicos logró el objetivo de correr el eje de prioridades del debate político.

Hoy la tentación de castigar al oficialismo por la incoherencia entre sus proclamas honestistas y la evidencia de su acción en contrario en la vida privada es muy grande, más cuando su discurso se volvió un búmeran, pero con ello se seguirá corriendo el eje del debate político. El origen estatal de la fortuna de Macri y el modus operandi de la clase capitalista local no son datos nuevos. Nadie debería fingir que se desayunó con los Panamá Papers. El problema con la Alianza PRO no es que Macri sea Macri, sino el innecesario ajuste macroeconómico que en pocos meses ya provoca sufrimiento social y cuyas secuelas llevará mucho tiempo reparar.

© Página|12

Frente ciudadano

Publicado el 13 de abril de 2016.

Minutos después del discurso que marcó un cambio en la agenda del debate político, el antropólogo Alejandro Grimson analiza el discurso de la ex presidenta. Cristina Kirchner pidió armar la mayor articulación imaginable: un frente ciudadano. Fue directa, mandó a no diferenciar entre K y anti K. "Simplemente pregúntenle a la gente —dijo— ¿Usted está mejor o peor que hace cuatro meses?".

Cuatro meses se mantuvo en silencio la oradora más impresionante de la historia argentina. La que reúne tantas emociones, amores y odios como sólo supo reunir Evita. Aunque algunos simpatizantes o cuadros de su fuerza la criticaron en voz baja, ella explicó frente a Comodoro Py que el silencio fue su modo activo de respetar la voluntad popular. También sostuvo que los primeros que deberían respetar esa voluntad son justamente quienes resultaron electos.

Después de esos meses de silencio, había muchas preguntas sin responder.

¿Cómo regresaría Cristina? ¿Cuál Cristina volvería? Claro que muchos creen que las figuras políticas son siempre iguales a sí mismas. En ese caso, no vale la pena seguir leyendo, porque en realidad la política es dinámica, compleja y contradictoria. Y Cristina, como otros líderes políticos, es justamente dinámica, compleja y contradictoria.

En su discurso, propuso ante los asistentes una línea política clara y precisa. No fue la unión de los peronistas, no fue en absoluto un kirchnerismo emocional, sino la construcción de un frente cívico. Resulta imposible imaginar una formulación más amplia. Según ella, no importa de qué partido provenga cada uno, no tiene importancia a quién haya votado. Sólo importa que responda esta pregunta: ¿Usted está mejor o peor que hace cuatro meses? Explicitó que a ella no sólo le preocupa el 49% de argentinos que votó a la oposición, también el 51% son parte de su preocupación política.

“Convoquen a los dirigentes sindicales también”, afirmó explicitando que se trata de olvidar viejos rencores. “La palabra traición es una palabra fuerte” previno e insistió: “No vine acá para dividir a los argentinos”. Ante el veloz agravamiento de la situación social sostuvo: “Necesitamos ese frente ciudadano, organizado, participativo”. Y a renglón seguido, conocedora de las internas clásicas, pidió evitar discusiones sobre dónde reunirse y cuestiones por el estilo.

Cuando algunos asistentes comenzaron a insultar a los más renombrados opositores que no son kirchneristas, Cristina Kirchner respondió: “Así no van a convencer a nadie”. En esa misma línea insistió en pedirle a sus adherentes y militantes que no se peleen con otros argentinos porque hayan votado a otros partidos o porque tengan opiniones diferentes. La inflación no distingue entre K y antiK. Una razón sencilla para buscar la unidad.

La insistencia en su discurso acerca de esta idea de frente ciudadano, plantea la pregunta de si acaso ella percibía que no se entendía bien el mensaje que quería dar.

Grimson_Cris_imputada_portyap

Cambió la agenda del debate. Su propuesta generará una amplia discusión en la oposición. Además, planteó que el eje político de dicho frente es la lucha por la libertad. La libertad es, tal como la propuso, también una lucha por derechos democráticos, laborales y sociales en general. No puede haber libertad con despidos, con miseria, con agravamiento de la situación social.

Cabe preguntarse si esa orientación política será asumida rápidamente por todo el kirchnerismo y si podrá mantenerse en el tiempo. ¿De dónde proviene esta duda? Durante el segundo mandato de Cristina se fue desdibujando la vocación de construcción hegemónica y los discursos fueron cada vez más dirigidos al tercio de argentinos que más apoyaron al gobierno, perdiendo el diálogo con el tercio de indecisos. El diálogo, al igual que la construcción de mayorías, requiere necesariamente de escuchar, de aceptar críticas, de no apresurarse a acusar de tibieza o traición.

En la coyuntura política actual, la oposición al gobierno tiene sólo tres posibles estrategias, como señalamos en un artículo con Gerardo Adrogué. Una es la negociación con el gobierno nacional en procura de gobernabilidad de las provincias o municipios. Aunque en democracia siempre es necesario dialogar y negociar, esta primera estrategia es pobre cuando se reduce a un acuerdismo que renuncia a la construcción de una alternativa política de mediano plazo. La segunda estrategia, que habrá que ver si no fue deshechada hoy por Cristina Kirchner, consiste en radicalizar una identidad kirchnerista pura basada en la defensa cerrada de los doce años de gobierno. El problema principal de esta línea es que fortalece la fragmentación de la oposición, uno de los principales capitales políticos del oficialismo.

La tercera estrategia implica un cambio relevante: buscar articular heterogeneidades en defensa de derechos económicos, sociales y políticos. Implica construir una oposición sólida, que no cae en una unidad vacía, porque justamente se hace alrededor de la defensa de derechos y de conquistas. Se trata de una oposición diversa donde ninguna de las identidades o agrupaciones tiene prevalencia absoluta sobre las otras, porque prioriza la unidad contra el neoliberalismo a una política de identidad. Hoy Cristina Kirchner planteó una opción clara en procura de la mayor articulación imaginable: un frente ciudadano. Habrá que ver si la diversidad de dirigentes opositores está a la altura del llamado y si quieren, saben y pueden llevarlo a cabo. Las rápidas deserciones de algunos no debería interpretarse como un fracaso: la articulación de heterogeneidades no es sólo una convocatoria a dirigentes, debe ser una convocatoria a que todos los ciudadanos afectados por el ajuste coloquen por un tiempo en segundo plano sus propias banderas partidarias para poder estar a la altura de defender los intereses de las grandes mayorías de argentinos.

Honestismo

Publicado el 9 de abril de 2016.

A ver alumnos, repitan conmigo: Robar está mal. Siempre está mal, no a veces. No está mal porque es delito, aunque esto efectivamente ayude a que lo valoremos negativamente. Está mal y punto.

Hace algunos años se inauguró en Argentina un debate que me parece total y absolutamente inverosímil. Muchos han empezado a cuestionar si la honestidad es o debería ser valor importante o trascendente en nuestra sociedad. Comenzamos a escuchar hablar de algo llamado ‘honestismo” como modo de criticar a los que consideramos que la integridad de los dirigentes es una característica fundamental a la hora de elegirlos para que ocupen distintos cargos de relevancia.

De la recuperación de la democracia en 1983 para acá, el deterioro institucional de Argentina ha sido enorme. Ese deterioro ha sido acompañado por la calidad de dirigencia que nos ha tocado observar en todos los ámbitos.

Y remarco esto último, todos los ámbitos. Así como los argentinos tenemos una enorme facilidad para echarle la culpa de casi todo lo malo que sucede a otros, también hemos adquirido una gran pericia para excluirnos de los grupos a los que criticamos. Es así que quien no hace política culpa a los políticos, el que hace política culpa a los “poderes fácticos”, a los medios o a otros partidos políticos, otros que jamás emprendieron nada culpan a los empresarios y así sucesivamente.

Es fundamental que esto quede claro. La culpa de la debacle argentina no es sólo de los políticos. Es de los empresarios, los sindicalistas, los medios, los deportistas, los docentes…. Es culpa de todos. Todos hemos aportado nuestro granito de arena para que nos vaya pésimo. De hecho creo que es un milagro que no nos vaya aún peor.

Está claro que a la hora de asignar responsabilidades no todo es lo mismo. Si fuiste líder durante años de un proceso político no tenés la misma responsabilidad que el que sólo lo votó y después miró para el costado mientras esos a los que votó se llevaban dineros públicos a su casa en carretillas.

Todos hemos aportado nuestro granito de arena para que nos vaya pésimo. De hecho creo que es un milagro que no nos vaya aún peor.

En todo hay niveles y grados, pero esos niveles y grados no nos eximen de responsabilidad. Corrupción no sólo es robar con la obra pública, también es coimear a un policía que nos quiere hacer una multa. Entiendo que sea incómodo, pero tenemos que hacernos cargo y obviamente vale recordar que para que se termine de configurar un hecho de corrupción (el que fuere) hacen falta dos o más partes en prácticamente todos los casos.

Esta semana surgió el nuevo escándalo de los Panamá Papers. No es un escándalo local, hablamos de algo con repercusión mundial. Y con estas revelaciones, el tema retoma protagonismo y se dispara esa Argentina del doble standard a la que estamos acostumbrados. Los que se sentían escandalizados por las escalas en Seychelles, no encontraban algo tan dramático en los Panamá Papers y viceversa. Lo cierto es que, seamos buenos y sinceros, aunque tener sociedades off shore no configure delito alguno en sí mismo, todos sabemos que normalmente ese tipo de sociedades se suelen crear como mínimo para evadir impuestos y como máximo para lavar dinero. Está claro, en cualquier caso, que no sabemos a qué efectos fueron creadas las sociedades de las que venimos hablando estos días.

¿Cuál es mi nivel de esperanzas en cuanto a saber para qué eran las sociedades en las que el presidente era director o aquéllas en las que la ex presidenta está supuestamente implicada? Cero. No hay más que ver las estadísticas de cantidad de condenas por casos de corrupción en Argentina. La regla es la impunidad por más Lázaros o Jaimes que nos hagan ilusionar un poco.

Resta intentar entender porque vivimos en esta situación de impunidad, y creo que la explicación de esta compleja realidad es, sin embargo, bastante simple. El sistema de premios y castigos en Argentina está quebrado, no funciona, no sirve. Hay que darlo vuelta como una media.

Los países en los que se cumple con las normas como regla no están compuestos por gente buena y simpática que ama acatar la ley. Simplemente tienen un sistema que castiga al que no la cumple. El ejemplo más simple que se me ocurre es el de los impuestos. En los países que funcionan, si uno no paga los impuestos, seguramente será fuertemente multado y muy probablemente imputado por la comisión del delito de evasión impositiva que hasta lo puede llevar tras las rejas. En los países como Argentina, quien no paga los impuestos sabe que, más temprano que tarde, tendrá alguna moratoria que le permitirá ponerse al día pagando intereses marginales que no le generarán perjuicio alguno. Conclusión: ¿para qué voy a pagar si total no sólo no se premia al que paga sino que se beneficia justamente al que no lo hace? Como este caso hay muchos más. Y es dramático.

 El sistema de premios y castigos en Argentina está quebrado, no funciona, no sirve. Hay que darlo vuelta como una media.

 

Quedan entonces algunas reflexiones finales. Es realmente notable cómo le exigimos a la dirigencia estándares que nosotros mismos no estamos en muchos casos dispuestos a alcanzar ¿Está bien que esto suceda? No lo tengo del todo claro pero tiendo a pensar que en parte sí. Por eso justamente los elegimos como dirigentes.

Otra supina pavada que estuvo dando vueltas estos días es aquélla que afirma que los que tienen dinero son más confiables para ocupar cargos públicos porque no necesitan robar. Pocas veces he escuchado una estupidez tan grande.

Les ruego, nos ruego, que no adoptemos como válidas afirmaciones como el “roban pero hacen” o esa alternativa nueva de los que te explican que no es tan malo que alguien haya robado porque dejó muchas obras o legados para los que menos tienen ¿Qué? ¿Estamos todos locos? No me importa que haya conseguido la paz mundial, si lo hizo robando debe pagar por lo que hizo. Siempre. Menos aún esa otra variante que justifica cosas explicando que los otros eran peores. Impresentable.

El día que demos definitivamente por perdida esta batalla habremos perdido la guerra. Está claro que con la honestidad sola no alcanza, pero debe ser una premisa indispensable a la que debemos aspirar para nuestra dirigencia.

Economía :: Las no políticas públicas

Publicado el 1ro de abril de 2016.

Durante la campaña electoral, pero también en el primer tramo del gobierno, el mensaje de los funcionarios de la alianza Cambiemos y del propio Mauricio Macri insistieron en que no se darían de baja políticas sociales y programas en marcha destinados a garantizar derechos de la ciudadanía. Los hechos desmienten categóricamente los dichos de los funcionarios y del hoy Presidente.

No obstante, bueno es admitirlo, hay una parte de verdad en las afirmaciones del oficialismo. No hay anuncios formales que den por terminados y de baja las políticas públicas o los programas. Esto es incuestionable. El Gobierno decidió no correr el doble costo político de desdecirse, por un lado, y dar explicaciones, por el otro. Simplemente procede. Ocurre que esas políticas públicas y sus programas han sido privados de recursos, están desfinanciados y son afectados por los despidos de trabajadores del Estado. Para agravar la situación muchos de los empleados estatales que permanecen en sus cargos no reciben lineamientos de sus nuevos superiores ni tampoco se les asignan tareas. La mayoría de ellos viven atemorizados porque, en esta situación, corren el serio riesgo de ser acusados de “ñoquis” y luego despedidos por ese mismo motivo. Mientras se despide a miles, con el argumento de la calificación técnica y profesional simultáneamente se contrata a pocos nuevos agentes pero con más altos salarios o directamente a equipos de consultoras privadas.

Carlos Vilas, uno de los más notables analistas políticos argentinos y de América Latina, escribió en 1997 que “neoliberalismo es un término genérico que refiere a diversas variantes de aplicación de la teoría neoclásica”. Y agregaba al respecto que “en esa teoría no se contempla un lugar particular para la política social ni para la política económica –salvo esta en un momento inicial de la aplicación del modelo–, ya que una y otra constituyen intervenciones del estado en el mercado y plantean, según este enfoque teórico, distorsiones en su funcionamiento”. Porque “la libre operación del mercado garantiza en el largo plazo la asignación racional de los recursos, los desequilibrios son producto de elementos ajenos a él. El principal de estos es la intervención del estado motivada por criterios políticos, ideológicos, en general no económicos. Solo acepta la intervención estatal encaminada a restablecer el juego libre del mercado, pero aún así con recelo” porque “éste (el mercado) tiene mecanismos autorreguladores que son suficientes para recuperar el equilibrio” (revista Desarrollo Económico vol. 36, no. 114, enero-marzo 1997).

Casi veinte años después el párrafo anterior contiene la mayor parte de las justificaciones teóricas y políticas de la propuesta que viene implementando Cambiemos.

Dentro de ese escenario no caben las políticas sociales, ni como recurso económico ni como herramienta de gobernabilidad. Las políticas sociales, que en democracia se entienden como parte integral de la gestión de gobierno para garantizar derechos ciudadanos, desde la perspectiva neoliberal son leídas como fuente de gasto y no como inversión social. Es lógico, en consecuencia, que dentro de la política de ajuste fiscal que se viene aplicando no haya recursos para políticas sociales y los programas correspondientes.

Se puede abundar en ejemplos. El más contundente es, sin duda, el despido de agentes del Estado. No es que no se los necesite o que no tengan tareas. Lo que ocurre es que el Estado que proyecta el macrismo, ese que paulatinamente va dejando sin efecto o reduciendo a su mínima expresión las políticas públicas, requiere de muchos menos agentes. No importa si se trata de las políticas de desarrollo energético en programas tales como la central de Atucha, el plan “Remediar” para proveer de medicamentos a los sectores más pobres, el “Progresar”, el “Conectar igualdad” o los planes de vivienda. Lo concreto es que el Estado decide desentenderse de estas responsabilidades.

Existen por lo menos dos razones fundamentales, entre otras, para adoptar esta posición.

La primera, como queda en claro en el texto de Vilas citado antes, es que se entiende que el Estado no debe intervenir dado que el mercado es “sabio” por sí mismo y puede alcanzar la autorregulación. No hay consideraciones sobre la efectiva desigualdad de oportunidades entre los actores y las inequitativas relaciones de poder –de todo tipo– que atraviesan a la sociedad.

Apoyado en el mismo argumento se dirá que cualquier intervención del Estado, por ejemplo para promover fuentes de trabajo mediante aportes de fondos del tesoro nacional destinados a disminuir los desequilibrios incentivando el fortalecimiento de nuevos actores en el escenario económico, supone una intromisión estatal impropia sobre el mercado dado que puede afectar los intereses del capital privado. No se sostiene lo mismo cuando se orientan fondos estatales para subsidiar la actividad lucrativa del capital privado.

La segunda referencia tiene que ver directamente con la manera que el neoliberalismo tiene de entender las políticas públicas. Antes que una acción para garantizar derechos sociales y ciudadanos, se trata de iniciativas que el Estado toma subsidiariamente, es decir, de manera excepcional y para suplir carencias, limitaciones o problemas ocasionales de determinados sectores y actores. Donde el mercado no llega, el Estado tiene que acudir en auxilio.

Visto de esta manera la política pública puede ser entendida como una acción caritativa y benevolente del Estado y quienes lo gestionan. No hay reconocimiento de derecho, sino la verificación de un problema o de una dificultad. Frente al derecho hay obligaciones y compromisos ineludibles. Ante un problema o una dificultad existe discrecionalidad para atenderlo o no, de acuerdo no solo a criterios políticos, sino a otras muchas razones que se pueden argumentar, incluso la falta de recursos o de partidas presupuestarias. Así la “tarifa social” se asemeja más a una limosna que al reconocimiento de un derecho.

Y dado que se trata de demandas circunstanciales, eventuales o focalizadas, no vale la pena sostener un aparato estatal permanente. Cuando se necesite (que puede ser siempre) se contrata en el mercado y al valor de mercado, en el marco de la competencia que, dicen, siempre mejora la calidad de la oferta.

El Estado macrista es un Estado de las no políticas sociales. Sin anuncios sobre la caída de las políticas públicas destinadas a restituir derechos, pero con prácticas que apuntan sistemáticamente al vaciamiento del Estado y al traslado paulatino de muchas de sus funciones a manos privadas... a precio de mercado.

El capitalismo cambia la piel

Publicado el 26 de febrero de 2016.

El capitalismo aún no logra traducir su ascendiente económico en un modelo comunicacional que le permita proyectar su hegemonía en la cultura interactiva. La política aún no rompió la lógica de emisor-receptor que organizaba la antigua matriz comunicacional. En Twitter, el jefe de Gabinete Marcos Peña tiene 218 mil seguidores y sólo sigue a 284 personas. Ocurre lo mismo con Cristina Kirchner, Obama y el Papa Francisco (que sólo se sigue a sí mismo en ocho idiomas). Para el investigador de la UNSAM Fernando Peirone quien logre decodificar la cosmovisión emergente tendrá un rol decisorio en la reconfiguración de un nuevo diagrama de poder.

La hegemonía cultural sobre la que descansa el dominio neoliberal se remonta a fines de los años sesenta, cuando el capitalismo logró sobreponerse al último gran embate en su contra. En aquel momento la fortaleza del bloque comunista, las críticas de la iglesia social, las insurrecciones nacionales, las levantinas estudiantiles, junto a la ofensiva de los movimientos sociales, pacifistas, y contraculturales parecían asfixiarlo. Y en verdad lo hicieron trastabillar, pero de ningún modo caer. Como ocurre con las serpientes en los períodos de transformación, el capitalismo asimiló las críticas y cambió completamente la piel. Redefinió su estrategia, modificó su imagen, y junto a una renovación cosmética de los aspectos que más lo desprestigiaban, comenzó a desarrollar las operaciones tecno-políticas que restablecerían su dominio: sofocamiento militar de las insurrecciones, reconocimiento de las exigencias sectoriales de autonomía, reformulación de la gestión empresaria, guerras no declaradas, promoción de un falso multiculturalismo, división global del trabajo, exaltación del emprendedurismo, flexibilización laboral. En poco más de una década, con el sindicalismo desorientado, las resistencias desarticuladas, las guerrillas corrompidas o aplastadas, y el acompañamiento de la iglesia (que también necesitaba el debilitamiento del poder soviético), el capitalismo no sólo recobra su poder y consigue una dominación técnica de los fenómenos sociales, sino que inaugura una etapa superior del capitalismo. Esta metamorfosis que Boltanski y Chiapello llaman “el nuevo espíritu del capitalismo”, es la que abriría el camino a la financiarización de la economía y a un poder omnímodo, desterritorializado, sin leyes, sin límites, sin legitimidad, sin representación, y contralor de los organismos internacionales; y por eso mismo, capaz de instrumentalizar la política, de subordinar a los estados nacionales, y de establecer las reglas de juego.

La contraparte necesaria de una conquista global tan importante, que contemplaba la concentración exponencial de la riqueza, con una transferencia masiva de los tesoros públicos a manos privadas —como lo demuestra Thomas Piketty en El capital en el siglo XXI—, era la recuperación y consolidación de su hegemonía cultural. Pero para cubrir eficientemente un escenario tan abarcador, había que dar un salto en la estructura comunicativa y en el concepto de la comunicación. El salto en la estructura se produce con los mass media y la formación de grupos mediáticos, consumado por grandes conglomerados empresariales que comenzaron a acumular medios al mismo ritmo que incrementaban sus riquezas. El salto conceptual —en términos de McLuhan— se produce cuando deciden utilizar a estos medios, y no otros, para asegurar el carácter de sus mensajes; porque esos medios, en tanto que emisarios de su idea del mundo, pueden convertir cualquier mensaje, aún el más antagónico, en una expresión del status quo[1]. Surge así un dispositivo global que instrumentaliza la comunicación y le da una homogeneidad discursiva sin antecedentes. Megacorporaciones mediáticas que con su enorme poderío económico logran conformar un ejército internacional de almas solícitas (anche profesionales), adiestrado y organizado, tanto sea para crear la “necesidad” de gobiernos recesivos, como para naturalizar la desigualdad, silenciar las protestas, difamar las alternativas emergentes, desideologizar el neoliberalismo, disuadir la participación, uniformar los criterios de consumo, promover el entretenimiento vacuo, y homologar a la política con la corrupción[2]. Pero por sobre todas las cosas, para ocultar el poder real que desde las sombras afianza su poderío y profundiza la desigualdad gracias al debilitamiento de los gobiernos democráticos —siempre cambiantes, siempre sujetos a la voluntad popular y siempre condicionados por su poder de lobby, al punto de convertir a las socialdemocracias europeas en sus aliadas.

La naturalización de ese nuevo orden mundial y de ese “relato único”, que pone sistemáticamente a la política bajo sospecha —en tanto que componente pragmático e interactivo, capaz de generar valor y fortalecer el juego democrático—, se fue convirtiendo en una usina de significaciones y valoraciones que actúan sobre el sentido común; en una matriz interpretativa sin fisuras ni oposiciones perdurables; en una fábrica de sujetos adocenados y dependientes.

Hegemonía y sentido común

El carácter subrepticio de las codificaciones que organizan el sentido común funcionan como una colonización impersonal en el interior de los individuos[3], condicionando sus reflejos y permitiendo a los poderes establecidos contar con una base de aprobación fundamental para cada una de sus acciones. A partir de lo cual, toda interpelación a las posiciones dominantes se convierte en una oposición a la normalidad; y toda voz disidente con pretensiones de validez, en una tarea ciclópea que primero debe quebrar el consenso general (con las resistencias y los costos que esto conlleva) para recién entonces poder presentar y abrir otra perspectiva. Eso es la hegemonía cultural, una forma imperceptible de legitimar lo instituido, una construcción histórica y seriada de la subjetividad, una poderosa máquina de sentido que trasciende las clases sociales y puede convencernos sobre los beneficios —incluso— de aquello que nos perjudica. Pero a pesar de su innegable efectividad, en los últimos años este portentoso generador de consenso ha comenzado a defeccionar.

La sociedad mediatizada está montada sobre un instrumental que, conforme avanza el siglo XXI, va perdiendo capacidad de sujeción y, consecuentemente, funcionalidad. Por una razón factual e indetenible: requiere audiencias pasivas, predispuestas para incorporar información metabolizada, muy lejos de la “auto-comunicación de masas”[4] que en la actualidad tiende a capturar, producir, remixar y compartir la información sin la intermediación ni la legitimación que ejercieron los medios clásicos durante el siglo XX. Digamos que si la sociedad de masas tuvo su modelo de comunicación más representativo en los mass media; la sociedad conexionista ha comenzado a esbozarlo en la comunicación interactiva. Las connotaciones de estos dos modelos, claro está, son radicalmente diferentes. El primero está compuesto por un grupo de empresas que emiten mensajes unipolares y monolíticos para un público pasivo; el segundo, es una red multipolar y transversal compuesta por usuarios que multiplican las potencialidades de ese tejido con fines diversos, incluso políticos (sin que esto niegue el poder de los monopolios en la red ni la idealización de una horizontalidad que en general es más voluntarista que real).

Hoy no podemos saber por cuánto tiempo el capitalismo podrá sostener su hegemonía sobre un andamiaje mediático en decadencia[5]. Tampoco si logrará trasladar ese dominio a las plataformas interactivas —como ya intenta hacerlo—, o si su hegemonía terminará siendo desplazada por una nueva. Sin embargo tenemos indicios ciertos para pensar que la auto-comunicación de masas y la lógica interactiva son algo más que una mera alteridad en el sistema-mundo: 1] el entrecruzamiento de círculos sociales heterogéneos le otorga presencia a un mundo invisibilizado y negado; 2] la trama de significaciones inter-personales está generando un pensamiento social renovado; 3 ] la capacidad de agenciamiento ha refinado las destrezas y las estrategias para alcanzar metas comunes. Son las condiciones de posibilidad de un nuevo poder colectivo, la morfología de una incipiente contra-hegemonía, cuyo alcance y derivaciones no podemos aventurar, pero que tampoco sería prudente desestimar

Analizar el entramado de desclasificaciones y resignificaciones culturales con visos contra-hegemónicos nos llevaría más espacio del que disponemos en este artículo, pero podemos tomar un ejemplo cercano, que nos permita verificar oportunidades y dificultades a partir de nuestra propia experiencia. En este sentido, los llamados neo-populismos latinoamericanos conforman una de las oposiciones mejor logradas, más estigmatizadas por los medios hegemónicos, y más ricas de esta emergencia global, tanto por lo que ofrecen sus aciertos —no exentos de una renovado sustento teórico— como por lo que aportan sus derivas y sus traspiés. Particularmente el kirchnerismo, por la magnitud simbólica de su cruzada internacional contra los fondos buitres.

Hegemonía y populismo

 

El kirchnerismo, fiel a un estilo pero con sagacidad, estableció su antagonismo contra los personeros del capital financiero especulativo, tanto en el frente interno como en el frente externo. Hasta entonces, las voces opositoras, representadas fundamentalmente por las contra-cumbres, los movimientos autonomistas y las impugnaciones de Chávez en Venezuela —más declamativas que efectivas—, no habían conseguido ingresar en la agenda de los organismos internacionales. El kirchnerismo, en cambio, convirtió la herencia económica, la IV Cumbre de las Américas, las disputas por el Banco Central, su participación en el UNASUR, y el conflicto con los fondos buitres, en una sumatoria de acciones políticas contra el supra-poder financiero que culminarían con la ejemplificadora y masiva aprobación en la ONU de un proyecto que protege los acuerdos de reestructuración de deudas dándole carácter soberano[6]. En otras palabras: enfrentó y expuso el orden global que desde hace décadas subsume a los estados nacionales y se mantiene al margen de toda regulación. No vamos a analizar aquí los costos y los beneficios de esta decisión política, porque sería ingresar en las pasiones de un presente todavía candente. Pero podemos detenernos brevemente en un aspecto clave de esta operación política: su comunicación.

Aún cuando se trataba de una reivindicación justa y necesaria en defensa de las soberanías nacionales, la acción comunicativa que acompañó la estrategia argumentativa y propositiva del kirchnerismo contra los fondos buitres se edificó sobre cimientos comunicativos prestados; más aún: contrapuestos a la voluntad trasformadora y reivindicativa de la soberanía económica y política que la impulsaba. Pues, si bien es cierto que el kirchnerismo fomentó la conectividad y la inclusión digital de un modo elocuente (aunque también desordenado e improvisado por su carácter inaugural), no menos cierto es que estuvo lejos, tanto de aprovechar el potencial social de ese impulso innovador, para traducirlo en una instancia de interacción representativa con gravitación política; como de consolidar una alternativa comunicacional que vaya más allá del necesario pero insuficiente antagonismo que planteó en los medios tradicionales. Esto se puede observar en la colosal energía que se invirtió en la llamada Ley de Medios[7], para democratizar la antigua ley de Radiodifusión de la dictadura y regular el abuso de posición dominante que perpetraban (y perpetran) las corporaciones mediáticas. Decisión que desde luego se justifica por la necesidad que tiene el pueblo argentino de limitar esa suerte de gobierno paralelo que con recursos, influencias y capacidad extorsiva aún logra imponer sus intereses económicos por sobre los de la nación. Pero convengamos que ese esfuerzo —reitero, justificado— fue en detrimento de la vigencia y promoción de una ley de TICs e internet, al estilo del proyecto participativo que Brasil llevó adelante con el “Marco Civil de Internet”[8]. La ley “Argentina Digital”, sin ir más lejos, llegó en diciembre de 2014, tarde, transigida y de manera compulsiva, sin el respaldo ni la fuerza necesarios para legitimarla y consolidarla socialmente, de acuerdo a su valor estratégico, económico, político, científico, educativo, participativo[9]. Dicho de otro modo, en un escenario regional favorable el kirchnerismo construyó una experiencia contrahegemónica potente y multiplicadora, pero la transmitió desde una matriz comunicacional ajena, que boicoteó sus pretensiones de validez. Omitió 1] que los medios concentrados, concebidos para emitir juicios sin feedback ni interacción, podían instalar versiones adversativas como si fueran datos de la realidad, con un poder de erosión y consenso a largo plazo que fue desestimado[10]; 2] que en ese modelo naturalizado —Argentina Debate incluido— la reiteración de consignas es más efectiva que las argumentaciones y los tiempos que requiere la política; 3] que el formato de la comunicación dominante está pensada para su decir, y que en ese molde cualquier otra forma de decir, hace ruido, aburre, confronta, agravia, divide, y por lo tanto se puede menoscabar o difamar fácilmente. Por eso, el significante vacío “cambiemos” —un recurso rentable del conservadurismo internacional— les fue tan propicio y terminó consagrando al stablischment en detrimento de las conquistas conseguidas a lo largo del peliagudo proceso de cambio real que se llevó a cabo en la última década. Por eso, hoy, a pesar de la ostensible inequidad de las medidas económicas que lleva adelante Cambiemos, de la impúdica transferencia de ingresos a los sectores concentrados, del premeditado atropello a los derechos conquistados, y de la omisión facciosa de los poderes judicial y legislativo, la imagen de Macri no ha caído de acuerdo a las lesiones que produce. Por eso, en definitiva, puede seguir ponderando el libre mercado, una utopía capitalista probadamente fracasada que no deja de producir desigualdad y desgracias, en detrimento de la regulación del Estado. Esa ajustada sintonía transnacional, es la que hace que muchos votantes de Podemos, a pesar de la evidente confluencia de intereses, vean en Cristina Kirchner a una dictadora en lugar de una aliada; mientras en España los asocian con los satanizados Irán, Venezuela y ETA.

Contrahegemonía y tiempo de descuento

La cultura hegemónica define el patrón narrativo dominante. Es la manera de inscribir sus valores y asegurar su continuidad en el modo que se relata el mundo; peor aún: en el modo que nos relatamos a nosotros mismos. Ahora bien, como decía más arriba, la creciente complejización tecno-social puso de manifiesto las dificultades que la cultura hegemónica tiene para administrar la interacción no mediada. ¿Eso quiere decir que ha perdido su poder o que disminuyeron sus resultados? Evidentemente no, aunque tampoco les pasa inadvertido que su costoso aparato comunicacional se ha vuelto caduco y que las proyecciones no lo benefician.

Pero como he intentado exponer a lo largo de este trabajo, el neoliberalismo no es el único que necesita una renovación del modelo comunicacional. La situación, enmarcada en un cambio de época que por su dimensión e implicancias no tiene antecedentes[1], también apremia al campo popular que se ve compelido a abandonar un formato comunicacional y un patrón narrativo contrarios a sus intereses, que además está vencido. Lo cual, en cierto modo, pone a las partes en un pie de igualdad frente al futuro común. No sólo por la necesidad compartida de renovar el modelo comunicacional, sino porque en el tránsito que atraviesa nuestra época hacia un nuevo diagrama de poder (y comunicacional), todos los actores deben revalidar sus dotes. Es decir, ambas partes tienen necesidades propias, vinculadas a sus intereses, pero también tienen ventajas y desafíos.

El capitalismo

Con el pasaje del paradigma industrial al paradigma informacional, el capitalismo tiene la ventaja de haber avanzado en la exploración y rentabilización de la nueva matriz productiva; que, como sabemos, tiene una fuerte impronta comunicativa[2]. Facebook at work tal vez sea la síntesis mejor lograda hasta el momento de esta fusión entre comunicación y explotación, ajustando la cultura del trabajo a la lógica interactiva para lograr un mayor rendimiento de los usuarios-operarios[3]. Sin embargo, a pesar de estas consecuciones en el ámbito laboral-empresarial y de la creciente manipulación de grandes volúmenes de datos (big data), de la cobertura global de las redes sociales (sobre todo del grupo Facebook-Instagram-Whatsapp), de guionar el entretenimiento mundial a través de Netflix, Fox, Sony, y Amazon, y de ejercer el predominio interfásico con Google y Apple, el capitalismo aún no logra traducir su ascendiente económico en un modelo comunicacional que le permita proyectar su hegemonía en la cultural interactiva. Asimismo, las incursiones que sus expresiones partidarias —Macri, Capriles, Piñera, Ciudadanos en España— realizan en la comunicación 2.0, no consiguen la fluidez y la espontaneidad que demanda la interacción. Porque utilizan las redes sociales para replicar el viejo modelo, saturando Facebook y Twitter con frases insustanciales que deprecian la política y consiguen un rédito improbable. Como cuando Albert Rivera, presidente de Ciudadanos de España, tuitea: “Ningún interés personal puede estar por encima del interés de los españoles. Menos números, menos reproches y más sentido de estado”[4]; o como cuando Marcos Peña, Jefe de Gabinete de Macri, tuitea: “Tenemos que romper la lógica de amigo o enemigo. Dialoguemos desde la diversidad, buscando juntos objetivos comunes”[5]. ¿A quién le hablan? ¿Cuál es la llegada real de esa estrategia comunicativa? ¿Cuánto tiempo podrán exaltar el voluntarismo aséptico —que por supuesto no practican; Milagro Sala es el más claro ejemplo de su intolerancia y su autoritarismo— frente a una realidad que los desmiente y una gestión que acrecienta los problemas que iban a solucionar? Tal vez esa sea la esencia ideológica de las redes sociales que los sustentan, pero no se pueden hacer inferencias concluyentes si el accionar “interactivo” con fines políticos se circunscribe a Facebook y Twitter (dos redes sociales que buscan reformularse porque están siendo abandonadas por los jóvenes para migrar a otras redes y otros formatos interactivos); más aún si se limitan a utilizarlas como placebo de sus añorados mass media. Marcos Peña, por ejemplo, tiene 218 mil seguidores en Twitter, y sólo sigue a 284 personas. Lo mismo ocurre con Mauricio Macri, con Albert Rodríguez en España y Henrique Capriles en Venezuela; pero también con Cristina Fernández de Kirchner, con Pablo Iglesias, con Obama, con Vladimir Putin, y con el Papa Francisco (que sólo se sigue a sí mismo en ocho idiomas). Porque la política aún no rompió la antigua matriz comunicacional. En su imaginario comunicacional, que evidentemente abarca todo el espectro político nacional e internacional, le siguen hablando a las audiencias de los mass media. Pero en la interacción ya no hay audiencias; hay seguidores, invitados, contactos, prosumidores, grupos, foros, etc., y cada una de estas figuras tienen modalidades de participación diferentes, muy alejadas de la lógica emisor-receptor que organizaba a la comunicación clásica.

A partir de estos y otros datos, que sin duda debemos ensanchar con una base empírica mayor, es pertinente preguntarse: ¿cómo hará la hegemonía neoliberal para sostener su ascendiente comunicativo, que requiere la sujeción social y la determinación unilateral de la agenda pública, frente a una acción colectiva que elude las intermediaciones, que se consolida como productora de contenidos, que organiza y viraliza su propia agenda pública, no sólo al margen de los medios hegemónicos sino muchas veces obligándolos a incluir los murmullos de la calle en sus agendas? ¿Cómo conseguirá la gobernabilidad y la legitimidad que necesita para mantener su posición dominante si ante la progresiva pérdida de eficacia comunicativa carece de elementos persuasivos y sus únicas respuestas son, mayor coerción policial y mayor disciplinamiento económico?

Por el momento, sin optimismo pero con sospechas fundadas, se podría decir que el capitalismo no encuentra una salida política ni una alternativa comunicacional a la altura de la transfiguración social y del actor colectivo que surgió con la auto-comunicación de masas. El orden social emergente agrieta su poder y lo obliga a reformularse bajo una lógica ajena, en la que ya no conserva sus prerrogativas ni ejerce su dominio. Encontrar la salida a esta situación es su gran desafío, pero también su mayor riesgo.

El campo popular

Desde que la auto-comunicación de masas se apropió de la interacción, el campo popular cuenta con una ventaja que trasciende largamente el formato autocrático de las redes sociales dominantes y se extiende a la vida offline con una innegable dimensión política. Hablamos de esponteneidad, imprevisibilidad, policentrismo, horizontalidad, viralización, activismo difuso, etc. Una gramática social heterodoxa que se desarrolla por fuera de las estructuras institucionales y de toda racionalidad sistemática, generando componentes expresivos que hasta el momento logra traspasar los mecanismos de control y eludir la estigmatización. Este sinnúmero de saberes, por su variada aplicabilidad y su capacidad de intervención social, se han vuelto fundamentales. Sin embargo, a pesar de las ventajas comunicativas que estos saberes conllevan en la era de la información, el campo popular no logra objetivarlas políticamente ni alcanzan a consolidar una contrahegemonía. En Argentina lo pudimos ver con el impacto social, político y mediático que se produjo alrededor del hashtag #NiUnaMenos; y lo podemos actualmente ver con la voluntad colectiva que trata de sostener la cohesión del 48,6 % que votó a Scioli y busca ensanchar la conciencia política sin canales orgánicos claros, sin amparo institucional y sin apoyo logístico. Este actor indeterminado, que no está compuesto por líderes políticos sino por ciudadanos de a pie, es el que fue capaz de conseguir una paridad electoral cuando muchos responsables políticos se habían resignado. Su procedimiento interpela la cognición sobre la que se organizan el conocimiento de las ciencias sociales y buena parte del universo categorial que hasta hace poco servía para dar cuenta del acaecer social; pero también interpela la capacidad de la política para reflexionar sobre sí misma, porque en la experiencia acumulada por la interacción popular se encuentran los criterios de valor y de sentido de “los muchos”, una brújula que puede reinventar la política y ayudar a tomar las decisiones necesarias.

Por eso, quienes tienen responsabilidades profesionales o representativas son los que más pueden aportar para que estos saberes “pre-figurativos” sean aprehendidos con mayores niveles de conciencia teórica y conceptual, lo cual redunda en el modelo de desarrollo, en la agregación política, y en una acción comunicativa contrahegemónica[6]. Porque en el marco de una disputa tan decisiva por la lógica del sentido como la que atravesamos en la actualidad, la identificación de las ventajas conseguidas tienen un valor relativo si no se las trasforma en un cambio de la estructura organizacional y en un salto conceptual, como el que llevó adelante el capitalismo a fines de los años sesenta, cuando tomó conciencia de sus riesgos y reconquistó la hegemonía cultural.

Final

En esta suerte de carrera, el campo que primero logre decodificar la cosmovisión emergente —porque de eso se trata—, es el que realmente conseguirá una ventaja política y comunicativa. Porque el que logre construir una identidad narrativa acorde a la trama de significaciones y procedimientos que le dan sustento y proyección colectiva a esa cosmovisión, estará sentando las bases para una nueva hegemonía (o contrahegemonía); es decir, tendrá un rol decisorio en la reconfiguración del diagrama de poder y, por lo tanto, de la nueva institucionalidad. Seremos nosotros en la medida que exploremos, apliquemos, promovamos, y ampliemos ese nuevo decir. Lo cual, por su carácter dinámico e interactivo, nos demanda —indispensable— el desarrollo de una nueva escucha, especialmente hacia los más jóvenes. En esa reformulación instituyente de la acción comunicativa se encuentra la oportunidad de una alternativa cierta a la hegemonía neoliberal.

[1] La dimensión del cambio epocal lo trabajé en “Gramáticas epocales. Sobre las ciencias sociales en contexto de cambio”, Revista debates y Combates nº 3, junio de 2012. Disponible en línea: https://www.academia.edu/2576258/Gram%C3%A1ticas_epocales._Sobre_las_ciencias_sociales_en_contexto_de_cambio

[2] Ver Esteban Magnani, “Ganancias nada virtuales”. Disponible en línea: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/17-9127-2016-02-08.html

[3] Mauricio Macri se ofreció a utilizar la versión de Facebook para empresas en las diferentes dependencias del estado. Ver: http://www.iprofesional.com/notas/227373-El-equipo-de-Macri-avanza-en-inedito-plan-de-la-mano-de-Facebook-para-lograr-un-Estado-mas-agil-y-eficiente y http://www.infobae.com/2016/02/16/1790481-el-gobierno-utilizara-la-version-corporativa-facebook-agilizar-el-trabajo-interno

[4] 12 de febrero de 2016, link del tuit: https://twitter.com/Albert_Rivera/status/698218077700358148

[5] 11 de febrero de 2016, link del tuit: https://twitter.com/marquitospena/status/697590190001557505 

[6] La Universidad Nacional de San Martín, realizó una valiosa experiencia en esta línea con el “Seminario de Ciencia Política Aplicada”, ver Eduardo Rojas y Mario Greco, Entre el orden y la esperanza. Kirchneristas argentinos y socialistas chilenos en años de política inquieta, Unsam Edita, 2013

[1] Trazando una analogía rápida y simplificadora, se podría decir que el mensaje es al medio lo que Hollywood es los EEUU, pues más allá de los argumentos cinematográficos, sean revolucionarios o reaccionarios, EEUU siempre se fortalece.

[2] Bernie Sanders lo expone en este breve ping-pong que el 16 de agosto de 2015 mantuvo con la prensa.

[3] El dominio extranjero interior del que habla Freud y pormenoriza en “La descomposición de la personalidad psíquica”

[5] Los jóvenes ya casi no miran televisión ni escuchan radio; diarios emblemáticos como Independent discontinúan sus versiones en papel. 

[6] El proyecto contó con el voto favorable de 136 países, 41 abstenciones, y 6 votos en contra: Alemania, Canadá, Estados Unidos, Israel, Japón, Reino Unido.

[7] Ley 26.522 de Servicios de Comunicación Audiovisual

[8] Texto de la Ley Nº 12.965 promulgada el 23 de abril de 2014

[9] La Ley 27.078, que anuncia la creación de Argentina Digital fue publicada 19 de diciembre de 2014, en el Boletín Oficial Nº 33.034. 

[10] Esta tarea de desgaste sólo fue interrumpida por la muerte de Néstor Kirchner y el posterior triunfo de Cristina Fernández con el 54% de los votos; que fue leído como una victoria en lugar de leerlo como la prórroga a un escenario con adversidades importantes.

[11] La dimensión del cambio epocal lo trabajé en “Gramáticas epocales. Sobre las ciencias sociales en contexto de cambio”, Revista debates y Combates nº 3, junio de 2012

[12] Ver Esteban Magnani, “Ganancias nada virtuales”.

[13] Mauricio Macri se ofreció a utilizar la versión de Facebook para empresas en las diferentes dependencias del estado.

[14] La Universidad Nacional de San Martín, realizó una valiosa experiencia en esta línea con el “Seminario de Ciencia Política Aplicada”, ver Eduardo Rojas y Mario Greco, Entre el orden y la esperanza. Kirchneristas argentinos y socialistas chilenos en años de política inquieta, Unsam Edita, 2013

So long, Lucio

Publicado el 12 de febrero de 2016.

por Pablo Perantuono

Sabés lo que más me gustaba de tu hermana…?

Cuando escuché la pregunta me quedé boquiabierto, pero no porque me sorprendiese la frase -aunque también- sino porque la que me lo preguntaba era Laura, mi dentista, que de la nada, mientras acometía contra una muela de mi boca, mientras yo sostenía con mi labio inferior el extractor de saliva y un reflector blanco me enceguecía, se le ocurrió disparar su recuerdo y disipar la que ella consideraba mi duda.

Mi respuesta no fue muy articulada: “Njnnnjj”, balbuceé, dándole pie para que iniciara la suya.

-Sus carteras. Eran hermosas, de todos colores… ¿Sabés qué hizo con ellas?

“¿Ehhhh?”, pensé, mientras mis ojos, en menguante redondez, oscilaban entre el desconcierto y la sorpresa. Negué con la cabeza, lo que fue interpretado por ella como un guiño para continuar con su particular homenaje. Lo hizo, claro, pero yo ya no la escuché más, no por descortesía, sino porque mi mente, aún en esas incómodas condiciones bucales, se fue de viaje por las nubes.

Mi hermana se llamaba Jorgelina y yo le decía “Lucio”: a los 10 años, instante de mayor impunidad en la larga cabalgata por la estupidez de un niño, comencé a deformar su nombre hasta llegar, absurdamente, a ese apodo.

Hoy se cumplen dos años de que Lucio murió de cáncer. Tenía 42, estaba divorciada y era hermosa; era mi única hermana.

Una pérdida profunda es como un choque, pero no como un choque de camiones o de trenes, sino como uno contra un búfalo: aún cuando seamos fuertes, aún incluso cuando nos preparemos para la embestida, no hay forma de no ser arrasado por él. Quedás noqueado en el piso, mientras la tribuna te pide, te exige y espera que te repongas. Lo hacés, claro. Lo hace tu cuerpo, con patriótica inercia, y se va cada día a trabajar. Tu alma, en cambio, y eso no lo ve nadie, se queda penando en el fondo de un pozo, acorralada por perros negros.

Lucio murió después de pelearle a la bestia diez años, tiempo que llevó con toda la hidalguía, el orgullo y la pasión de la que era capaz, que era inmensa. Lucio era mi mejor amiga, condición a la que llegamos después de mucho fatigar, habiendo superado las trampas a las que se someten dos hermanos: las conspiraciones de los celos, las asimetrías sentimentales -vos siempre tan generosa, yo siempre tan cómodo-, las estúpidas batallas por el amor exclusivo de nuestros viejos o por sentirse absurdamente relegado.

Puede sonar brutal o incluso inadecuado, pero el primer sentimiento con la partida -y creo que el de mi vieja también- fue de incómodo alivio: su calvario final, una agonía de medio año de quimioterapias, metástasis y llantos, nos había conducido a una categoría ulterior del sufrimiento, algo parecido al desquicio. Cada centímetro que el hígado se hinchaba, también se hinchaba nuestra desesperación. Esa angustia no sólo tenía que ver con el sufrimiento físico o la acechanza inapelable del adiós, sino también con el agotamiento mental y emocional que nos provocaba todo eso: ya no sabés qué decir, ya no sabés cómo consolar, ya no sabés cómo disfrazar la rotunda inminencia de las sombras.

Recuerdo haberla acompañado a todas las quimioterapias (¿fueron setenta? ¿fueron cien?) que hizo. Teníamos nuestra rutina: antes de ponerse a leer o de dormir, se sentaba en esos sillones marrones que espero no volver a ver y, mientras las enfermeras la conectaban con ese jugo viscoso que decían que era bueno y nuestra viuda madre hacía inmundos trámites clínicos, le buscaba videos ochentosos en Youtube -ok, a veces cedía y le ponía alguna cumbia-, y cantábamos, aunque sea en voz baja, como viejos amigos. Una vez por semana, durante cuatros meses. Después, a esperar que la bestia retroceda. La bestia retrocedía, pero para pegar un salto más largo.

Charlábamos mucho, muchísimo, y en esos diálogos en los que cabía el mundo se forjó un vínculo también desigual, en especial por la agudeza crítica con la que ella abordaba cada tema. En su living yo conectaba con el Universo. Su capacidad para diseccionar cada pieza de nuestra compleja maquinaria emocional me despertaba ya no admiración, sino asombro. Su mirada amorosa e implacable sobre mis asuntos desnudaban mi torpeza o mis engaños. Ahí comprobé que asomarse a la muerte también puede ser asomarse a la sabiduría.

LucioCentral Park, NY, 2012, Lucio y su hermano, el autor.

Recuerdo cuando me dijo de empezar a cumplir todo aquello que la hiciera disfrutar. No lo mencionó, pero fue la forma de comenzar a despedirse. Aún en la desgracia, al menos tenía los recursos necesarios para viajar. Se había retirado de un puesto jerárquico en una multinacional, lo que le aseguró una jubilación premium. “Tengo que hacer una nota en Nueva York, ¿venís?”, le dije. Y fuimos. “Acompañame a España”, me llamó un día, y sacó pasajes. Me acuerdo cuando a la salida del recital de Dylan en el Gran Rex con los ojos húmedos por la emoción que le había causado verlo desde la fila 9, agradecida por mi invitación, me retrucó: “Nos queda ver a Cohen. Vayamos”. No me lo dijo, pero es probable que, teniendo en cuenta que el viejo no tenía pensado venir, pensara: “veámoslo antes de que alguno de los dos, o Cohen o yo, no esté”. Volamos a la Florida, de ahí en auto hasta Tampa, hasta llegar a un auditorio moderno y hermoso, al lado de un río. Rodeados de hippies de Woodstock de pelo largo canoso y progres de la América profunda, disfrutamos de uno de los mejores conciertos de nuestras vidas. Ahí estaba, al fin, el viejo poeta de Montreal con toda su leyenda a cuestas, musitando los himnos que lo habían hecho grande. Abrazados, con un vino en la mano, cantamos aquello de “Everybody knows that the plague is coming/ Everybody knows that it’s moving fast”.

También tuvimos peleas legendarias, provocadas, claro, por la bomba que latía debajo de su piel y por mi falta de paciencia o de consciencia con todo lo que pasaba. Fueron muy pocas, pero en ellas se desataron rayos y truenos de angustia y de gritos. Era una forma de exorcismo. Un reclamo y su consiguiente reacción, ambos desmesurados. Ahí no hay cartografía sobre qué hacer: solo te salva la ternura.

Doblada de dolor en su sillón del living, podía ver el malestar que la mordía por dentro. Además de todo, además de perder el pelo, las pestañas, la energía, la sensualidad, el control del cuerpo o la ambición, se cernía sobre ella una aplastante sensación de injusticia: alguien la estaba tomando de las solapas y se la llevaba de viaje hacia lo ominoso, lo desconocido. ¿Quién coño va a querer eso a los 42 años? ¿Cómo no vas desear ver otro atardecer cuando tus ojos son sanos? ¿Qué mujer no quiere volver a abrazar sin remera?

Hay cosas que queman, y una de ellas es la muerte, porque no es verdad que uno supere la pérdida: uno se acostumbra. Así como, intuyo, hay gente que se adecúa a vivir sin un brazo o sin el oído, así pasa con los duelos: no los dejás atrás, sólo te adaptás al vacío. Somos, en definitiva, una colección de sobreadaptados.

EnEl loro de Flaubert, Julian Barnes reflexiona sobre los duelos: “Al final lográs superarlo, es verdad. Pero no lo superás de las misma manera que un tren sale de un túnel, con un brusco surgir al paisaje soleado del otro lado de los Downs; lo superás más bien a la manera como una gaviota se libra por fin de la pegajosa mancha de petróleo. Alquitranado y emplumado de por vida”.

Manchado de alquitrán, todavía drenando la pérdida, la evoco amarillenta e hinchada por la enfermedad, escuchando, acostada y convertida en el eco lejano de lo que era, un fragmento de mi libro. Hablaba y pensaba despacio, pero su inteligencia seguía siendo feroz. Le leí un capítulo entero. Cuando terminé se hizo un silencio en su casa. Pensé que no me había escuchado. O que no me podía responder. Después de unos segundos, con un hilo de voz, me hizo una sola observación tan lúcida y acertada que tuve que corregir el tono del capítulo. Ocurrió horas antes de su internación final, cinco días antes de que se fuera.

Dos años después, con los recuerdos disparados por el detalle de sus carteras, mientras escucho esta canción que tanto cantaba, me repito como un mantra esta frase que el genio de Birmingham escribió hace siglos: “Cuando muera llévenla y divídanla en pequeñas estrellas, el rostro del cielo se tornará tan bello que el mundo entero se enamorará de la noche y dejará de adorar al estridente sol”.


Pablo Perantuono es uno de los editores de La Agenda y coautor de Fuimos reyes, una biografía sobre los Redonditos de Ricota. En Twitter es @PabloPerantuono.

La organización permanente

Publicado el 11 de febrero de 2016.

El desconcierto, la crisis y las oportunidades se perciben en cada lugar donde haya un peronista. ¿Con quién alinearse? ¿Con Cristina? Ya se fue y no quiere liderar el PJ. ¿Con Daniel Scioli? Perdió. ¿Con La Cámpora? Los pibes no tienen territorio. ¿Con los gobernadores? Están divididos y la mayoría sólo quiere salvar las cuentas provinciales. Bossio, brazo ejecutor, quedó como la cara visible de una ruptura fogoneada y diseñada por el gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey. ¿Massa? Está afuera. ¿Quién será el líder que los convoque en la próxima ronda electoral? ¿Adónde están los votos? La periodista Noelia Barral Grigera desentraña la interna en la que no se sabe cuánto poder tiene cada quien.

La reunión del bloque ya llevaba más de tres horas. Se habían pasado rápido entre la catarsis y los insultos por las medidas del gobierno de Mauricio Macri. Hablaban de compañeros que se habían quedado sin trabajo, de militantes a la intemperie, de amigos que no sabían cómo iban a hacer para aguantar estos cuatro años. Máximo Kirchner fue uno de los que más habló. Insistió, como siempre, en que los números tienen que cerrar con la gente adentro, y eso a este gobierno no le importa. Esbozó una suerte de autocrítica: habló de errores propios, pidió mirar hacia adelante. Pero los casi ochenta diputados no podían dejar de pensar en uno, a esa altura el gran ausente y protagonista de la reunión. Algunos se habían referido a él sin nombrarlo: contaron que se les había acercado para tentarlos y no habían aceptado. Condenaban su decisión pero, ante el desconcierto, eligieron palabras medidas para mencionarlo. Excepto una diputada. Desde el centro del que llegaba su chispa y frontalidad, su tonada litoraleña y cadenciosa:


Basta de eufemismos, compañeros. Diego Bossio es un traidor hijo de puta. 

***

Las tres derrotas electorales consecutivas después de trece años de gobernar la Nación y 28 la provincia de Buenos Aires dejaron al peronismo en un estado asambleario subterráneo en el cual nadie sabe bien quién tiene el poder. Decir esto al hablar de un partido que se regocija y reconoce en la verticalidad y la lealtad, puede ser hablar de una catástrofe. El desconcierto, la crisis y las oportunidades se perciben en cada lugar donde haya un peronista. ¿Con quién alinearse? ¿Con Cristina? Ya se fue y no quiere liderar el PJ. ¿Con Daniel Scioli? Perdió. ¿Con La Cámpora? Los pibes no tienen territorio. ¿Con los gobernadores? Están divididos y la mayoría sólo quiere salvar las cuentas provinciales. ¿Con Urtubey? Se pegó mucho a Macri. ¿Con Massa? Está afuera. ¿Cómo se posicionan los diferentes actores del universo peronista ante esta coyuntura? ¿Cuál es el norte, quién marca el camino?

 

En la búsqueda de respuestas, el primer mes de 2016 provocó al menos cuatro reuniones partidarias: la de San Juan, liderada por los gobernadores; la de Santa Teresita, liderada por Fernando Espinoza, del PJ bonaerense; la del bloque de diputados en el Congreso, la del Consejo del PJ y la de intendentes peronistas de todo el país, convocados por Jorge Capitanich. Nadie sabe cuánto poder tiene cada uno de los integrantes del partido ni sus satélites. Por eso en cada encuentro se escenifican estrategias previas, se transparentan jugadas y se representan conflictos. Por eso, cada encuentro es clave: en ellos se va delineando una radiografía del estado interno del peronismo.

***

El miércoles pasado, separados por apenas cinco cuadras, se reunieron primero los diputados nacionales del FpV-PJ en el Congreso y después los miembros del Consejo Nacional del Partido Justicialista en la sede del partido.

Fractura_PJ_1_der

La primera reunión, la de los legisladores, catártica, quedó cruzada por la decisión anunciada, casi en paralelo, desde el Sindicato de Taxis: 12 diputados siguieron a Diego Bossio y se fueron del bloque. La noticia se veía venir, pero comprobar cómo se materializaba sacudió los ánimos. Un poco más de lo que ya estaban.

Bossio, brazo ejecutor, quedó como la cara visible de una ruptura fogoneada y diseñada por el gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey. Cabeza del grupo, el salteño tejió durante semanas y consiguió poner de su lado a otros gobernadores, como la catamarqueña Lucía Corpacci, el chaqueño Domingo Peppo y el riojano Sergio Casas; quienes le ofrendaron las bancas de sus legisladores. Y a sindicalistas de la talla de Ricardo Pignanelli, de Smata; Sergio Sassia, de Unión Ferroviaria; Norberto Di Próspero, de la Asociación de Personal Legislativo, y Omar Viviani y Raúl Olivares, de taxistas. Muchos de ellos hasta hace pocos días formaban parte en la CGT Alsina, aliada al gobierno anterior.


La ruptura profundizó la balcanización del PJ en Diputados. Con el nuevo grupo, bautizado “Justicialistas”, ya llegan a la decena los bloques que se reconocen peronistas, muchos de ellos, de cinco integrantes o menos. La Cámara baja se convirtió así en el lugar más gráfico para ver el mapa del PJ hoy.

 

Existe una imagen generalizada y caricaturesca de las rivalidades personales y la ferocidad que podrían adquirir las disputas del PJ. Todas desembocan en la remanida frase de Perón sobre las peleas y la reproducción del partido. Pero detrás del folclore subrayado en la lógica mediática -se sabe, las coberturas de campaña, por ejemplo, se tiñen de terminología bélica y pugilística- existe un acomodamiento de los representantes de distintos grupos sociales dentro de un partido político. Y eso no es sólo potestad del peronismo sino de todas las agrupaciones y movimientos en busca de liderazgos y de conseguir sus intereses, desde la izquierda a Cambiemos.

 

Las seis horas que duró la reunión del bloque les sirvieron a los diputados del FpV-PJ no sólo para absorber el golpe de la fractura, sino para cumplir con una tarea largamente postergada: procesar y admitir, al fin, la derrota electoral. Dos meses después del ballotage. Lo hablaron a puertas cerradas y en familia. A lo largo de la mesa, en el tercer piso de la Cámara de Diputados, empezaron las autoridades del bloque. Héctor Recalde en el centro, flanqueado por José Luis Gioja, Teresa García y Luis Basterra. De frente a ellos, sentados en semi círculo, el resto. Máximo Kirchner quedó en una punta, al lado del Carlos Kunkel, quien lucía una barba incipiente comentada luego en los medios como gran novedad.

El grupo heterogéneo coincide en un punto: la adversidad electoral. La mitad del bloque llegó a la Cámara tras las elecciones de 2013, en las que un Sergio Massa, reciente antikirchnerista, emergió como la nueva estrella del firmamento político. La otra mitad asumió en diciembre, el mismo día en que Mauricio Macri juraba como presidente de los argentinos.

 

–Lo aceptamos. Dos meses después, fue la primera vez que lo aceptamos. Perdimos. Dijimos: somos oposición- dijo uno que estuvo en la reunión.


Con esa aceptación, llegó el paso siguiente en el duelo: el reconocimiento de que el corazón del bloque, integrado por La Cámpora y el cristinismo más duro, no tiene territorio ni peso en las urnas. “Necesitamos dirigentes con votos”, fue la conclusión.

***

Terminado el encuentro de los diputados, a 500 metros del Congreso, doscientas personas se amontonaron en el quincho del tercer piso de la sede del PJ, en el barrio de Once. Consejeros, dirigentes de todo el país, asesores y colados volvían más denso el calor húmedo de febrero en Buenos Aires. Los tres ventiladores de techo no hacían más que tirar aire caliente.

 

El presidente del partido, Eduardo Fellner, en el centro de la larga mesa principal, al frente del salón, estaba flanqueado por alguno de sus vices y secretarios. A su izquierda, Gildo Insfrán, Jorge Capitanich, José Luis Gioja y Antonio Caló. En la derecha, Beatriz Rojkés, Eduardo “Wado” De Pedro y el apoderado del partido, Jorge Landau. A sus espaldas, sobre la pared de ladrillos a la vista y machimbre, imágenes de Cristina Fernández de Kirchner, Eva Duarte de Perón, Juan Perón y Néstor Kirchner.

Fractura_PJ_2_izq

Fellner abrió la reunión con un diagnóstico. “Ya nos tocó esto en la historia”, dijo en alusión a la derrota electoral de 1999 a manos de Fernando De la Rúa. “Y fuimos capaces de atravesar esos tiempos difíciles superando diferencias”. Todos lo escuchaban en silencio. La platea era un manojo de tensiones, remordimientos, distancias y cercanías con otros compañeros. Las ubicaciones elegidas armaban un mapa político emocional. Aníbal Fernández en primera fila, dolido aún por la derrota en la provincia de Buenos Aires, se sentó bien lejos de su rival en la interna, Julián Domínguez, a quien responsabiliza por gran parte de su mala suerte. El de Chacabuco se quedó apoyado contra una ventana a mitad del salón. No charló con nadie en lo que duró el encuentro. Un poco más adelante de él, casi tocando la punta derecha de la mesa principal al frente del salón, cuchicheaban sin parar Miguel Pichetto, Agustín Rossi y Carlos Zannini. Sentados en tercera fila, un poco más atrás de Aníbal, Marín Insaurralde y Alejandro Granados se hablaban al oído compinches mientras Fellner seguía: “Los gobernadores y los intendentes y los legisladores no serán nada sin el respaldo de una conducción política que los pueda acompañar desde el partido”. Insistió en que todos superen sus diferencias en pos del objetivo común, ese que suele adosarse al peronismo como un cliché: volver a gobernar.

 

En física se denomina Problema de Fermi a dilemas que involucran el cálculo de cantidades que parecen imposibles de estimar dada la limitada información disponible. El enfrentamiento latente desde hace años entre el peronismo más tradicional y el cristinismo, personificado en “los pibes” de La Cámpora, es el gran Problema de Fermi del PJ hoy. ¿Quién será el líder que los convoque en la próxima ronda electoral? ¿Adónde están los votos? ¿Quién tiene la estrategia correcta para volver al poder? ¿Cómo se dirime la pelea?

***

Jorge Landau estaba pensando en los planes que había armado con su familia cuando le sonó el celular. No le llamó la atención la hora del llamado. Su rol de apoderado del PJ lo acostumbró a conversaciones sin horario y preguntas descabelladas. Pero del otro lado de la línea, la jueza con competencia electoral María Servini de Cubría no tenía una pregunta, sino una advertencia.

—Jorgito, te voy a intervenir el partido.

***

La amenaza judicial que pende sobre el PJ obliga al partido a convocar a elecciones internas en medio del desconcierto. Si no hay elecciones, la amenaza de Servini no va a tardar en concretarse. El Consejo, entonces, fijó que los comicios sean el 8 de mayo. Para que la pelea no estalle, la mayoría impulsa acordar la presentación de una lista única. La última vez que el peronismo tuvo elecciones internas por voto directo de los afiliados -el único procedimiento establecido en su carta orgánica- fue en 1988. Se enfrentaron Antonio Cafiero y Carlos Menem. Ganó el riojano.

 

Los rupturistas Bossio y Urtubey hablan de una lista de unidad que escenifique la interna de manera ritual, sin materializarla. El nombre para esa boleta es el de José Luis Gioja. El sanjuanino es el socio mayoritario histórico en el tándem político que ¿conformaba? con Bossio desde hace más de ocho años. Juntos impulsaron Gestar, el Instituto de Estudios y Formación Política del Partido Justicialista que les sirvió a varios dirigentes para mostrarse en todo el país e insinuar una llegada a la juventud sin depender de La Cámpora. Esa cercanía hizo que Gioja sonara como integrante claro del grupo de los rebeldes en la antesala de la ruptura del bloque. Sin embargo, el sanjuanino no se fue. Y eso para muchos es señal suficiente de que puede ser prenda de unidad: habla con “los pibes” y con los gobernadores. “Es un sobreviviente, en todas las acepciones del término”, lo define con la sonrisa ladeada un operador peronista de larga data. Gioja se mantiene por ahora en silencio. En el quincho del partido no pidió la palabra.

Fractura_PJ_3der

El kirchnerismo también ve con buenos ojos a Gioja. Aunque, de existir la posibilidad, preferiría a otra candidata. “Me gustaría que Cristina sea la presidenta del PJ. En la mayoría de los países del mundo, el principal partido opositor es presidido por la principal dirigente opositora, y eso en la Argentina tiene nombre y apellido: Partido Justicialista y Cristina Fernández de Kirchner”, dice Agustín Rossi en la antesala de la reunión del Consejo. Una vez en el quincho, pedirá el micrófono para proponer un aplauso a la ex presidenta y a Daniel Scioli. Cosechará una ovación.

Entre las varias y difusas líneas internas del peronismo, el kirchnerismo sigue siendo la más nítida. Está claro qué quiere, qué piensa y quién lo conduce. Por los mismos motivos,  sigue siendo también la línea más expulsiva. No por casualidad la fractura tomó cuerpo justo en el lugar donde Cristina había planeado refugiar al kirchnerismo: el bloque de diputados.


Cristina es la figura omnipresente del peronismo, la raíz del problema que representa la interna partidaria, porque avisó a fines de noviembre que no quería presidir el PJ. Y porque muchos de los enojados, están enojados con ella. La ven como responsable de la derrota, porque “no puso lo que había que poner”, porque “jugó a perder”, porque “quería que ganara Macri”. Le recriminan además su ausencia, que no baje una línea directa a quienes esperan ansiosos su palabra para seguirla o para rechazarla. Según la imagen mediática: Cristina, la única dirigente peronista que hoy podría, si quisiera, reventar una convocatoria masiva en cualquier escenario que se proponga. Cristina, la líder que reniega del PJ, que se desentiende de la estructura partidaria, que no la necesita.

 

Néstor Kirchner lo dijo algunas veces desde que llegó a la Casa Rosada, y su sucesora insistió durante sus dos mandatos: no hay intermediarios entre un Kirchner y su pueblo. No son necesarios ni los medios de comunicación, ni el partido, ni los sindicatos. La Plaza desbordada del 9 de diciembre, la última de Cristina Presidenta, funcionaría como prueba. “Tuvimos muchos éxitos. No sólo hay que ver los errores. Somos el primer gobierno que se fue con una plaza llena”, remarca Oscar Parrilli para contrapesar las críticas en el quincho.

El signo de interrogación sobre el presente de la ex presidenta se disipará pronto. Enojadísima con Bossio, intentó frenar la ruptura vía Carlos Zannini y Máximo Kirchner. No lo logró. Y sin terminar de entender qué hay detrás de la movida, apunta contra Gioja como uno de los responsables. De todas formas, el partido no la preocupa, asegura cuando comenta las noticias del día con su entorno en el Sur. Según dicen, pidiendo estricto off, algunos de sus allegados, lo identifica con los gobernadores y con la estrategia que terminó fracasando en las urnas. Ella quería habilitar las primarias para definir al candidato. Según esas fuentes, ellos insistieron en que no.

 

—Eligieron a Scioli como candidato. Ahora que se arreglen —dicen haberla escuchado decir la semana pasada en El Calafate.

 

Según esas mismas fuentes, su regreso tiene fecha. Será después de su cumpleaños número 63, el 19 de febrero. Así, para marzo, estaría completamente instalada en la agenda pública.

Fractura_PJ_4_caja

“Los que creen que el kirchnerismo murió, se equivocan”, dice un día después del Consejo Felipe Solá en TN. Y de esto algo sabe. Hace ya ocho años que se alejó del FpV. Ocho años en los que vio cómo el kirchnerismo ganaba y perdía elecciones, pero siempre acumulaba poder.

***

Cuando Mario Ishii pidió la palabra, algunos cruzaron miradas en las que se leía el gesto silencioso de refregarse las manos. Desde aquel 2009 en que Ishii salió a cazar traidores para vengar la derrota de Kirchner en las legislativas sus puteadas se volvieron costumbre dentro del partido. Ishii suele decir en voz alta lo que muchos comentan a escondidas. Todos giraron para mirarlo, parado adelante del salón, en el costado izquierdo, mientras los ventiladores de quincho seguían en su lucha y las mujeres agitaban sus abanicos. Las caras brillaban de sudor. La de él no a pesar del abrigadísimo poncho rojo que lo acompaña siempre, sobre su hombro derecho. Con la otra mano agarró el micrófono. “Nos cagaron a palos. En 2013 y en 2015. Les dije que estaban equivocados en la estrategia de campaña y se hicieron los pelotudos, no me dieron bola. Desde 2011 a esta parte se adueñaron del partido y así estamos. Hay que poner la cara. Acá se perdió y hay que decir quién perdió. Porque los compañeros que nos rompimos el culo en los barrios no perdimos, nos han hecho perder las estrategias malas, el dedo permanente”. El intendente de José C. Paz hablaba del dedo de una mujer. Hablaba de Cristina.

***

El gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, amasa su cachetazo al kirchnerismo desde hace años. Intentó  concretarlo varias veces, despegarse, abrirse solo. Esas pruebas nunca le salieron del todo bien. Esta vez es diferente.

Con el bloque de senadores como mayoría clara en la Cámara alta, al macrismo no le quedaba otra opción que apostar todas sus expectativas de algún éxito legislativo a los diputados. Y la estrategia del gobernador de Salta apareció como la gran esperanza. Los dos sectores se unieron por conveniencia, y Urtubey pegó donde y cuando duele. Aunque el movimiento anunciado no llegó a ser tan contundente como se esperaba (al principio se decía que iba a llevarse a más de 20 legisladores), terminó arrebatándole 12 bancas al FpV-PJ. No hirió de muerte al bloque, pero complicó uno de los pocos argumentos de resistencia del kirchnerismo en Diputados: el número. El grupo que preside Héctor Recalde era hasta la semana pasada la primera minoría clara. Ahora eso está peleado y puede ser puesto en discusión por Cambiemos, que uniendo a la UCR, el PRO y la Coalición Cívica, suma casi la misma cantidad de escaños que el FpV-PJ.

Urtubey siempre quiso ser presidente. Sin el kirchnerismo en el poder, el tablero se abre un poco y él podrá decir en el futuro que fue el primero en jugar. El trazo grueso de su estrategia está definido. Si no hay lista de unidad, será candidato a presidir el PJ. El objetivo es alejarse de Cristina y de cualquier palabra que se escriba con K. Y, como contrapartida, jugar dentro del 60% de imagen positiva que, cree, hoy tiene Mauricio Macri; pegarse a esa dulce atmósfera de aprobación. “Después, en algún momento, va a tener que darse a sí mismo una estrategia de diferenciación”, conceden en su equipo de trabajo. ¿Rechazar algunos de los DNU que firmó el Presidente y que requieren de aprobación parlamentaria? Puede ser. ¿Acompañar al Gobierno desde el Congreso sólo hasta mediados de año? Es otra opción. Va a decidir sobre la marcha, según su instinto. El mismo que lo llevó a ser tres veces gobernador de Salta.

Fractura_PJ_5_caja

Le divierte saber que la rebelión no afectó sólo al cristinismo. En una jugada de pinzas notable, el salteño resintió por igual al bloque del FpV-PJ y al del Frente Renovador. No porque le haya sacado bancas al massismo, sino porque le quitó poder de negociación.

***

Hasta la semana pasada, Sergio Massa tenía la llave del quórum en la Cámara de Diputados. El Gobierno iba a depender de algunos de sus más de 30 hombres cada vez que pretendiera aprobar leyes. Pero eso cambió. Los 12 de Urtubey (a los que se sumaron tres peronistas extra FpV-PJ) podrán ser ahora las piezas clave en la estrategia oficial.


—El enemigo de Sergio hoy por hoy es Juan — define una integrante de la mesa chica del massismo y peronista bonaerense histórica. “Pero -agrega-, Juan tiene menos posibilidades porque se despegó del kirchnerismo hace dos minutos”.

Massa está concentrado en ganar en 2017 y en 2019: También quiere ser presidente. Como parte de esa estrategia, sumó a diez figuras del Frente Renovador a los gobiernos en manos del PRO. Jorge Sarghini preside la Cámara de Diputados bonaerense; Diego Kravetz es secretario de Seguridad en Lanús; Ricardo Delgado quedó a cargo de la Subsecretaría Nacional de Coordinación de la Obra Pública; Daniel Arroyo, Mauricio D´Alessandro y Mario Meoni son directores del Banco Provincia; Marcelo D´Alessandro es secretario de Seguridad de la Ciudad; Santiago Cantón es secretario de Derechos Humanos de la Provincia; Néstor Pulichino quedó al frente del Organismo Provincial para el Desarrollo Sostenible; Sergio Federovisky intentará limpiar el Riachuelo; y Adrián Pérez –quien de todas formas dejó en claro que ya se fue del massismo- se encarga de la reforma política.

 

¿Cogobierno? “Nosotros hicimos un acuerdo para ganar en 2017. Ese es nuestro objetivo. No le agarramos nada a Macri, eh. Los que se fueron, se fueron solos. Delgado no habla con nosotros para preguntarnos dónde pone la obra pública. Hoy es funcionario del PRO”, asegura una de las gestoras del Frente Renovador. Suena contradictorio, pero es así. El massismo se autopercibe más lejos del macrismo de lo que supone el resto del arco político.


La excepción es María Eugenia Vidal. El massismo la llama despectivamente “la niña” y dice que quiere cuidarla estos dos años para pelearse con ella después. La Provincia será el gran campo de la batalla en 2017, cuando el Frente Renovador cortará los vínculos con el PRO y se acercará a Margarita Stolbizer. “Sergio es amigo de Marga, tiene muy buen diálogo. Y nos garantiza corrernos hacia el progresismo sin las locuras del kirchnerismo”. Kirchnerismo sin kirchneristas.

***

Bajo uno de los tristes ventiladores y sin abanico, la consejera, sentada en la última fila, recibió un whatsapp breve: “Está Aníbal. Me quiero ir”. Se lo había mandado alguien que también participaba de la reunión. Ella le respondió rápido, con malabares nada exitosos para tapar la pantalla. “Rossi. Parrilli. Zannini”, tecleó con tono reprobatorio. Antes de enviarlo tuvo que reescribir el último apellido, el del Chino, mano derecha de Cristina. El autocorrector se lo había cambiado por la palabra dañino.

***

¿Qué forma terminará adoptando el kirchnerismo cuando haya terminado este proceso de reconfiguración del peronismo? Para la mayoría de los presentes, la reunión del Consejo partidario marcó el principio del fin de una etapa. “Empezó el fin de los pibes, del cristinismo duro. Sin dar nombres, hubo muchos pases de factura a ellos. Los pibes creen que vuelve Cristina. Y eso puede ser si el país estalla en los próximos seis meses. Y eso al PJ no le conviene”, define un operador avezado en batallas de la primera sección electoral que en octubre jugó con la boleta del FpV y ganó.

Fractura_PJ_6_der

Al igual que los gobernadores, los intendentes bonaerenses -parte del selecto grupo de peronistas con territorio- se inclinan por una estructura en la que “los pibes” queden adentro pero ya sin poder. No se consideran necesariamente en contra de La Cámpora o de la ex presidenta. Pero sienten que el juego cambió. “Tienen que entender que son parte del peronismo -señalan cerca de un intendente, remarcando la palabra parte-. Ya no son el todo. Son una parte. Así chiquita”. El dedo índice y el gordo se van juntando en el aire hasta quedar separados por apenas un centímetro.

La primera demostración de poder de los intendentes bonaerenses tuvo lugar, justamente, cuando se separaron del kirchnerismo más duro y se acercaron a los legisladores bonaerenses del peronismo en busca de los votos necesarios para votar el presupuesto 2016. Así lograron varios objetivos a la vez: mostraron personalidad propia y poder independiente, quedaron (junto al massismo bonaerense) como garantes de la gobernabilidad, limitaron un pedido de endeudamiento inmenso de 120 mil millones de pesos pedido por Vidal, y consiguieron que de los 60 mil finalmente autorizados, 10 mil se distribuyan directamente a los municipios bonaerenses. Lograron dinero y demostración de poder en un mismo movimiento. Ni que fueran peronistas.

***

Miguel Pichetto, jefe del bloque de Senadores nacionales, no muestra término medio. Así se manejó siempre. “Lo que tengamos que hacer, hagámoslo rápido”, le dijo a Julio Cobos cuando pasadas las 4 de la mañana, el entonces vicepresidente demoraba su voto no positivo. A él, figura legislativa de la última década o más, no le gusta el filibusterismo, esa técnica parlamentaria que consiste en estirar los discursos e ir obstruyendo las decisiones finales.


Soldado del territorio, avisó inmediatamente después de la derrota que el bloque de 42 senadores que el peronismo tiene en el Congreso (cinco más que el quórum) habilitará la discusión horizontal y se pondrá al servicio de los gobernadores. “El Senado representa a las provincias y a los municipios y nosotros no vamos a hacer nada de manera individual”, insistió en una breve intervención en ese quincho atestado. Todos lo escuchaban con expectativa; suele decir verdades incómodas.


“Debemos hacer un análisis a fondo sobre qué nos faltó para ganar, quiénes no querían ganar. Porque no todos pusieron lo que había que poner para ganar”, dijo. A su lado, Zannini con la mirada perdida en un punto de la pared. Tal vez recordaba el cruce que Pichetto había tenido días atrás con Máximo Kirchner. El diputado lo había increpado en público después de que el senador responsabilizara a La Cámpora por la derrota.


—Él sacó 34 puntos y después Scioli sacó 59-60 en Río Negro. Néstor cuando perdió con De Narváez al otro día se fue del partido —dijo Máximo.

 

Pichetto no sólo no se fue, sino que guarda uno de los pocos resortes de poder que le quedaron al peronismo a nivel nacional. Y, a diferencia del bloque de diputados, que reivindica la conducción de Cristina, el rionegrino se alineó con los gobernadores. Las relaciones con el macrismo no le resultan abominables.

 

—Algunos hablan como si este gobierno tuviera ya dos años de ejercicio —siguió hablando en el Consejo. Enseguida tuvo que hacer un alto: desde el fondo del quincho se escucharon silbidos y algún abucheo.

Fractura_PJ_7_caja

—¡No lo estoy defendiendo! —se vio obligado a aclarar— pero hay que dejar que la sociedad haga un análisis. El peronismo no puede ser un instrumento de bloqueo, de la antigobernabilidad. Tenemos que tener la inteligencia y la prudencia de defender a todos los gobiernos provinciales y municipales. Aquí nadie nos baja la línea. Nadie es el dueño ahora. Hay algunos que quieren prenderle rápido fuego a la pradera, creen que están en una etapa preinsurreccional y este gobierno no llegó todavía a los dos meses.

***

Pichetto es uno de los pocos que habla del Gobierno en esos términos. Para la mayoría del peronismo, el macrismo en el poder es un accidente, una circunstancia que no es mérito del PRO, ni de Macri, ni de Durán Barba, ni de la alianza con la UCR. Para el peronismo, que Mauricio Macri sea presidente es responsabilidad del PJ.

 

Lo mismo vale para el resto del escenario político. ¿El PRO operó para romper el bloque de diputados? Sin dudas. Pero no fue eso lo que decidió a Urtubey y a Bossio a liderar la rebelión. Como advierte una operadora bonaerense con licenciatura, máster y doctorado en el partido: “Creer que todo es en función de Macri es no entender la lógica del peronismo”. Ella se alejó del kirchnerismo hace siete años. Dice que el PRO es “una bolsa de gatos”. Le divierte ver al oficialismo festejando la ruptura del bloque. “Emilio Monzó cree que va a romper al peronismo. Por favor. Los que se van están buscando poder, no un negocio. El peronismo tiene que ir por el poder, no tiene otra alternativa. Creer que este paquete le va a resolver al Gobierno las votaciones es no tener ni puta idea. Cuando a la gente se le pase la calentura con Macri, al único lugar que van a mirar es al PJ”.


Esa última oración es el sentido común del peronismo hoy. Los votos van a volver. Esa certeza aviva la discusión que se abrió con la derrota y que durará un par de años.

***

Ya de noche, el quincho se fue vaciando. Hacía años que una reunión partidaria no duraba tanto. Apurado por cerrar el encuentro sin que las diferencias pasen a mayores, Fellner pregunta si quedan oradores. Parado al fondo del salón, un pibe de pelo largo y flequillo, transpirado, pide la palabra. Es Pablo Ayala, secretario de Diversidad del PJ y fundador de la agrupación Putos Peronistas. Ninguno de los que estuvo discutiendo y repartiendo culpas parece reconocerlo, así que tiene que insistir para que le pasen el micrófono. Se lo dan.


—Probablemente soy sino el único pobre, el más pobre del Secretariado del Partido Justicialista. Vengo de La Matanza, tengo el orgullo de ser parte del partido de Perón y quiero decir que Cristina me empoderó. Cuando termina de hablar, recibe muchos abrazos compañeros. Aníbal Fernández, Jorge Capitanich, Julián Domínguez, Verónica Magario, Guillermo Moreno, Oscar Parrilli y muchos otros se le acercan. Por los parlantes empieza a sonar la marcha.

Fractura_PJ_8_der

“Empoderamiento” es una palabra que nadie en la reunión había dicho, pero que sí se había escuchado en la vereda, antes de entrar al quincho, adonde un grupo escuálido de militantes cantaba “vamos a volver”.


Y aunque usen palabras diferentes, vean traidores en lugares distintos y encuentren causas y responsabilidades cruzadas, a todos esos grupos los atraviesa un sentimiento transversal y compartido. En los militantes sueltos, en las agrupaciones que adhirieron al kirchnerismo, en la cúpula del PJ y hasta en los peronistas que hoy no están en el partido, asoma la misma lógica. Los votos van a volver. Los próximos años servirán para dirimir a nombre de quién; mientras ponderan cuánta fuerza tiene cada uno, y a quién representa.

Teléfono para colaboracionistas: No necesitamos 100 días para darnos cuenta cuál es el rumbo y cuáles serán sus consecuencias funestas

Publicado el 11 de febrero de 2016.

El Bloque del PJ - Frente para la Victoria, de la Federación Argentina de Municipios, reunido hoy en Resistencia, con la participación de más de 100 intendentes de las provincias de Catamarca, Santa Cruz, Santiago del Estero, Formosa, Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe, Jujuy, Tierra del Fuego, Buenos Aires y Chaco expresó fuertes críticas a las decisiones tomadas por el macrismo desde el inicio de su mandato. La reunión, presidida por el intendente Jorge Capitanich, tuvo la presencia de los intendentes Julio Pereyra (Florencio Varela), Verónica Magario (La Matanza), Patricio Mussi (Berazategui), Fabián Ríos (Corrientes), entre otros. También estuvieron presentes el gobernador y vice de Chaco, Domingo Peppo y Daniel Capitanich. El presidente de la Federación Argentina de Municipios, Julio Pereyra, anticipó una nueva reunión del bloque el 10 de marzo en Formosa.

DECLARACIÓN

El Presidente Mauricio Macri asumió la responsabilidad de conducir los destinos del país en base a tres compromisos: a) pobreza cero, b) unión de los argentinos y c) combate al narcotráfico.

Nosotros no necesitamos 100 días para darnos cuenta cuál es el rumbo y cuáles serán las consecuencias funestas del rumbo tomado.

(...)

Nosotros no avalamos el procedimiento adoptado para el ajuste de tarifas de servicios públicos, ni el método propuesto ni tampoco el impacto alevoso que sufren en el ingreso disponible de las familias argentinas generando una licuación en los salarios y en el sistema de protección social que tanto costó construir en nuestra patria mediante un efecto redistributivo de la renta. El ajuste de tarifas públicas lo siente cada vecino cuando recibe la boleta de luz, gas, agua potable y cloacas, o cuando toma un medio de transporte público y también nos afecta en la morosidad de nuestros recursos tributarios.

Los Intendentes que representamos genuinamente el sentir de nuestro pueblo actuamos en defensa propia.Tenemos que hacer oír nuestra voz para señalar que por ese camino vamos mal. No podemos retroceder a épocas aciagas y oscuras para nuestra patria. No necesitamos más tiempo para ver que según fuentes sindicales hay 50000 trabajadores desocupados públicos y privados que serán muchos más de persistir en esta dirección.

Manifestamos nuestra oposición a la propuesta de dos jueces de la Corte Suprema de Justicia en comisión invocando las atribuciones del artículo 99 inciso 19 de la CN. Ambos miembros no poseen la idoneidad moral e intelectual para el ejercicio del cargo en virtud de aprobar un procedimiento que no sólo vulnera la esencia del sistema republicano de gobierno sino que también cuestiona la vigencia del decreto 222/2003.

Manifestamos también nuestra oposición a la intervención del AFSCA Y AFTIC por medio de un DNU en virtud que ambos organismos contenían en sus respectivas leyes sancionadas por el Congreso de la Nación los procedimientos para la remoción de sus miembros como así también es preciso advertir que la derogación fáctica de estas normas sin contar con el aval de los representantes del pueblo es violatorio no solamente de la división de poderes sino también de la esencia de la democracia que tanto nos costó conseguir a los argentinos, máxime teniendo en cuenta que estas iniciativas legislativas tuvieron un fuerte respaldo institucional.

Manifestamos nuestro estupor cuando observamos que el Presidente se “enferma” para no asistir a la cumbre de CELAC pero se “cura” para asistir a la cumbre de DAVOS y no ejerce ante el Primer Ministro David Cameron la reivindicación de nuestra soberanía en las Islas Malvinas. No tiene agenda para atender a las “Abuelas y Madres de Plaza de Mayo” pero si para atender otras cuestiones de gobierno. Pero del estupor nos vamos al asombro cuando observamos el concepto de “atemporalidad”, de resignar la historia y nuestra propia identidad desde los billetes del BCRA hasta los cuadros de nuestros patriotas latinoamericanos.

La devaluación sin plan significa enorme transferencia de ingresos a grupos concentrados pero también se pretende la instauración de un cepo a las paritarias para que los trabajadores paguen las consecuencias de este ajuste impiadoso. No es casualidad el virtual cierre del INDEC, “la desaparición” del índice del Congreso y la modificación del CER para propiciar una transferencia alevosa a los bancos y tenedores de bonos. Lo que se pretende es justamente eliminar un parámetro de referencia en la discusión salarial a los efectos de licuar salarios e ingresos fijos.

El interés de obtener un acuerdo con los fondos buitres en el marco de un acuerdo con el FMI constituye una clara estrategia de endeudamiento irresponsable para reducir la autonomía financiera y la soberanía nacional. Los grandes logros obtenidos en la renegociación de la deuda con una quita histórica, se pretende reponer a los usureros internacionales para favorecer a bancos de inversión que pretenden lucrar con jugosas comisiones atentando contra los intereses del pueblo argentino.

(...)


Nosotros no podemos mirar para otro lado, por lo tanto y de modo inmediato, solicitamos:

- a la Corte Suprema de Justicia la restitución del 15 % de los recursos coparticipables en virtud de lo establecido por la ley 26078 mediante una acción judicial específica;

- la inmediata transferencia de recursos para garantizar la continuidad de obras públicas que motoricen la creación de empleo genuino en la industria de la construcción (viviendas, rutas, puentes, escuelas, hospitales, centros de salud, etc.) y el desarrollo de la economía social mediante el trabajo del sistema cooperativo;

- al gobierno nacional la transferencia directa de los fondos de emergencia para poder hacer frente a la atención de contingencias hídricas, sanitarias, a las provincias que fueron afectadas por las inundaciones y que fueron sufragadas por los gobiernos provinciales y municipales;

- a los Gobernadores de las provincias argentinas de nuestro espacio político un lugar de representación respecto a la estrategia para llevar adelante nuestros reclamos;

- al gobierno nacional el cese de la discriminación política, de la persecución ideológica, de la criminalización de la protesta social, del uso abusivo de los DNU y de las negociaciones con los fondos buitres a espaldas del pueblo argentino;

- a nuestros Diputados y Senadores ser escuchados para no adoptar ninguna decisión que no nos interprete ni nos represente, manteniendo siempre como prioridad la unidad del bloque, porque los votos de cada uno es fruto del esfuerzo y del trabajo territorial que con mucho énfasis se realiza en cada rincón de nuestra patria.

Nos preocupa especialmente en esta instancia la aprobación de los pliegos de los jueces propuestos para integrar la Corte Suprema de Justicia de la Nación, la manipulación del oficialismo respecto a birlar la representación de un miembro del Consejo de la Magistratura que por derecho nos corresponde, la intención de modificar la “ley cerrojo” a los efectos de propiciar un arreglo ruinoso con los fondos buitres y la solución definitiva de la trasferencia del 16,9 % de recursos coparticipables retenidos por el estado nacional de manera incorrecta, del mismo modo que la solución definitiva de las transferencias de fondos previsionales para las provincias argentinas que no transfirieron sus cajas previsionales al sistema de seguridad social. Al mismo tiempo advertimos nuestra oposición a la autorización de estrategias de endeudamiento irresponsable que además concentra recursos en la Nación e impide transferencias a las provincias y municipios.

Proponemos al Consejo Nacional Federal del Partido Justicialista la conformación de un foro amplio con la participación de Gobernadores, Intendentes, Diputados y Senadores a los efectos de ejecutar una estrategia coordinada de oposición política en el contexto de esta transición hasta el recambio de autoridades, principalmente a partir del inicio de las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación a los efectos de evitar la fractura interna y potenciar la unidad de concepción para lograr la unidad de acción. (...) [COMPLETO ACÁ]

La revolución de la abstinencia (para la mayoría)

Publicado el 10 de febrero de 2016.

“Una vez que te acostumbraste al caviar, es muy difícil volver a la mortadela”.

Estas palabras de la filósofa contemporánea Mariana Nannis ilustran un poco el duro CAMBIO que ha venido a proponernos el nuevo Gobierno: terminar con los “excesos” populistas que la mayoría ciudadana había asumido como derechos, a lo largo de estos años de kirchnerismo. Personas presentadas como serias y profesionales independientes pululan en la mayoría de los medios de comunicación queriendo convencernos de que vivimos en una ficción y que es hora de “sincerar” nuestras posibilidades. Todo “por nuestro bien”, “para corregir los graves desequilibrios que acarrea la economía nacional, como consecuencia del desfalco de la administración kirchnerista”, “pesada herencia” y otros relatos fantásticos.
El cuentito que nos viene a contar Macri es el mismo que siempre expone el neoliberalismo para todo tiempo y lugar. No sólo soslayan las fallidas experiencias de estos recetarios en absolutamente todos los casos, sino que además ni siquiera son originales, y a ésto hay que decirlo bien claro: lo del equipo económico del Gobierno no es más que un compendio de zonceras económicas, instrumentadas a través de medidas sumamente regresivas para la mayoría de la población, pero que busca consenso social a partir de algo que ya le escuchamos -entre otros personajes nefastos de nuestra historia- a Cavallo: TODOS (y todas, claro), menos la clase alta, debemos hacer un “sacrificio” presente para obtener una supuesta -potencial, y jamás realizada- bonanza futura. Es decir: hambrearse y pasarla mal, esperando que el incremento de la tasa de ganancia de los grandes jugadores económicos derrame mágicamente sobre el resto de la sociedad, que mira la copa desde abajo.

En concreto: han venido a pedirnos que sonriamos para una foto donde tenemos que resignar cuestiones que considerábamos adquiridas en estos últimos años, empezando por la fuente laboral y el crecimiento de nuestro poder adquisitivo. ¿Piensan, acaso, que un sector de la ciudadanía que había progresado va a aceptar mansamente dejar de tener ese nivel de vida y confort al que se había habituado? ¿Creen que los retrocesos se van a aceptar porque “hay que hacer un sacrificio”? ¿Realmente consideran que la sociedad no tiene memoria histórica y va a admitir semejante cuento? Incluso los mismos votantes de Macri, frente a una pérdida sustancial de poder adquisitivo (de cerrar paritarias en un 25% estaríamos -como mínimo- ante 15 puntos menos salariales) y un conjunto de restricciones a conductas económicas que hasta ahora consideraban garantizadas sólo “por sus propios esfuerzos”, van a retirar el apoyo brindado. La confianza no es para toda la vida política, y una elección ganada no es un cheque en blanco de 4 años. Debiera(n) saberlo. Aún con la obscena cobertura mediática intentando generar el consenso social para justificar las políticas económicas regresivas para la inmensa mayoría, y brutalmente beneficiosas para la minoría intensa que lo apuntaló para llegar a la Casa Rosada. El Gobierno parece no tomar nota de ésto, y la paz social no se construye con grandes titulares y declamaciones. Van a advertirlo cuando llegue el momento de discutir paritarias.

Entonces, si tenés la suerte de seguir con trabajo (cuidalo mucho y ni se te ocurra exigirle algo a la patronal), el Gobierno te dice: basta de esta economía de mentira, donde cualquier clase media tarjetea y viaja en avión o conoce el exterior. Basta de salir a comer seguido. Basta de osar consumir primeras marcas con financiación subsidiada en 12 cuotas. Basta del crédito hipotecario con tasa muy por debajo de la de mercado, y con ínfimos requisitos para ser sujeto apto para ello. Basta de sueldos con poder adquisitivo. ¡Basta de repartir la torta! ¿Qué es esta locura del "fifty-fifty"? Basta de renovar los electrodomésticos e incrementar el consumo energético. Basta de escapadas los fines de semana largos. Basta de bajo desempleo y salarios altos en dólares. Basta de cambiar el auto. ¿Qué es esta locura de casi un millón de patentamientos, como ocurrió en el año 2013? Basta de partidos de los equipos grandes gratis y en HD. Basta de prótesis y dientes sanos para la gente pobre que no quiera ir a abrirle la boca a estudiantes de odontología en las grandes ciudades, etc.
Lo que nos cuentan estos profetas es que -básicamente- durante 12 años vivimos en una mentira a la que incluso comparan con el 1 a 1, como si acaso las variables del país (relación deuda/PBI, producción, empleo, cobertura previsional, convenios colectivos de trabajo, consumo, patrimonio del Estado, etc.) fueran idénticas y no elocuentemente inversas. Argumentan, entonces, que la decisión política desde el Estado de generar e impulsar una importante demanda agregada en estos años fue una iniciativa desmesurada y que no corresponde para un país periférico. Hablan de “recalentamiento de la economía”como consecuencia del afán demagógico populista, y otras zonceras ya harto demolidas por la realidad efectiva a nivel mundial: ninguna política de ajuste generó otra cosa distinta a recesión/desempleo/menos recaudación/más déficit/más deuda. A esta película ya la vimos. Sólo hay que recordársela a quienes aún permanecen atrapados en esa inmensa maraña desinformadora que los hace pensar y actuar en contra de sus propios intereses. Un clase alta votando a Macri es coherente, un laburante no. Ahí está (estuvo y estará) la clave: lograr traducir que hay un proyecto de país con los trabajadores en el centro, y otro con los trabajadores al costado.
Lo concreto es que la alegría no llegó. El miedo, sí. La sensación de que no cabe más tristeza es abrumadora. Ver la película de los días leyendo historias conmovedoras de gente capacitada que ha sido despedida, es algo muy angustiante. Cómo la elite gobernante nos quiere marcar la cancha todo el tiempo a quienes somos clase media con un “ustedes a ésto no pueden acceder”, es notable. Parece ser que nos habíamos acostumbrado a un bienestar que era de mentirita. Con un BCRA que tenía reservas de mentirita, hasta que el 10 de diciembre mágicamente se convirtieron en papeles “denserio”, con yuanes que dejaron de ser papelitos de colores y devinieron en plata “posta”, etc.

En este desmantelamiento de todo lo que tenga un viso de kirchnerismo, faltaría que eliminen el potasio de la tabla de elementos químicos. Pero parece que por el momento no hace falta: con desguazar Precios Cuidados, AHORA 12, Argentina Sonríe, ProCreAr, Ronda Cultural, la CONABIP, los CAJ, INFOJUS, la unidad jurídica AMIA, las regulaciones financieras promoviendo la inversión PYME y desalentando capitales especulativos, etc. alcanza.


Basta leer las cuentas “El despidómetro“ (@eldespidometro) o “Fui despedido” (@FuiDespedidoAR) para tomar real magnitud del desguace laboral, tanto a nivel estatal como privado, que viene llevando a cabo esta derecha sacada que accedió al gobierno a través de los votos por primera vez en nuestra historia. No como casualidad. No como algo ingenuo, sino como una verdadera política de Estado: generar una masa de desempleo para abaratarle costos (el neoliberalismo, y como decía alguien con escasa formación intelectual hace unos años, considera que “los salarios son un costo más”) al empresariado grande y que participa con capacidad de decisión en esta CEOcracia.

El asunto es bastante lógico: gobiernan para ellos. Lo que siempre hace ruido es la ciudadanía cuyos intereses no tienen nada que ver con un Rocca o un Pagani, y que sin embargo eligió esa opción electoral que la iba a perjudicar en beneficio de los segundos, sin tener presente estas consecuencias. Porque está claro que NADIE QUIERE SUICIDARSE. Nadie quiere empeorar. Nadie quiere empobrecerse. Nadie quiere perder el trabajo, etc. Por ende, quienes votaron a Macri siendo trabajadores clase baja y clase media (con cabecita de patronal) sólo fueron personas que optaron de esa manera porque NOSOTROS no llegamos a explicarles dicha situación. A esta altura resulta imprescindible comprender algo: NO ES SENCILLO eludir esa amplia y sofisticada estructura comunicacional que labura intensamente para alienar el sentido común de la población, acá y en el resto del mundo. Cuando decimos, desde hace tiempo, que “la cultural es la madre de todas las batallas”, decimos éso: es durísimo. Somos David vs. Goliat, pero NO PODEMOS AFLOJAR. Tenemos que estar más pacientes, respetuosos, formados e inteligentes que nunca para poder capitalizar políticamente ese sector de la sociedad que creyó y apostó a un campeón del marketing convencido de que iba a mejorarle la vida, y ya lo está decepcionando, y lo va a traicionar más aún en el transcurso de su presidencia. Entonces, frente a esa voluntad huérfana, ¿machacarle su elección fallida, buscando alegría? ¿Ganamos algo con esas actitudes? Como lo escribió recientemente Sasturain: resistir no es putear, ni estar enojados, ni pasarnos 4 años mirando de reojo la elección del 2015 con una lista de votantes macristas en mano.

Nos prometieron alegría y nos dijeron que cuando se hablaba de las nefastas consecuencias del plan económico-social de Macri, estábamos metiendo miedo. Bueno, lo concreto es que, ante la virulencia de esta derecha autoritaria, en sólo 55 días el resultado es elocuente: la alegría no existe, y el miedo está más presente que nunca. Miedo a perder el sustento. Miedo al castigo por tener una posición político-ideológica contraria al Gobierno actual. Miedo de salir a protestar, por terminar preso (si lo está una dirigente de relevancia nacional, como Milagro Sala, ¿qué nos queda al resto?) o con balas de goma en el cuerpo. Todo se reduce a esa bendita palabra con la que martillaron tanto tiempo durante el kirchnerismo, sin ningún fundamento más que mantener funcionando esa fenomenal maquinaria generadora de prejuicios y pensamiento desclasado: MIEDO. Ahora hay temor de pedir recomposición salarial frente a los aumentos de precios, porque el Ministro de Economía dice: aumentos o puestos de trabajo. Algo que creímos superado en la república Argentina. La verdad es que no cabe más tristeza, pero -al mismo tiempo- hay y debe haber lugar para la discusión política manifestando todas estas cuestiones. No nos puede ganar la angustia en este festival de días grises y repletos de miseria humana explícita, sino que debemos enfrentarlo con inteligencia y estrategia. Por los que no están. Por los que van a padecer este gobierno de gerentes para el puñado poderoso, y necesitan estar acompañados. Por quienes están dando sus primeros pasos en la vida y también quienes van a venir a este suelo, tenemos la obligación de lograr que el compendio de políticas regresivas que comenzó el 10 de diciembre sea sólo el paréntesis entre dos décadas ganadas. Es nuestro deber luchar por ello. Con cantar “Vamos a volver” no alcanza. Inteligencia y estrategia. Hoy, más que nunca. Tenemos la responsabilidad de acompañar la caída de cada ficha ciudadana en esta etapa. Ahí está el capital político que va a garantizar que el proyecto de país nacional y popular vuelva a conducir los destinos de la Patria. La magia ni existió, ni existe ni existirá.

PD: recomiendo con especial énfasis que vean en twitter las notas con la etiqueta #MilitandoElAjuste, con el periodismo que te invita ser cool y achicarte, a partir de la iniciativa del compañero @nanoxdominguez. Aquí, algunos ejemplos. No tienen nada que ver ni la Barcelona ni EAMEO, en serio.